Reflexión sobre el dolor

JORGE BOTELLA

Sumario:

1. Introducción.

2. Naturaleza del dolor.

3. Dolor moral.

4. Aplicación.

5. Neutralización. Terapia.

6. Estoicismo. Sadismo. Masoquismo.

7. Actividad psicosomática.

8. Instrumentalización. Tortura.
 

1. Introducción.

Reflexionar sobre el dolor puede realizarse desde muy variadas perspectivas. La más común es la sanitaria, que tiene por objeto identificar las causas del mismo y aplicar la terapia correspondiente para subsanarlo. Este pequeño opúsculo, por el contrario, se orienta desde el objeto divulgativo de la naturaleza del dolor como realidad existencial que acompaña a gran parte de los seres vivos, condicionando circunstancialmente su forma de ser.

En los humanos, por estar dotados de entendimiento, facultad que les permite conocer que conocen, su intuición les induce a interesarse no sólo del dolor como condicionante de su forma de ser, sino también de las razones últimas por las que la esencia de su ser se encuentra afectada por esa realidad sensible. Si el objeto del conocimiento es saber sobre el universo perceptible, que abarca muy prioritariamente la apreciación interesada de todo lo concerniente a sí mismo, es lógica la indagación sobre la naturaleza de lo que con tanta frecuencia quebranta el bienestar, cuestionando si existe una justificación racional para lo que en sí se percibe como una maligna cualidad incompatible con la idea de orden y perfección que debería regir en la evolución de la naturaleza.

Posiblemente la mente común de la humanidad se rebela contra que tras siglos de progreso técnico y científico el dolor siga siendo una debilidad no superada, sino solamente aliviada en determinados ámbitos por la acción de terapias médicas. La utopía de un mundo sin dolor aún hoy sólo es objeto de la ficción literaria, y en ella se obvia la resolución de las contradicciones que en la estructura profunda de la realidad justifican el rol del dolor en la naturaleza.

Precisamente porque la persona humana vive en contacto con el dolor hay quienes se interesan por profundizar en su razón de ser, unos para identificar, a partir de sus efectos, las causas que lo provocan y los procesos de incidencia sobre los pacientes para alcanzar la forma de controlarlo; otros aspiran a entender qué es en sí mismo, su esencia metafísica, para así aproximarse al significado profundo que puede albergar la vivencia de su realidad. El que la vida misma sea un misterio que la constancia de la inteligencia humana se empeña en descifrar, de sus efectos a sus causas, exige la valoración de los accidentes que sobre ella inciden y su trascendencia en el sistema de relaciones que la sostienen, incluso cuando aparentemente se identifiquen como negatividad o tara que afecta a su forma de ser.
 

2. Naturaleza del dolor.

El dolor es una sensación suscitada en el sistema cognitivo de los seres vivos como respuesta a un dañino impulso que incide sobre alguna de las partes constitutivas del cuerpo de ese ser. Se puede considerar como un recurso importante del sistema de información centralizado que permite la gestión ordenada del cuerpo en cada individuo.

Los influjos externos e internos que recaen de modo pasivo sobre un sujeto cognitivo originan un haz de señales que debidamente interpretadas por el cerebro constituyen la imagen de una realidad que es fundamento de la percepción que soporta toda relación de un ser con su entorno. La percepción puede ser simple o compleja en función de la cantidad de información que contenga. Las sensaciones se corresponden con las percepciones más primarias, las que precisamente por su simplicidad transmiten informaciones que generan respuestas inmediatas del cerebro; ello no quiere decir que eludan una valoración de la mente, sino que el organismo cognitivo posee de modo innato respuestas codificadas de prevención que actúan independientemente de la información que como idea se transfiere a la conciencia.

Existen sensaciones, como el calor o el frío, que advierten de modo satisfactorio o desfavorable según generen complacencia o disgusto. El dolor, en cambio, es una sensación excitante que tienen como finalidad la advertencia de un influjo que amenaza en algo la integridad de un cuerpo vivo; adquiere, por tanto, función de alarma ante una amenaza externa o interna que requiere un remedio urgente. Cuando existe una repuesta espontánea del cerebro que neutraliza de modo inmediato el peligro percibido mediante la emisión de la sensación de dolor, se reconoce esa actuación como refleja; pero en otros muchos casos la mente no posee de por sí medio de sanación a la agresión padecida, debiendo mantener el dolor como alerta para que la razón busque por todos los medios el auxilio preciso para neutralizar el peligro que acecha y reparar el daño causado.

El fácil comprender que si ante el contacto del fuego o del agua hirviendo el cuerpo no respondiera con dolor no existiría la advertencia para separarse de inmediato del agente agresor antes de que el efecto de la quemadura fuera invalidante para el miembro afectado. En el caso de una infección intestinal, el cerebro emite la señal de dolor a causa de interpretar que las defensas propias del organismo no han sido capaces de neutralizar la agresión, a fin de que actúe la conciencia racional buscando recursos externos de cura. Uno y otro caso son ejemplo de cómo el dolor auxilia al ser vivo de un modo positivo, ya que no es el dolor el que perturba el bienestar del paciente, sino que constituye parte de la solución y no del problema, que siempre proviene de una causa ajena a él.

Que el paciente reconozca la enfermedad o la herida accidental a través de la aflicción que produce es la causa por la que el dolor adquiere una connotación muy negativa para el sujeto que lo padece, de modo que muchas veces incluso se valora la gravedad de una enfermedad en función del dolor que produce, pero precisamente ese dolor es el medio que orienta al médico hacia el diagnóstico eficaz para la curación. ¿Qué le duele? ¿Dónde le duelo? ¿Duele aquí? La fortuna de poder expresar mediante el dolor la localización de una anomalía es la colaboración que el médico agradece del paciente consciente, y el recurso que le falta para diagnosticar cuando se ha perdido el conocimiento, o cuando el pediatra tiene que interpretar por mínimos gestos al bebé incapaz de otro medio de expresión. Que el dolor sea un medio positivo para la curación no impide que la misma medicina tenga recursos para contenerlo cuando la alerta ha cumplido su misión.

El dolor es una experiencia personal intransferible porque el sistema nervioso de cada persona concibe las sensaciones de un modo semejante pero particular. No se puede valorar cuánto está padeciendo de dolor otro sujeto sino por comparación a la percepción de un dolor similar. Quien no ha sufrido una migraña, un dolor de muelas o una rotura ósea no puede imaginar cómo cada una hace padecer sino por comparación a  la experiencia personal de otros dolores. Es posible que la ciencia pueda calibrar la intensidad del dolor en función de variaciones en las corrientes eléctricas del sistema nervioso, pero lo cierto es que aún no existe un aparato que, como para medir la tensión arterial, cuantifique cuánto padece uno mismo u otra persona. No obstante, se conoce que la patología de unas enfermedades comportan más dolor que otras, y cuánto de tratable es el dolor de cada enfermedad recurriendo a la analgesia cuando ya su fin de alarma ha sido superado.

Una clasificación elemental del dolor distingue:

Dolor benigno designa al que no altera necesariamente el régimen de vida de quien lo padece. Es indicio de una anomalía transitoria en el cuerpo, y esa función de alarma previene la necesidad de recurrir a la toma de un determinado medicamento cuando es conocida por experiencia la vinculación del dolor y el remedio adecuado, por haberlo padecido con anterioridad. También el dolor benigno puede ser consecuencia de un accidente menor, de cuyo eficaz tratamiento exista constancia a través de un remedio casero.

Dolor agudo es el que precisa la evaluación de un especialista. El dolor agudo puede ser de más o menos intensidad y duración; la sensación puede desaparecer en un corto espacio de tiempo o reiterarse secuencialmente; incluso ser de tanta intensidad que perturbe el conocimiento. La característica del dolor agudo es la alarma que genera en la conciencia exigiendo una acción reparadora urgente de la agresión percibida por el cuerpo. Puede provenir tanto por enfermedad como por accidente y normalmente el dolor perdura como alerta hasta que es sanitariamente controlado.

Dolor crónico abarca todo tipo de dolencias que se prolongan en el tiempo como consecuencia de malformaciones, enfermedades o accidentes a los que la medicina no ha podido dar solución satisfactoria y definitiva. En estos casos la sensación de dolor sigue delatando la permanencia de una anomalía corporal, aunque la misma haya sido clínica y farmacéuticamente tratada sin haberse podido alcanzar la curación total.

La bondad del dolor como recurso mental de alerta respecto a un desorden acaecido en el cuerpo humano no elimina que produzca un influjo molesto y aflictivo para las emociones del sujeto que lo padece. Parece racional que exigir a la atención mental una respuesta inmediata se logre mediante una agresión sensible que el organismo repudia, pues si fuera lo contrario posiblemente no movería a la mente con la misma aceleración; lo que importuna de por sí tiende a eliminarse de modo reflejo y por ello la paradoja de que el dolor para cumplir su misión positiva deba alertar recurriendo a una percepción sensitiva negativa, la que hace del dolor algo detestable teniendo en consideración que su misión positiva sólo se percibe a posteriori desde la razón.

El dolor no sólo es señal de una agresión traumática al organismo, sino que también lo es del cansancio, la fatiga y la extenuación que produce un esfuerzo continuado. En estos casos el dolor no sorprende de repente, sino que habitualmente se insinúa progresivamente de acuerdo al deterioro que genera el trabajo en las partes afectadas del cuerpo. Las roturas fibrilares en músculos por sobrecargas, las tendinitis, los dolores de cabeza causados por una exigente y continuada atención o por una sobreexcitación de la vista, el estrés emocional derivado de la superación de las capacidades habituales de cada persona... son efectos livianamente dolorosos que constituyen una información que notifica a la mente la aproximación al agotamiento traumático de algún músculo u órgano y la necesidad de recuperación para no causar males mayores. En estos casos el dolor no es el causante de la necesidad del descanso sino señal liberadora de la contención exigida por la salud.

El dolor no se puede eliminar autónomamente mediante recursos mentales, aunque ya el sujeto hubiera tomado conciencia de la alarma por él activada, e incluso que se haya aplicado una solución; es el propio sistema nervioso el que avalúa cuando debe cesar la sensación en función del remedio aplicado. Cuando se neutraliza el dolor mediante medicinas, lo que se recurre es a administrar al paciente medicamentos que imitan los procesos internos de control del dolor, que los hay y han sido el fundamento científico de la algología. Los productos anestésicos permiten operar sin dolor y los analgésicos calmarlo, pero siempre se han de consumir de acuerdo a dosis apropiadas para no causar efectos contraproducentes, incluso la muerte. Un recurso mental para el control temporal del dolor se sigue del adecuado empleo de la hipnosis, por el que una persona puede controlar la sensibilidad de otra mediante técnicas de sugestión y sometimiento; recurso que suscita restricciones éticas por la posible incumbencia sobre la libertad personal.
 

3. Dolor moral.

Como extensión del campo semántico de dolor se ha aplicado ese léxico a otros incidentes que, causando también aflicción a la persona humana, corresponden a motivaciones y causas muy distintas de las que afectan por un trauma corporal. Así se puede escuchar los sintagmas "dolor de corazón", "dolor moral", "dolor de los pecados", "dolor por el mal ajeno" etc., en todos estos casos la diferencia con el dolor físico es que mientras que este se corresponde con una sensación ellos refieren a un sentimiento. Para la consternación por un mal moral, el que afecta al sentimiento por un juicio de razón respecto a aquello que perturba el ánimo, es más apropiado recurrir a términos como "pena", "pesar", "tristeza", "amargura", "aflicción", "disgusto"... por más que a veces se justifique que los disgustos generan opresiones sensibles en el corazón, el pecho e incluso la pérdida de consciencia, pues en esos casos el dolor físico que puede sobrevenir está ligado a una impresión degenerativa orgánica, como un amago o posible infarto, y no porque el cuerpo reaccione de por sí afectado por el contenido de la contrariedad ajena a él.

Las incidencias sobre las emociones de ámbito sentimental, positivas o negativas, condicionan en gran manera el ánimo, pero actúan desde un juicio racional en función de la satisfacción o el desagrado que causan en la conciencia. Cuando una situación es perjudicial para valores o intereses personales, el ánimo se disgusta al considerarla, aun antes de evaluar globalmente lo que esa realidad le puede afectar; esa situación  puede provenir no sólo de modo pasivo, sino también como consecuencia del propio actuar, en función que haya o no alcanzado las expectativas que se tenía al obrar; incluso en el caso extremo de obrar el mal por el mal sin intención de conseguir beneficio personal alguno, en forma de remordimiento.

Identificar el dolor con el mal o viceversa resulta un criterio muy primario, no tanto por asimilar el dolor a lo subjetivamente negativo, sino, sobre todo, porque al identificar el dolor en sí como mal se le tiende a rechazar y no a interpretarlo con objetividad. La tendencia a eliminar instintivamente toda fuente de padecimiento puede inducir a repudiar la propia responsabilidad consecuente del cumplimiento del deber ante las contradicciones de la existencia; el abandono consciente de obligaciones o la falta de ánimo para la resolución de las dificultades constituyen una evasión no exenta de desasosiego, el que en muchas ocasiones incita a olvidar a través de autoterapias destructivas como el alcohol, las drogas o el juego. Adormecer el dolor físico para que no interfiera la realización de las obligaciones propias es tarea profesional de facultativos; recurrir a seudoterapias, para sobreponerse a las amarguras de la vida, que no partan de la superación de las causas que acongojan, con frecuencian desembocan en incrementar las penas, pues se carga además con la aflicción por la frustración de la superación pretendida.

Todos los pesares sobre la mente que tienen origen en una causa externa al propio cuerpo radican en los sentimientos, que se pueden sentir heridos por percepciones e intuiciones equivocadas, de modo que la causa objetiva de un disgusto no radique en un agente ajeno, sino en interpretaciones o prejuicios que desenfocan la realidad, en cuyo caso el máximo inductor del desasosiego es la misma persona que lo padece, pero sin ser consciente de ello, lo que le impide inculparse y exonerar, al menos en parte, a cualquier inductor externo. Ese desajuste en la gestión de los sentimientos puede provocar con frecuencia una melancolía tras la cual un sujeto refugia su falta de determinación para resolver penas que admiten solución.

Existe una consternación bastante extendida entre personas a causa de la inconformidad con su cuerpo o su carácter. Es evidente que  dicha contrariedad no proviene del exterior, salvo en lo que pueda representar de rechazo social, sino de la propia forma o manera de ser del individuo afectado. La pretensión de ser perfectos ante los ojos propios y de los demás depende mucho de lo que cada cual conceptúe como rasgos de perfección; cuanto más exigente se muestra la propia conciencia, tanto más dificultoso será alcanzar la meta idealizada, aunque en la proporción que se logre genere más reconocimiento de la propia estima. Sea mucho o poco el perfeccionismo anhelado para las características personales, es normal que se presenten disconformidades que causen quiebra en la propia estima, los que pueden llegar a ser, en los casos más acentuados, de profunda aflicción cuando se perciben materialmente insolubles, como cuando afectan a discapacidades físicas imposibles de paliar. Esa decadencia de la propia estima, que puede alcanzar matices de aborrecimiento, a veces procede de la permanente obsesión de compararse con los demás, o del temor al prejuicio ajeno sobre sí, y representa una ruptura en la conciencia de ser que sólo puede superarse al entender cómo nadie compila la forma ejemplar del ser humano, en la que la diversidad de características en la forma y manera de ser constituye parte intrínseca de su naturaleza. La fortuna o el infortunio que a cada persona le toca respecto al conjunto de la sociedad es sólo relativamente objetivable, pues a veces a quien se tiene por afortunado es quien sufre en su interior un mayor desengaño de su suerte.
 

4. Aplicación.

En la historia se ha considerado con excesiva frecuencia el dolor como una maldición. Muy posiblemente la ignorancia de su justificación como alarma mental ha inducido a significarlo vinculado a la hechicería, la religión, la brujería..., como un castigo merecido por transgredir preceptos o reglas de conducta tradicionales. Desde esa perspectiva, se ha utilizado el dolor para subordinar voluntades, vender favores o ganar lealtades. Esa mistificación del dolor como condena humana ha aparejado la mitificación, como dios o chamán, de quien mostrara recursos de vencerlo haciendo desaparecer las dolencias.

La sabiduría científica de los tiempos modernos, además de eliminar su concepción maléfica y supersticiosa, ha identificado la causa y la función del dolor, su vinculación con la enfermedad, su remedio farmacológico, su control en causa accidental o catastrófica y su gestión paliativa cuando adolece de modo crónico. Acotar su incidencia no más allá de su positiva función de alarma constituye un reto para los investigadores, pues es de sobra conocida su influencia degradante sobre el bienestar.

Defenderse del dolor debe ser una táctica para impedir que le dolor venza al ánimo. Desde la más tierna infancia el dolor produce la queja continuada para el que aún está imposibilitado de comprender qué es lo que le ocurre que le hace sufrir, incluso la visión de la aguja de la jeringa que les va a sanar genera pavor en los niños porque de ella no conciben sino el pinchazo de dolor. Paulatinamente, desde el uso de la razón, la persona comprende cada vez más el significado del dolor como alarma de negativa incidencia corporal, intuyendo cómo sólo se elimina el dolor si se soluciona la causa que lo genera. Ello le induce a actuar en tres procesos sucesivos:

  1. Determinar a qué puede estar vinculado un dolor.
  2. Determinar si se puede controlar con medios propios.
  3. Acudir a un especialista que pueda diagnosticar y curar.
Determinar a qué puede estar vinculado un dolor viene determinado en gran parte por la experiencia personal de los dolores padecidos con anterioridad. Existen dolores que por su puntual localización facilitan determinar la posible causa, como un dolor de muelas; otros se reconocen por haberlos padecido con anterioridad, algunos a veces con reiteración, de modo que con mucha probabilidad se pueden autodiagnosticar; existen también dolores que hacen padecer sin ofrecer indicios claros de su causa para quien antes no ha sido diagnosticado de los mismos, estos generan bastante confusión cuando no ceden en su intensidad o en su reiteración a los remedios caseros que se le aplican.

Determinar si se puede controlar con medios propios es la primera respuesta que se ofrece a todo dolor. El conocimiento humano, dotado de una gran intuición, está facultado para, con frecuencia, autodiagnosticar la causa de un dolor, especialmente cuando se estima que puede ser consecuencia de un exceso realizado. Considérese cómo dolores abdominales pueden vincularse a excesos en la comida; dolores de cabeza al consumo poco moderado del  alcohol; dolores musculares a sobreesfuerzos; etc. En otros casos, y siempre que el dolor no sea agudo, se busca paliarlo mediante un remedio publicitado o una práctica fruto del saber popular. El objeto de estas actuaciones es verificar si uno mismo se basta para neutralizar el dolor, evitando más molestias.

Acudir a un especialista que pueda diagnosticar y curar debe hacerse siempre que exista un dolor agudo o persistente que no desaparezca en un breve espacio de tiempo. Existe gente reacia a acudir al médico, por el temor a que le descubran una enfermedad, sin valorar que si el facultativo encuentra alguna anomalía es porque existe, y no que exista porque la diagnostique. Precisamente en la función de alerta que transmite el dolor se encuentra la razón del mismo, y lo más habitual es que la demora en tomar la determinación oportuna sea causa del agravamiento de la enfermedad que lo produce. Asegurar un diagnóstico rápido y recibir tratamiento para reducir el dolor tanto como se pueda es la función propia del médico al que toda persona debiera poder tener acceso, porque calmar el dolor y verificar las consecuencias dañinas que pudiera alertar se encuadra entre los derechos humanos que toda sociedad debiera garantizar para sus ciudadanos.

A veces la aplicación contra el dolor recae en la responsabilidad de una persona que cuida a otra. Cuando no siente uno mismo el dolor, sino que ha de fiarse de la queja ajena, es más complicado valorar la causa e intensidad del mismo, así como sus posibles consecuencias; ello urge a actuar un tanto a ciegas, sobre todo cuando la comunicación es imprecisa y no se poseen antecedentes sobre la motivación. Poseer conocimientos de prevención sanitaria facilita la toma de decisiones al cuidador, más si provienen de la experiencia que de la teoría, pero es evidente que nadie puede abarcar más allá de una cierta especialización, por lo que es sobremanera práctico disponer a mano de las direcciones y teléfono a dónde dirigirse en caso de la aparición de una dolencia aguda o de un accidente que exija auxilio externo.
 

5. Neutralización. Terapia.

El cerebro humano organiza la defensa contra el dolor combatiendo la causa que lo produce. Este sistema de defensa, que actúa contra gran parte de las enfermedades, infecciones e inflamaciones del organismo, trata de evitar la expansión del mal actuando de modo progresivo y limitado a la capacidad de respuesta; a veces actuando como si se tratara de una guerra sin cuartel entre microbios agresores y defensores del organismo; otras como sanación de la propia degeneración de las propias estructuras celulares que, como toda sustancia viva, se reproducen, deterioran y mueren. Esa lucha en el interior de los cuerpos vivos por la supremacía en la alimentación y la reproducción entre los seres microscópicos reproduce la violencia existente a todos los niveles de la naturaleza por el dominio de la especie, para la cual cada sustancia, simple o compuesta, emplea los más poderosos recursos de neutralización contra sus depredadores.

No se debe menospreciar que en la naturaleza se den muchas especies de seres vivos, especialmente de reducido tamaño, desde virus a insectos, cuyo medio de supervivencia es alimentarse del producto metabilozado por otros seres más complejos: los parásitos. Suponen una importante proporción de los agresores del ser humano, que en sí no buscan el desfallecimiento del órgano que les sirve de sustentación, pero depauperan tanto sus funciones que pueden generar para el conjunto del cuerpo el colapso vital.

El propio cuerpo genera sensaciones de malestar o dolor para poner en tensión a todo el organismo de que está en situación de conflicto, y que por tanto se precisa dirigir todos los recursos disponibles para subsanar las partes más débiles o afectadas; ello justifica que además de los dolores localizados se sienta un malestar general en otras partes del cuerpo, signo de que se retiran recursos de nutrición o defensa para enfrentar con ellas la localizada agresión que pueda poner en peligro la vida del conjunto del organismo. Toda esa comunicación se realiza a través del sistema nervioso, sin que la conciencia, con frecuencia, se percate de ello sino por ligeros signos de inestabilidad.

La terapia sanitaria, igual que el sistema inmune del cuerpo vivo, se dirige principalmente a curar la causa que provoca la enfermedad, secundariamente a aliviar el dolor del paciente, aunque como la cura puede precisar tiempo de acción, una vez conocida la información que delata el dolor, se actúa inmediatamente con calmantes o sedación para rebajar la sensación de sufrimiento. Existen tratamientos para la reducción rápida del dolor, pero la mayoría de ellos deben ser administrados periódicamente mientras no se haya neutralizado la causa que lo provoca, pues los analgésicos, que no son medicinas curativas, actúan temporalmente sobre los sentidos de modo que dependiendo de la sensibilidad del paciente pueden causar efecto de modo diferenciado, debiendo los facultativos regular las dosis según su eficacia, lo que puede propiciar que se modere el dolor, pero sin ser totalmente eliminado.

Una terapia muy especial precisan los dolores producidos por las enfermedades crónicas o por circunstancias sobrevenidas que dejan traumas incurables, pues en esos casos el dolor se instala en el organismo como un incómodo compañero de viaje. Existen enfermedades muy dolorosas, pero que pronostican un periodo de supervivencia reducido, como algunos tipos de cáncer; otras son igualmente molestas de sobrellevar, pero como no atentan a la vida se han de soportar durante años de existencia. Sobre los primeros cabe un tratamiento con sedación muy atrevido, pues el resultado vital va a ser el esperado; el tratamiento de los segundos presentan restricciones éticas, en cuanto el suministro de analgésicos pueda actuar acortando una esperanza de vida no inducida por la misma enfermedad. En uno y otro caso el respeto a la ética pasa por facilitar información al paciente para que sea él, desde el ejercicio de su libertad, quien determine las resoluciones convenientes a tomar. Es cierto que el paciente no posee el mismo grado de conocimiento científico que los médicos que le tratan y por ello la deontología profesional también establece límites de actuaciones en conciencia, especialmente cuando el enfermo se encuentra sometido a una presión sensible por el dolor que pudiera alterar la objetividad de sus decisiones. La esperanza en el progreso del control del dolor que ofrece la investigación clínica a veces aconseja permitir sufrir durante un periodo para luego mejorar. No obstante parece lógico que sea el paciente quien tenga, frente a todo el entorno social, el derecho a decidir sobre los límites aceptables, según su criterio de valores, entre el dolor y la vida.

Existen en muchos países testamentos vitales que recogen la voluntad de los ciudadanos respecto a situaciones clínicas en que pudieran incurrir por vejez, enfermedad o accidente. Son documentos redactados especialmente para el caso de pérdida de consciencia o comunicación que imposibilite exteriorizar la voluntad, la que incluso en esa situación debe ser considerada como constitutivo esencial de su libertad. En esos documentos se expresa no sólo los límites aceptables de padecimiento personal admitidos, sino también el grado de discapacidad funcional que se considera incompatible con realizarse en la vida. Todas esas resoluciones se toman para limitar la aplicación de una supervivencia artificial no deseada en lo que pudiera afectar al entorno familiar, pues especialmente se expresan para, en caso de encontrarse en coma, liberar a las personas queridas de la disyuntiva en decidir entre la compasión y la responsabilidad moral.
 

6. Estoicismo. Sadismo. Masoquismo.

La mente humana está capacitada para asimilar la diversidad de influjos externos, ya sean sensaciones, sentimientos o emociones, y categorizarlos en una jerarquía de valores respecto a la atención que merecen. Como el dolor es un influjo frecuente e inevitable, hay quien se prepara para afrontarlo desde una posición de dominio mediante el hábito de su voluntad y así asumirlo con paciencia y resignación; se trataría de lograr que el dolor no sea quien domina sobre la persona sino que esta lo someta al arbitrio de su voluntad. Tratar de vencer la sensación de dolor no puede conseguirse por la relajación de la sensibilidad, pues ella es necesaria para percibir el universo de la relación con el exterior, por ello el método del autocontrol personal, no terapéutico, del dolor se basa en la resistencia al influjo de la sensación sobre el organismo; si no se puede disminuir la percepción del mismo lo posible es acostumbrar a la mente a sufrirlo como un hábito racionalizado.

El estoicismo surgió en la antigüedad griega como una escuela de pensamiento ético que recomendaba el entrenamiento de la voluntad para no seguir el dictado del apetito sensitivo, sino a la razón. Entre sus muchas enseñanzas recogía el cultivo de la virtud de la fortaleza, más en el sentido del dominio mental que de la potencia física, para así conseguir del ánimo la tendencia natural para hacer el bien por encima de disfrutar del placer. Soportar el dolor que las circunstancias propician para cada persona se reconoce en esa doctrina como una ocasión adecuada para la práctica de la fortaleza, especialmente en lo que comporta de no trasmitir o hacer partícipe al entorno del dolor personal. Acostumbrarse a soportar sin queja las enfermedades, accidentes y demás contrariedades de la vida, dando preferencia en la escala de valores a la posibilidad del bien por hacer a pesar de esas dificultades, constituyó el atrayente ético de esa corriente filosófica, nacida dos siglos antes de nuestra era, cuyo predicamento sobre la asunción del dolor sensible ha dejado huella en la moralidad posterior.

No debe confundirse la racionalidad estoica con otras desviaciones de la personalidad humana hacia pasiones o aberraciones respecto a la finalidad del dolor. Entre estas cabe destacar el sadismo y el masoquismo, tendencias que para muchos profesionales de la psicología rayan el ámbito de las enfermedades mentales.

El sadismo puede definirse como la sensación de placer conseguida al contemplar el dolor de otro individuo. Dentro del sadismo cabe una escala de categorías:

  1. La de disfrutar del dolor ajeno sin vinculación personal a su causa.
  2. La de disfrutar del dolor ajeno como venganza pero sin participación directa en producirlo.
  3. La de actuar como agente del dolor ajeno sin que la intención primaria de la acción sea únicamente ese placer.
  4. La de actuar como agente del dolor ajeno por el único fin de satisfacerse contemplando el sufrimiento.
Considerado como una deformación mental, no como un juego, el sadismo fácilmente escala de una categoría a otra, pues la sensación que nunca sacia incita a probar de continuo excitaciones más contundentes. Cuando no sólo se ha perdido el respeto a la consideración del animal u hombre como ser vivo, sino que se le eleva a objeto de la perversa satisfacción, como si el causarle daño y dolor significara la humillación que ensalza la propia crueldad a la categoría de poder, el ánimo requiere de experiencias más fuertes para no relajar la pasión de dominio.

Aunque el sadismo deba la etimología de su léxico a la obra del marqués de Sade (siglo XVIII) no quiere decir que la exacerbación por causarse dolor unos a otros seres no sea tan remota como la historia, pues desde la antigüedad existen testimonios de la crueldad de sacrificios humanos, torturas, holocaustos, etc. Si bien la obra del marqués de Sade se especifica en la proyección del dolor como excitación sexual, no por eso deja de ser aplicable el concepto a la satisfacción mental por la ejecución de dolor físico en el ser ajeno. Considérese la desviación teológica de concebir cómo el sacrificio de víctimas o lacerarlas para derramar su sangre podía satisfacer el ánimo de venganza de los dioses, pues ello sólo puede provenir de mimetizar la categoría de lo sobrenatural a la más bajas tendencias de la especie animal. Ningún dios se puede sentir alabado por la violencia a la observación de la ley natural.

Paralelo origen etimológico posee el masoquismo, este debido a la literatura del escritor austríaco L von Sacher-Masoch, quien siguiendo la escuela del marqués de Sade contempla la complacencia posible en sentirse humillado a través del maltrato sexual. Por extensión del campo semántico se aplicó este término a la paradoja de cualquier forma de obtener satisfacción o beneficio a través de causarse uno mismo el dolor. Con frecuencia, en el pasado, por el mal causado al prójimo o una deidad la moral exigía del sujeto la expiación en la propia carne de un daño suficiente como para compensar el que pudiera haberse causado. De ahí la ascética derivó en recomendar la mortificación corporal como prevención del posible mal a causar, asumiendo erróneamente algunos principios de la escuela estoica, cuyas reminiscencia aún perdura en la moral fanática de sectas ideológicas o religiosas. Confundir que el mal de un sujeto agente se equilibra con la igual dosis del dolor causado padecida como sujeto paciente quizá se deba a raíces vetustas en la condena legítima por el delito cometido, pero la moral moderna reconoce que al mal se le vence con el bien, y ello deslegitima toda pretensión de causarse dolor como satisfacción, cuando la reparación no puede provenir sino por la transformación ética del comportamiento personal.
 

7. Actividad psicosomática.

La ciencia ha progresado de modo exponencial durante los últimos decenios en el estudio de las causas y remedios para las enfermedades y el dolor a ellas vinculado, pero aún quedan muchos enigmas por resolver que dan ocasión a la especulación imaginativa del ser humano. Cuando las enfermedades son causadas por un agente exterior, se sabe contra qué aplicar las terapias reparadoras, el problema es cuando todo lo que se conoce sobre alguna dolencia proviene de percibir sus efectos, pero sin convicción de que exista intervención de un agente exterior, ni que sea debida a la degradación lógica de la materia orgánica.

Ciertos indicios de algunas enfermedades han apuntado como posible origen a trastornos del sistema emocional sin lesión cerebral alguna, o sea, concebida como repuesta de la psique a circunstancias negativas del entorno en el que vive. Que esa causa sea así, encuentra justificación el que con tratamiento sicológico, no psiquiátrico, mediante la reconfiguración de la propia actividad emocional se logre la mejoría y la curación de los pacientes. Entre la enfermedades que pudieran tener este origen la más admitida es el estrés, en sí mismo y en sus manifestaciones, como algunas cefaleas, el agotamiento muscular, el colon irritado, disfunción sexual y otras más o menos identificadas, ya que hay dolencias que confunden entre esta y otras patologías.

Desde la perspectiva de la consideración de los seres vivos que poseen un sistema cognitivo central, entre cuyas funciones está la regulación del metabolismo integral del cuerpo, aunque la mayor parte de esas funciones se realicen en modo de respuestas condicionadas a la propia forma de ser de cada órgano, pasando desapercibidas a la percepción intelectual que sigue a las ideas informadas por la percepción de los sentidos, cabe intuir que de la misma forma que la mente se posiciona a favor de las herramientas biológicas inmunes para curación de algunas patologías, de forma inversa pudiera suceder que una presión externa sobre la mente la indujera a causar desajustes orgánicos como forma de expresión de la propia disconformidad con el modo de ser que al sujeto le toca vivir. Del mismo modo que desajustes mentales incitan al suicidio, podrían generarse órdenes a través del sistema nervioso al metabolismo para desconfigurándose generar trastornos que expresaran el malestar interior de la psique.

Incluso sobre enfermedades oncológicas algunos investigadores han especulado con que la disfunción en la reproducción incontrolada de propias células de un órgano determinado, que no responde a causa de infección externa, podría estar relacionado con la inhibición de las defensas a neutralizarlo como consecuencia de un estado anímico incapaz de superar contradicciones importantes con las que ha de vivir. Estas especulaciones a una causa psicosomática del cáncer han crecido en función de relacionar previos procesos de consternación emocional imposibles de dominar con la constatación de la subsiguiente detección tumoral. El gran escollo para asegurar esta tesis radica en la gran proporción de personas que pueden aducir contradicciones importantes en su ideal de ser y la realidad que las envuelve, lo que justificaría adjudicar esos antecedentes como causa del efecto oncológico en un número importante de pacientes. Lo que la ciencia ha corroborado es que, aun suponiendo esa causa psicosomática para el origen de algunas malformaciones tumorales, una vez desarrollada la enfermedad ningún tratamiento del desorden psicosomático consigue efectos curativos para el cáncer, como algún investigador ha sostenido. Mientras la ciencia no haya identificado inequívocamente la causa de esa u otra enfermedad tan dolorosa, cabe sostener una posible vinculación psicosomática para algunos casos; pero hay que admitir que una vez originada la multiplicación celular descontrolada, como si fuera una reacción atómica, se muestra ineficaz para neutralizar su expansión y sus efectos dolorosos los recursos de cualquier aplicación psicológica, salvo en lo que pueda influir a un fortalecimiento del ánimo en el padecimiento de la enfermedad.
 

8. Instrumentalización. Tortura.

Desgraciadamente para la humanidad el dolor ha sido instrumentado como medio para someter la voluntad ajena a la propia. Reproducir la señal de dolor como alarma de una anomalía patógena mediante una lesión a la integridad corporal de otra persona constituyó desde la antigüedad uno de los métodos de sometimiento de la libertad. En disputas en el núcleo familiar y en la tribu o en la animadversión entre bandos sociales, desde siempre ha surgido la pretensión de utilizar el dolor invalidante provocado en el otro como signo de poder y dominio, muestra de un rol de superioridad otorgado por la naturaleza mediante la potencia físico o la sagacidad.

El tránsito de la noción de autoridad por la virtud a la del sometimiento por la fuerza implica la aparición de la injusticia en las relaciones humanas. En ella tiene una significación muy alta los delitos de causar dolor como medio de alcanzar un objetivo ilegítimo: Lesiones corporales, mutilaciones, tormentos, hambrunas, cautiverios, etc. causados voluntariamente por personas contra personas para dominarlas, esclavizarlas, someterlas. Haber padecido dolor debería haber fortalecido en el ser humano el valor de la conmiseración, pero en vez de ello lo ha estimado como un medio de debilitamiento de la voluntad ajena que favorece su dominio bajo la amenaza experimentada de cuánto puede sufrir quien no se sujeta al dominio del más fuerte; de modo que el ejercicio real del padecimiento ajeno convierte al dolor --que la naturaleza lo creó como alerta de disfunción orgánica-- en la principal arma de victoria, a pesar de que para conseguirlo también haya del propio pueblo que entregar sangre, sudor y lágrimas.

Una aplicación muy especial del dolor es la tortura para conseguir confesión, información o rendición. Ella se fundamenta en la utilidad experimentada de extenuar el dolor hasta los límites letales para conseguir el volcado de los secretos de conciencia de un individuo. Los tormentos para producir el dolor necesario para el sometimiento de la mente y la voluntad han variado a través de los tiempos, adecuándose tanto al desarrollo de la maquinación del ejercicio de la violencia como al refinamiento de la ciencia para disimular la vulneración ética de la práctica de la tortura. Se ha utilizado la tortura en épocas de la historia como forma de producir una muerte lenta, dolorosa y pública, escandalosamente ejemplarizante, para reprimir, en teoría, la adicción al delito; no obstante ello conllevó en muchos casos poca eficacia para prevenir la conjura y mucha aversión a esa forma de justicia que raya la injusticia, por lo que en tiempos modernos la tortura se practica con recato de publicidad y en el margen consentido por la justicia a la discrecionalidad del poder.

El acceso a la memoria interna del individuo sin dolor mediante técnicas de sofrología, hipnotismo o suero de la verdad han sustituido en los tiempos contemporáneos al recurso a la tortura para obtener información, aunque su legitimidad legal está muy cuestionada debido a que la renuncia del recurso al dolor se sustituye por el asalto al reducto espiritual que configura al individuo como persona, y además el testimonio obtenido por esos métodos no posee la seguridad de la verdad para ser utilizado como prueba testifical. No obstante, los poderes públicos y los grupos mafiosos lo utilizan cuando el interés que lo requiere se superpone a cualquier consideración respecto a los derechos humanos.
 
 

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