Fábula de los canes atrevidos

JORGE BOTELLA

Relato basado en un hecho real.
Capítulo 1.
Entre el luminoso blanco de su largo pelo destaca la silueta definida por el imaginario triángulo de las tres manchas negras que ofrecen los ojos y el morro de una cabeza coronada con la invertida misma forma geométrica que definen sus dos pequeñas orejas. Zuri es una  mascota de considerable edad, pues sus trece años vividos junto a Maite le pesan bastante. Menos juguetón que de joven, sostiene plenamente su carácter aguerrido de dominio, manifestado especialmente en la protección que procura para su ama. El arma oculta de su inmejorable olfato le facilita advertir la presencia de cualquiera que pisa el rellano de la escalera, amedrentando con sus esforzados ladridos la presencia de un desconocido al otro lado de la puerta, los que sirven, al tiempo, de advertencia a su ama de la presencia de intrusos. A pesar de sus años, como buen westy, su pequeño porte le permite seguir ascendiendo al regazo de Maite cuando ella descansa en la butaca contemplando la televisión durante las horas del día en que no le apremian las tareas de ordenar el hogar y, mientras antes buscaba los cariños que ella le ofrecía, ahora lo hace prestando toda su atención sobre la delicada salud de la anciana ama.

No le falta razón a Zuri para preocuparse de Maite, pues ha cumplido los ochenta y siete años la víspera de la Navidad precedente y, aunque se vale por sí misma para atender todas sus necesidades, progresivamente decaen sus fuerzas y le cuesta incorporarse, caminar y alzar los brazos por encima de los hombros. No obstante, su mayor preocupación es la salud de su perro, pues es consciente que se aproxima a los límites normales de esperanza de vida de su raza, de modo que lo cuida con mimo porque la turba la idea de soledad que la embargaría si su perro se va. Maite es viuda desde hacía quince años, y su perrito la consuela de la soledad casi desde el fallecimiento de su marido, ofreciéndole ella como recompensa un trato familiar. De cachorro Zuri era extraordinariamente juguetón, por lo que tenía que seguirlo de continuo por la casa para que no hiciera ninguna trastada sobre el ajuar del hogar; desde entonces, Zuri había tomado por costumbre dormir a los pies de la cama de Maite, y pasados los años sigue sosteniendo consolidado ese derecho, que ella nunca, después de los primeros días, le había regateado. Maite en su matrimonio no había tenido hijos, y las dos sobrinas que le dejó su difunta hermana viven en ciudades alejadas, por lo que solamente por correo sostiene un distanciado contacto con ellas.

Maite acostumbra a sacar a pasear a Zuri tres veces al día. Por la mañana y al mediodía, siempre que sus piernas se lo permiten, procura llegar hasta un parque próximo a su casa, a orilla del río que atraviesa la localidad; la salida de última hora de la tarde se reduce a dar la vuelta a la manzana en la que se encuentra el edificio donde vive, justo lo imprescindible para que Zuri respire un poco, estire sus cortas patas, contacte si acontece con algún otro perro y evacue sus necesidades. En esos paseos Maite nunca suelta de la correa a su perro, pues de más joven el animal tuvo un incidente con un automóvil a causa de invadir la calzada; desde entonces Maite no admitía excepciones, y sólo lo deja en libertad en un espacio cerrado. Zuri, a su vez, ejerce su instinto guardián, y se antepone entre su ama y cualquier persona desconocida con quienes se cruzan por la calle o se acerca a ella en el parque. Aunque a esta edad es un perro dócil y obediente, Zuri no ha ha perdido del todo las ganas de correr tras alguna perrita y de enfrentarse a algún otro macho que le incitara a medir su respectivos caracteres; no obstante, por las limitaciones de movimiento que Maite le impone, la mayor parte de las veces debe limitar sus retos a superar en insistencia e intensidad sonora en los ladridos a cruzar con sus semejantes, algo que importuna a Maite por las molestias que el ruido ocasiona a otras personas, pero a veces parece que cuánto más lo recrimina, mayor es el empeño del perro en desahogarse ladrando.
 

Capítulo 2.

Como muchos otros días, al caer la tarde Honorio regresa al apartamento que ocupa desde que, por las diferencias matrimoniales, decidió separarse de su mujer. Él regenta una ferretería heredada de sus padres en el centro de la localidad, por lo que es bastante conocido entre los vecinos. Próximo a cumplir los sesenta años y padre de dos hijos y tres nietos vive centrado en su negocio y su afición a coleccionar sellos postales. Hombre tranquilo, metódico y bastante reservado, disfruta de recorrer a pie el trayecto de ida y vuelta a su trabajo, aprovechando algunos días el  regreso a casa para comprar en un supermercado con horario ampliado los productos necesarios para su sustento. Apenas usa el automóvil, salvo para ir a visitar a sus nietos los domingos o realizar algún desplazamiento profesional. El edificio donde tiene su apartamento está situado a escasos sesenta metros de donde viven Maite y Zuri, por lo que desde que se trasladó a él, hace año y medio, es normal que se cruce con relativa frecuencia  con la mujer y el perro cuando regresa a casa a última hora del día.

Zuri está dotado de un gran olfato y una poderosa memoria para recordar las características del olor que emana de cada persona. Ello lo faculta para reconocer a todos los vecinos a distancia y diferenciar a los foráneos del barrio, de los que pudiera sobrevenir una inseguridad para su ama; cuando uno de estos últimos se aproxima, él se inquieta y está en todo atento para actuar si percibe posibilidad de agresión sobre ella.

Hoy, cuando Honorio se llega a una distancia de unos diez metros de donde Zuri está descifrando rastros sobre el suelo, el perro se vuelve de repente y mirándole fijamente comienza a ladrarle con reiteración. Honorio se sorprende de que este perro le ladre con insistencia, pues se considera suficientemente identificado por la frecuencia con que se cruzan por la calle, pero no le cabe duda de que algún antojo del perro es el que hoy le hace mostrarse de modo distinto, quizá porque lleva unas bolsas en la mano o porque... qué sabe él.

Maite reprende a Zuri su actitud y recoge la correa al máximo para dejar que el hombre pase a su lado sin que Zuri lo pueda molestar.

-- Cállate... Qué te calles.. A qué viene esa escandalera --le indica el ama al perro con el convencimiento de que la entiende.

Honorio no es una persona que tenga aprensión contra los perros, y menos tratándose de una pequeña y simpática mascota como Zuri. Lo que le molesta es la intensidad del sonido cuando insisten con sus ladridos, que un perro zalamero apoye sus extremidades sobre el pantalón o que le olisquee el zapato. Pasa junto a Maite, y la saluda con el habitual modo cortés y seco que le caracteriza.

-- Buenas tardes.

-- Vaya usted con Dios --le responde Maite.

Honorio se aleja hacia su portal sin que Zuri haya dejado de insistir en ladrarle en un tono grave, aunque nada agresivo. Maite le dirige con la correa en dirección contraria, lo que no impide que el perro vuelva la cabeza para dar los últimos ladridos mientras considera:

-- ¡Guau! Será posible que ese hombre no se dé cuenta por el olor de la enfermedad que le acecha. ¡Guau!

A los pocos minutos, cuando Maite tiene por seguro que Honorio no la puede oír, se detiene y se dirige a Zuri recriminándole cariñosamente lo mal que la deja cuando molesta a algún vecino.

-- ¿Pero no conoces a ese señor? ¿Si le has visto muchas veces? No puedes ladrarle de la manera que lo has hecho como si fuera un desconocido. Él no te puede hacer nada malo, así que respétale.

Zuri sentado sobre sus patas traseras mira fijamente a su ama, pudiera parecer que está comprendiendo lo que ella indica, pero en verdad sólo por el tono de voz, la gesticulación y la expresión se percata de lo disconforme que está con su comportamiento, pero ¡cómo puede él no hacer nada para evidenciar la grave enfermedad que sufre esas persona! Intenta explicarle a ella el motivo levantando la pata delantera derecha hasta tocarse el hocico, pero Maite no comprende el significado del mensaje que su mascota le quiere transmitir.
 

Capítulo 3.

Durante bastantes semanas se siguen produciendo esos encuentros en la calle entre Honorio, Maite y Zuri. En cuanto el perro divisa o huele la presencia del vecino alza la cabeza, se concentra y le ladra en un tono de advertencia distinto al que utiliza el animal para intentar amedrentar a aquel de quien se espera un peligro; pero ni siquiera Maite, tras tanto años de convivencia con su mascota, ha sido capaz de identificar los matices sonoros con los que los perros se comunican. Lo único que ella percibe es que el perro ni gruñe ni muestra una actitud agresiva a Honorio, como lo hace en otras situaciones. Maite siempre procura dominar a Zuri arrimándole hacia la pared para que no incomode a las personas con quienes se cruza por la acera, y con empeño especial lo practica cuando aproximándose Honorio sabe que el perro no va a dejar de ladrar, pues no hay vez que no lo haga, incluso cuando él camina por la acera contraria de la calzada.

Como entre el vecindario en los últimos años han proliferado las mascotas perrunas, no es raro que coincidan en un mismo tramo de la calle a veces dos o más de ellos haciendo la última salida del día. A veces los perros congenian entre sí porque sus amos se detienen a conversar, y otras veces es la actitud de los amos quienes impiden que los animales se relacionen, simplemente porque ellos mantienen recelos en el mutuo trato personal, o porque a alguno le desagrada que otra mascota olisquee a la suya. Desde hace meses Zuri rastrea especialmente si Vago, un perro de raza basset hound, de mayor talla que Zuri, bicolor, con la cabeza y el lomo color canela y las patas y el vientre de un blanco manchado, con sus grandes orejas y la tripa casi rozando el suelo, de buen carácter, ha pasado ya o si, por suerte, se va a aproximar. Al principio los dos perros se enfrentaban manifestando el dominio sobre el territorio considerado como propio, pero pronto, como Maite e Igor viven en el mismo portal, el buen carácter de Vago facilitó que cada día mejorara la relación entre ellos, hasta que ya con frecuencia comparten un buen rato de estancia en la calle cuando el clima lo favorece.

En la tarde, al poco de esconderse el sol, estando Zuri y Vago satisfaciéndose de la mutua compañía, ambos perros se vuelven hacia la dirección por donde regresa Honorio del trabajo. Los perros en un primer momento permanecen expectantes observando al hombre que se acerca caminando; parece como si esperan a que alcance una distancia precisa llegado a la cual comenzar a ladrar. Honorio duda en si cambiar de acera, pero considera mejor acercarse y hacer una carantoña a los perros por si así se gana su confianza. Al llagar a ellos, a pesar de sus ladridos, acaricia la cabeza y el cuello de Vago, pues, además de que precisa encorvarse menos, siempre le ha parecido un perro más tranquilo que Zuri.

Como los perros no cesan de ladrar, Igor se siente obligado a decir:

-- No tenga miedo, no hace nada.

Ciertamente Vago le ladra, pero la expresión de sus ojos y su lengua es de agradecimiento al mimo.

-- Si no tengo ningún temor. Lo que no alcanzo a comprender es por qué muchos perros desde hace un tiempo me ladran con insistencia, como lo hacen estos ahora. Algo debe haber en mí que les motiva --respondió Honorio.

-- Perdone usted --intervino Maite--. Yo creo que es el mío el que contagia a Vago a protestar. Pero antes no era así, usted lo sabe, durante muchos meses nunca le hizo un mal gesto, y ahora por algo que desconozco no deja de ladrarle.

-- No se preocupe señora. Como les estaba comentando, de un tiempo a esta parte me ladran con más frecuencia que antes los canes.

-- Vago es muy tranquilo; incluso no suele replicar los ladridos de otros perros. Me sorprende lo que hoy está haciendo --intervino Igor.

-- Algo tendrán contra mí, pero no soy consciente de haberles dedicado ni un solo mal gesto a ninguno de los dos --se disculpó Honorio.

-- Al fin y al cabo no es nada especialmente grave. Cuando se cansen de ladrar, se callarán --concluyó Maite.

-- Seguro que en cuanto me aleje dejan de hacerlo. Así que me subo a casa para que los perros se calmen. Que tengan una buena noche.

-- Igualmente. De nuevo: perdone --se despidió Maite.

-- Espero que la próxima vez Vago esté más tranquilo --añadió Igor.

Mientras duró este pequeño coloquio, ambas mascotas no perdieron la atención hacia sus amos, y ladraban como si ellos mismos participaran en la conversación. Maite, que se encontraba violenta, se esforzaba en arrimar a Zuri a la pared, y este se refugiaba detrás de Vago lo que le permitía la correa, para escabullirse de su ama.

Honorio agotó la pequeña distancia que había a su portal repensando lo que había considerado más de una vez en las últimas semanas: Que quizá fuera el posible sudor acumulado en el cuerpo por las horas del día que pasaba en el comercio lo que contrariaba a los perros, pero... en esa idea está cuando de pronto recuerda cómo esa misma mañana, recién salido de casa tras la ducha, le ha ladrado un perro a pocas manzanas camino al trabajo; por lo que razona que a esa hora no tendría sudoración capaz de alertar el olfato del perro que estaba situado en un balcón del edificio.
 

Capítulo 4.

Un sábado a última hora de la mañana, estando Zuri de paseo en el parque coincide allí con una joven perrita llamada Erne, una hembra caniche joven, de pelo rizado color marrón oscuro, que como su dueño, Javier, la deja libremente que corra, con frecuencia responde a la llamada de los ladridos de Zuri acercándose a saludarse y hacerse cortesías. Javier que acostumbra a leer en su tableta las noticias del día, no la pierde ojo pues conoce lo atrevida que se muestra para relacionarse con cualquiera que la reclame, sea animal o persona; cuando estima que ya lleva tiempo entretenida con otro perro, la suele llamar con un silbido al que la perra responde iniciando una carrera para volver veloz con su amo. Así lo hace en este momento, Erne da media vuelta y deja a Zuri mirándola fijamente como se aleja, en el límite de la distancia que la correa atada al banco por Maite permite. Muy posiblemente Erne hubiera apetecido seguir jugando con Zuri, pero tiene asumida la dependencia de su amo, quien desde que la adquirió recién nacida se ha esforzado en educarla compaginando darle libertad de movimientos a cambio de una absoluta obediencia a sus indicaciones.

Coincide que Honorio atraviesa el parque a la vuelta del trabajo, pues ese día tan sólo abre la ferretería a la atención al público hasta el mediodía, con lo que aprovecha para darse un paseo por la orilla del río de regreso a casa. Zuri, que lo identifica antes por el olor que por la vista, comienza de inmediato a ladrar a Erne solicitando su ayuda ante la necesidad de advertir a Honorio, por todos los medios, de su grave enfermedad. Erne en respuesta al aviso de su amigo, mira a Javier y, como le observa distraído leyendo, se dirige directamente hacia Honorio cortándole el paso y ladrándole al tiempo que desde donde está también lo hace Zuri. Honorio sigue lo que él considera ganas de jugar de la perrita, que apoyada sobre sus patas traseras le reclama con sus ladridos la atención, y deteniéndose le hace una carantoña en la cabeza, la que la perra agradece dejando por unos momentos de ladrar y mostrándole la lengua como signo de amistad, no obstante, Erne, que ha percibido el olor característico que acompaña a Honorio, recuerda los ladridos de la requerida ayuda solicitada por Zuri, y vuelve a ladrar y a intentar atraer la atención de Honorio apoyando sus patas delanteras sobre el pantalón de él. Javier, que observa la escena desde el banco, llama a la perra, pues considera que ha alcanzado el límite admisible en el que un animal puede comenzar a molestar a un desconocido. Como la perra se entretiene y no atiende a su requerimiento, vuelve a llamarla, ya no con un silbido, sino por su nombre, a lo que la perra responde mirando a su amo y a Zuri alternativamente por un momento, como dudando a qué demanda obedecer; tras ese instante de duda regresa junto a Javier, quien castiga su desliz sujetándola con la correa.

Zuri y Erne se contemplan de lejos, cada cual resignado a la restricción impuesta a su libertad, pero en ambos prevalece la duda de si habrá valido de algo los avisos insistentes que le han ofrecido a Honorio; mientras este mentalmente ve incrementado el listado de perros que le ladran, la mayoría con los que se cruza, pero igual de ignorante del por qué lo hacen.
 

Capítulo 5.

Al día siguiente, un soleado domingo de marzo, Erne y Zuri se juntan de nuevo en el parque. Como siempre Zuri está sujeto por la correa al banco donde Maite observa todo lo que pasa alrededor; en el otro extremo de la plazoleta Javier lee la prensa escrita dejando libre a Erne, que ha divisado a Zuri y se ha acercado a él. La perrita como siempre se deja oler, hacer mimos perrunos e incluso juega con Zuri a situarse unos pasos atrás de a dónde la correa le permite llegar; de pronto entra corriendo en esa zona, Zuri la sigue, pero ella se revuelve y una y otra vez se escapa del espacio dominado por él. Cuando se han cansado de jugar al te pillo, te pillo, se sientan los dos en el suelo, y Zuri le comunica la inquietud que tiene respecto a la enfermedad que acucia a Honorio.

-- ¡Guau! ¿Te has dado cuenta de la torpeza de los seres humanos para detectar el significado de los olores? ¡Guau! -- propone Zuri.

Erne, por lo joven que es, no se ha fijado aún en esas características que diferencian a los hombres de los animales. Hasta ahora sólo ha recibido de las personas cariño y cuidados, ajena por completo a que también, como ella, las personas tuvieran placeres y aflicciones, y que a través de sus sentidos se relacionaran con el mundo exterior. No en vano, además de la compañía y el entretenimiento, estima de Zuri la experiencia que trasmite.

-- ¡Guau! ¿Y si no huelen, cómo distinguen las cosas? ¡Guau! --responde Erne.

-- ¡Guau! He ido descubriendo a los través de los años que sí tienen olfato, pero muy tenue. De hecho se ponen perfumes superolorosos, como si con ello pudieran camuflar otros olores que deben considerar menos apropiados. ¡Guau!

-- ¡Guau! Mi ama los usa antes de salir de casa ¡Guau! --añade Erne.

-- ¡Guau! El problema que tienen los humanos es que parece que no distinguen las enfermedades por los característicos olores que dimanan. ¿Te figuras que no pudieras conocer el efecto maligno de un alimento por el olor que produce y tuvieras que probarlo para saber si genera malestar en el cuerpo? Pues los hombres parece que respecto al olfato son tan limitados que no perciben los efectos que anuncian. Incluso entre ellos creo que no se reconocen por el olor, casi todo lo confían a la vista. ¡Guau!

-- ¡Guau! ¿Pero es posible que el hombre que me indicaste ayer no huela la peste que le acompaña? ¡Guau! --cuestionó Erne.

-- ¡Guau! Parece que no. ¡Guau!

-- ¡Guau! Pobre hombre. ¡Guau!

-- ¡Guau! Tendríamos que hacer algo para hacerle notar el peligro que corre, de modo que visite al veterinario y le cure. ¡Guau! --propuso Zuri.

-- ¡Guau! Pero ¿qué podríamos hacer? ¡Guau!

-- ¡Guau! Se me ocurre que podríamos imitar una defunción, como signo de lo que le puede llegar a pasar si no va al especialista. ¡Guau!

-- ¡Guau! Y que es una defunción ¡Guau! --pregunta la perrita.

Tan joven, Erne no había presenciado aún ningún episodio relativo a la muerte, ni siquiera, con su vida plenamente urbana, había olido a ningún ser vivo muerto, como es lo común entre los  animales de campo.

-- ¡Guau! Defunción es morirse: perder la sensibilidad y el conocimiento, y expedir un olor absolutamente nauseabundo imposible de tolerar. ¡Guau!

-- ¡Guau! ¿y uno se muere para siempre? ¡Guau! --se atrevió a preguntar Erne.

-- ¡Guau! Sí, para siempre. ¡Guau!

-- ¡Guau! Entonces debemos avisar urgentemente a ese hombre. ¡Guau!

-- ¡Guau! Pero como no entiende nuestros ladridos, ni nosotros sabemos pronunciar su lenguaje, hemos de recurrir como último recurso a los signos, por eso digo lo que hacerme el muerto de repente, por si sirve para que él se percate qué es lo que le transmitimos con nuestros cariñosos ladridos. ¡Guau! --indicó Zuri.

-- ¡Guau! ¿Cuál es tu plan? ¡Guau! --le consulta Erne.

-- ¡Guau! El primer día que nos volvamos a encontrar con él, yo de pronto me voy a quedar inerte, como si me hubiera muerto, y tú te tienes que encargar de señalarme a mí con la cabeza mientras llamas su atención tocándole con la pata. ¡Guau!

-- ¡Guau! ¿Y si no nos encontramos con él? ¡Guau!

-- ¡Guau! Le voy a comunicar el mismo plan a Vago, por si coincidimos juntos antes con él. Si dejamos de ver al señor... quizá es que no hemos llegado a tiempo. ¡Guau!
 

Capítulo 6.

Unos cuantos días después, un martes a la hora del crepúsculo, han coincidido Maite y Javier en el portal cuando van a sacar a las mascotas. Salen a la calle y mientras caminan muy despacio se entretienen comentando sobre lo bien educada que él tiene a Erne. De alguna manera, Maite envidia la vitalidad de la perrita, mientras a Zuri lo encuentra cada vez mas retraído, quizá olvidada del trasteo que sería para ella dominar a su edad una mascota tan activa. Mientras conversan, Zuri y Erne se entretienen con las habituales zalamerías que comparten cuando ambos están restringidos de movimiento por las correas de sus respectivos amos.

De pronto, Erne descubre que por una de las aceras que confluyen en la esquina, a unas cuantas decenas de pasos, se aproxima Honorio. Pone en guardia a Zuri y ambos comienzan a dar tirones de sus respectivas correas y a aguardar, atentos con la mirada fija sobre su objetivo, para poner por obra el plan determinado. Javier, y sobre todo Maite, se percatan de que los perros están impacientes por la aproximación de ese hombre que cada vez que le ven tanto les hace ladrar. Pulsan a tope respectivamente el recogedor de la correa para tenerles bien sujetos y los arriman a la pared para facilitar el paso del vecino. Honorio, que percibe la presencia de los perros, vuelve a pensar qué será lo que hay en él que excita a cualquier canino a ladrar desaforadamente en su presencia, pues mientras avanza hacia la esquina recuerda como esa misma tarde tres perros ya la han tomado con él. Cuando Honorio se aproxima una distancia de unos veinte pasos, los perros comienzan a ladrar, pero sin excesiva violencia, como si quisieran evitar que se contrariara y cruzara de acera. Cuando Honorio se encuentra a un par de metros, Zuri simula sufrir un convulsión y con un simulado espasmo se queda estirado en el suelo, boca arriba y quieto haciéndose el muerto; a continuación Erne se acerca a oler y levanta la cabeza dirigiendo una mirada a los amos aturdidos por lo que pasa. Maite se asusta sobre manera, y elevando la voz y casi rompiendo a llorar se esfuerza en agacharse para coger en brazos a su perro, lo que no puede realizar por la imposibilidad de flexionar el cuerpo hasta el suelo, por lo que Honorio se inclina y toma entre sus brazos a Zuri, quien, viéndose sorprendido de encontrarse en los brazos de esa persona, se revuelve y ladra olvidando que estaba haciéndose en muerto, aunque inmediatamente rectifica y vuelve a intentar simular la rigidez de quien ha perdido la vida.

-- ¿Qué le ha hecho usted a mi perro? --le viene a la mente decir a Maite.

-- Nada. No he hecho absolutamente nada. No entiendo qué le ocurre.

-- Ha sido él mismo el que se ha desvanecido --aclara Javier.

-- Zuri, ¿que te ocurre? --dice Maite, y añade diriguiéndose a Honorio-- déjemelo usted.

Honorio entrega a Zuri inerte a los brazos de Maite, quien se descompone en gritos de dolor y reclamo de auxilio para su perro. Erne, descolocada inicialmente, intenta recuperar el papel que tenía encomendado en la argucia y se empeña repetidas veces en tocar con la pata a Honorio y señalarle con la mirada a Zuri, para ver si el hombre fuera capaz de comprender que realmente están intentando avisarle del mal que le infecta, pero Honorio no le hace el mínimo caso, mientras Javier tira de la correa para que no se le acerque; no obstante Erne insiste ladrando e intentando mostrar expresivamente lo que quiere comunicar.

-- Mi perro, mi perro ¡qué se muere! --se lamenta Maite entre lágrimas.

Javier entre tanto ha intenta palpar el corazón de Zuri, y percibe que late con normalidad.

-- No se muere, parece un simple desvanecimiento, el corazón está latiendo con normalidad.

-- ¿Usted cree? --le responde Maite confusa.

-- Apoye usted la mano aquí... ¿nota como late? --remarca Javier.

-- Pero no se mueve --zarandea al perro por ver si reacciona.

Entre lamentos y titubeos las tres personas están muy alarmadas, pero sin decidir más allá de que tendrán que acercar a Zuri a que le reconozca un veterinario; en tanto que deciden cuál es el más cercano, Zuri da por concluida su parodia y, reconociendo su fracaso, se mueve en los brazos de su ama reclamando que lo pose en el suelo, tras lo cual se pone a jugar con Erne, como si nada hubiera ocurrido.

-- ¡Guau! --ladra Zuri dirigiéndose a la perra-- Me parece que no hemos conseguido lo que queríamos. Estos humanos no se enteran de nada. ¡Guau!

-- ¡Guau! Por más que lo he intentado no me han hecho ni caso. ¡Guau! --Se justifica Erne, que admirada de lo bien que ha representado Zuri su papel teme que ella no lo haya logrado de la misma manera.

-- ¡Guau! Qué difícil es entenderse con ellos fuera de lo acostumbrado de mostrar las ganas de salir, de orinar o de comer. ¡Guau!

-- ¡Guau! Y eso que lo hacemos por su bien. ¡Guau! --concluye Erne.
 

Capítulo 7.

Desde el suceso acaecido a Zuri, pues los demás desconocen que realmente todo ha sido protagonizado por él, la opinión sobre el caso se constituyó como tema recurrente de conversación en el barrio entre quienes compartían mascotas perrunas. Javier y Maite, cuando se encuentran en la calle o en el parque recuerdan mutuamente el susto que les había dado Zuri, al que en la revisión que le sometió el veterinario no le diagnosticó ni un sólo síntoma de enfermedad; por ello no dejan de suponer, sin llegar al comprender el qué, algo en la personalidad de Honorio que incita ese comportamiento en los perros.

El hecho de que se cite a Honorio en los comentarios produce que a las pocas semanas cause extrañeza precisamente el que desde bastantes días han dejado de verle. No es que se le tenga un especial afecto, ya que, al no pasear a ningún animal, no participa en la cotidianidad de los corrillos entre los amos en que comentan las particulares de la atención que precisan los animales; en su caso, lo notorio es que a su falta haya seguido la calma del alboroto de los animales; en cambio Zuri, Erne y Vago sí que de esa ausencia de encuentros casuales con Honorio lamentan que pueda haberle ocurrido lo peor.

La causa de la ausencia de Honorio proviene de que, al acudir al doctor para un reconocimiento rutinario, este le ha prescrito una cita urgente para que diagnostique un especialista sobre un pequeño, pero extraño, grano que observa en el pecho del paciente. La dermatóloga que le atiende en el hospital le ha practicado una biopsia, y a los pocos días ha urgido por teléfono a Honorio, que estaba en su trabajo, para que acuda con urgencia al hospital; allí le derivan a cirugía para comunicarle que el diagnóstico de la biopsia no deja dudas de que padece un cáncer bastante agresivo que obliga a intervenirle quirúrgicamente para extirpar, cuanto antes, el tumor. Tras las pruebas diagnósticas pertinentes para averiguar el alcance de la enfermedad sobre el resto del cuerpo y los obligados controles previos a la intervención, a los pocos días pasa por quirófano. Tras recibir el alta hospitalaria, para el periodo de convalecencia e inicio del tratamiento de quimioterapia decide trasladarse a casa de uno de sus hijos.
 

Capítulo 8.

A los dos meses, en cuanto que Honorio ha podido convencer a los suyos de que le conviene incorporarse a la rutina de su vida anterior, regresa a su apartamento, el que se encuentra más próximo a su comercio, cuya atención no descuidó, en la medida que pudo, durante el periodo de convalecencia. Ha comenzado los primeros ciclos de quimioterapia, consecuencia de los cuales se le cae el pelo, por lo que decide raparse el cabello y la barba. Si se tiene en cuenta que la alopecia le afecta también a cejas y pestañas, su semblante resulta bastante cambiado, más por la ausencia de la barba que llevaba desde hace muchos años, que por la cabeza calva, pues no son pocos los hombres de su edad que últimamente lucen la moda de afeitarse regularmente el cuero cabelludo.

Al reincorporarse a su negocio ha reducido el horario, de modo que por las tardes se recoge más temprano, de lo que resulta que durante bastantes semanas no coincide con la rutina del rato en que los vecinos suelen sacar a sus mascotas a pasear.

Este domingo de últimos de verano, que no ha ido a visitar a sus nietos porque están de excursión, decide salir a caminar por la ribera del río. A paso lento, porque las fuerzas están bastante mermadas por el tratamiento, ha paseado tres cuartos de hora, llegando al término de ese tiempo al parque próximo a su casa. Busca con la vista un asiento en que descansar, y advierte de que Maite está sentada en uno de los bancos y Javier en otro; como siempre, la mujer controlando por la correa a Zuri que se entretiene intercambiando mimos de la perrita Erne. Percibido de que Maite le ha reconocido, decide aproximarse a ella para saludarla y reposar sentado a su lado unos minutos mientras conversan sobre el obligado tema de su enfermedad. Al aproximarse a los animales, el perro y la perrita se quedan observándolo atentamente, pero sin ladrar. Según se acerca al banco a saludar a Maite, ella procura retener junto a sus pies a Zuri, pues teme que, como de costumbre, de un momento a otro va a comenzar a ladrar, pero, para su sorpresa, el perro se sentó tranquilamente sobre sus patas traseras sin ostentar ninguna aversión a Honorio, sino que, al contrario, se acercó a este a restregar su cabeza sobre el bajo del pantalón; mientras, Erne, por más joven más atrevida, abriendo la boca y mostrando la lengua como signo de alegría, apoyó las patas a la altura de la rodilla de Honorio, lo que facilitó que él con la mano la acariciara en la cabeza. Zuri y Erne se encontraban mucho más sorprendidos porque hubiera desaparecido aquel olor a enfermedad que por los efectos que la quimioterapia estaba dejando sobre su cabeza y rostro.

-- Buen día, señora --saluda Honorio--. ¿Tomando el sol?

-- Hola, es usted. Sacando al perro a que se airee, que demasiadas horas pasa metido en casa. ¿Hace tiempo que no lo veía?

-- He tenido que pasar por el taller de reparaciones.

Honorio toma asiento en el banco, y Zuri y Erne no lo dejan de mirar, permaneciendo callados y quietos sentados en el suelo.

-- Ya observo que ha cambiado de look --comenta la mujer.

-- Obligado por las circunstancias. Me han operado de un tumor maligno y estoy en tratamiento de quimioterapia, y ello te modifica un poco el aspecto.

-- Pero ¿se encuentra bien? --pregunta Maite.

-- Lo que estoy pasando es algo que no le deseo ni a mi peor enemigo; aunque no me falta el ánimo para llevarlo lo mejor posible. Al menos no me invalida para dirigir el negocio y valerme por mí mismo para todo. Este tiempo de atrás he estado en casa de uno de mis hijos, ellos no querían que me viniera al apartamento, para que no esté solo, pero yo lo prefiero así.

-- Si necesita algo en que pueda ayudarle, sin ningún reparo me lo dice. Aunque me cuesta moverme, también soy de las que luchan por mantener su independencia. Yo llevo este medallón de aviso a urgencias por si me ocurre algo, quizá podría usted utilizar algo así por si tiene algún percance.

-- Hoy en día con el móvil a mano estás conectado para lo que puedas necesitar. No es como antes. Y ¿cómo está Zuri? --pregunta Honorio para cambiar de tema.

-- Mírelos. No los había visto tan tranquilos desde hace tiempo. Quizá ellos también le hayan echado de menos. Han podido incluso considerar que nos había abandonado por la escandalera que le armaban, y ahora están arrepentidos.

-- Estoy verdaderamente sorprendido.

Honorio y Maite siguen conversando un rato, mientras el hombre se recupera del cansancio de su paseo. Javier desde el banco en el que está ojea de poco en poco a su perra, sorprendiéndose de lo tranquila que se encuentra y que no se haya enojado con Honorio, ya que él considera esa la causa de los ladridos que le ofrecía.

Sin detenerse mucho, Honorio se despide, se levanta, hace una caricia a cada mascota, que se han alzado al tiempo que él lo hacía, respondiendo como respuesta con un entrañable ladrido de amistad, y, tras saludar a distancia a Javier, reanuda su camino a casa.

Entonces el perro y la perra se miran, aproximan sus cabezas, como si estuvieran transmitiéndose una confidencia, y con unos tenues ladridos, que Maite considera de despedida, le pregunta Erne a Zuri:

-- ¡Guau! ¿crees que hemos logrado su curación? ¡Guau!

Zuri mueve la cabeza y responde:

-- ¡Guau! La ausencia de aquel tufo que despedía es señal de que la enfermedad ha desaparecido, por más que esté sin pelo; pero aprende que lo más probable es que ninguno de ellos nos haya comprendido lo más mínimo. Si el hombre se ha curado porque ha visitado a un buen veterinario, bienvenido sea; nosotros hemos hecho lo que hemos podido ¡Guau!

-- ¡Guau! --respondió Erne.
 
 

M O R A L E J A

Nunca desprecies lo que un animal te pueda enseñar.
 

F I N