LA ESENCIA DE LA AMISTAD

JORGE BOTELLA

Sumario:

I.- La relación humana.

II.- Características de la amistad.

III.- Graduación de la amistad.

IV.- La amistad particular.

V.- El grupo.

VI.- La excelencia en la amistad.

VII.- Amistad insana.

VIII.- Cuidar la amistad.

IX.- Maternidad, paternidad y amistad.

X.- Amistad profesional.

XI.- Disolución de la amistad.
 

I. La relación humana

La pertenencia a una misma especie de seres animales predispone a sus miembros a mantener diversas formas de relaciones entre sí: Unas siguen el dictado de la naturaleza, como las de reproducción, y son necesarias para la continuidad de la especie; otras son de mutua conveniencia, como la supervivencia en grupo o la especialización de funciones; otras con fin de generar particulares satisfacciones sensoriales. Todas esas relaciones pueden tener fines que se consideran los propios que definen la forma de ser de cada especie y la manera de actuar de sus miembros, pero independientemente de las formas y fines genéricos con los que se manifiestan, la causa próxima de su ejercicio radica en la singularidad, de modo que el sujeto de toda relación es el individuo, aunque en determinadas circunstancias lo sea de modo pasivo, pues aunque se pueda argumentar sobre la predisposición en la especie, no puede negarse la independencia orgánica a cada miembro respecto a la colectividad.

En la especie humana, su racionalidad refuerza la independencia para establecer relaciones, lo que no quita que respecto a su voluntad puedan distinguirse diversos grados de conformidad de su conciencia, pues existen entre las personas posiciones pasivas en las que la relación viene dada por el entorno y se asume, siempre en proporción al grado de consciencia, como tal. Como en cualquier colectivo animal, el hecho de nacer en un entorno dado origina unas relaciones existenciales de familia, pueblo, nación, etc. que confieren determinaciones específicas hasta que cada individuo puede decidir sobre su sostenibilidad.

Toda relación, sea entre dos o más personas, crea derechos y obligaciones que se conciertan entre las partes intervinientes. Precisamente la pasividad en una relación lo marca el déficit de actuar como parte actora en la misma, como, por ejemplo, las relaciones con la familia en la que se nace, existiendo en esos casos predominio de los derechos sobre las obligaciones, pues en cuanto no se interviene activamente en el pacto no se puede considerar responsabilidad de conciencia sobre el mismo, sino tan sólo la trascendencia ética del común comportamiento. Por el contrario, la voluntariedad manifiesta en una relación realza la correspondencia entre derechos y obligaciones, pues, si libremente se asumen los compromisos implícitos o explícitos a mantener, no cabe sino atenderlos o suspender la relación, lo que puede en casos comportar responsabilidades posteriores a satisfacer.

Las relaciones humanas en gran manera siguen a la sensibilidad por lograr satisfacciones o beneficios, sean materiales o incorpóreos, y ello genera que el acuerdo libre entre las partes por lo general suponga un equilibrio entre los derechos y obligaciones, pues lo que para uno reporta como derecho es lo que confiere a las restantes partes de obligación, y así recíprocamente de todos para con todos. En el mayor de los casos esas relaciones suponen un intercambio de servicios que tiene como fin el beneficio mutuo y colectivo de las partes intervinientes, quienes por ello se aprestan a participar. Quizá cuanto más se incrementa el número de participes menos explícita queda la realidad del servicio concertado, pareciendo incluso a veces que se disuelve la particular participación de los individuos y el grado de correspondencia que a cada uno implica, no siendo con frecuencia extraña la subjetividad con que cada uno considere que aporta más de lo que recibe. Esto se genera especialmente en las relaciones colectivas de naturaleza social, o sea, las que atienden servicios y deseos de todos los pertenecientes a una colectividad, en los que con frecuencia, por razones de eficacia, la participación de los ciudadanos se realiza incluso de modo indirecto a través de representantes.

No todas las relaciones entre seres humanos son relaciones de servicio, sino que predominan las relaciones de dominio. Responden estas a aquellas relaciones establecidas entre sujetos en las que uno o varios de ellos tienen la capacidad de imponer sus intereses sobre los demás, de modo que se fractura el equilibrio que debería existir entre derechos y deberes, siendo la parte dominante la que establece la substanciación y prioridad de sus derechos, que deben ser satisfechos mediante los deberes de la parte, o las partes, dominadas. Cuantos menos derechos repercute la relación sobre los sujetos más débiles y más son los que impone la parte poderosa, más injusta es la relación. Estas relaciones de dominio se generan desde el ámbito familiar a las obligaciones que imponen los Estados, afectando al comercio y al ejercicio de las libertades fundamentales.

Aunque las reivindicaciones sociales en la historia se refieren a circunstancias de desigualdad muy diversas, la realidad es que, en su estructura profunda, todas responden al proyecto de recomponer la sociedad favoreciendo la evolución de las relaciones de dominio a relaciones de servicio, pues la equidad es la que justifica la justicia, y esta la que induce el orden y disuade al recurso a la violencia de quien considera legítimo reequilibrar la justicia por su propia mano. Desafortunadamente hay quien piensa que las relaciones de dominio se equilibran consiguiendo invertir la potestad de dominio de una parte a la contraria, y no, como debe ser, transformando las condiciones de imposición en condiciones de libre y ponderado acuerdo.

Lo cierto es que para reconocer las ventajas que conllevan los comportamientos humanos que conducen a establecer relaciones de servicio es necesario la experiencia sobre las mismas, pues, atendiendo exclusivamente a la consideración de las sensaciones derivadas de la percepción, la tendencia a buscar la mayor satisfacción posible en cada relación concertada se puede considerar como la tendencia adecuada para cada sujeto. La valoración de las consecuencias que las relaciones establecidas puedan repercutir sobre la parte contraria de cualquier relación se identifican desde la conciencia en el juicio racional inducido por las intuiciones éticas respecto al bien común. Obrar a favor es la respuesta espontánea de todo actor, pero la convivencia con otros sujetos debería determinar supeditar el yo al nosotros, al ustedes y al ellos en cuanto que se percibe intelectivamente el beneficio de la vida en sociedad, en la que la colaboración es el activo que protege el beneficio común.

En muchas etapas de la historia, tanto como en la actualidad, preservar las relaciones de justicia entre los ciudadanos se consideraba un deber consecuente de la misma naturaleza de la noción de colectividad, pero ello casi siempre se ha aplicado de modo restrictivo a los pertenecientes a la propia tribu, etnia o nación; fuera de esos límites con frecuencia ya no rige para los demás individuos la aplicación del derecho, y para ellos se estableció la esclavitud, más o menos formal, como forma legítima de la práctica de las más represivas condiciones de dominio. Aunque se pueda considerar que esas actitudes humanas se han superado en la actualidad, de modo semejante se obra siempre que se discrimina, al establecer relaciones, respecto a si la parte contraria es merecedora de respeto o no, o si es suficientemente vulnerable o débil para conseguir la sumisión al propio interés. Esas actitudes supremacistas pueden derivarse del orgullo con el que se reconoce a sí misma una colectividad racial, nacional, religiosa, de género, política, cultural... que subjetivamente justifica la división de personas en categorías, estamentos o clases, lo cual, una vez admitido como realidad por la conciencia, induce a contaminar todas las relaciones posibles entre personas desde una perspectiva de dominio cuya trascendencia ética puede quedar fraudulentamente amparada por la consideración de que las cosas son así por naturaleza, al haberlas aprendido de esa manera desde la instrucción más elemental.

Para muchos puede parecer que el progreso económico lo justifica todo, pero lo cierto es que, aunque ello siga a los anhelos de la inmensa mayoría del género humano, gran parte de las penas que sufre la humanidad corresponden a la corrupción de la armonía y justicia que se estimaban debidas en las relaciones próximas. Cuanto más se esperaba de los beneficios de la estabilidad de una relación, mayor dolor y frustración causa su disolución para quienes la consideraban como parte fundamental de su existencia. Problemas que incumben a la familia, a la vida laboral, a la amistad, a la convivencia vecinal y a cuantas relaciones sociales se mantienen en el transcurso de la vida cotidiana pueden ser debidos a circunstancias tangenciales a la propia relación, un cuyo caso la misma suele constituir un apoyo mutuo para resolver o sobrellevar las contrariedades que se hayan de afrontar; pero cuando las contradicciones provienen intrínsecamente por la desavenencia entre los vínculos establecidos que antes aproximaban, existe el peligro de que la indignación de cada parte ciegue la voluntad de diálogo y se convierta la precedente relación de servicio en otra de dominios enfrentados, la que incluso puede degenerar en la violencia de una de las partes sobre la otra o de ambas al tiempo. Son muchos los casos en que estos conflictos adquieren mucha más trascendencia para la vida personal que lo que pueda proceder de las fluctuaciones de la situación económica, la enfermedad o las incidencias sobre el bienestar derivadas de lo materialmente impredecible.
 

II.- Características de la amistad.

Ante todo, la auténtica amistad es una relación de servicio donde se intercambia intimidad, comprensión, afecto y ayuda. Evidentemente nadie puede evitar que su carácter le induzca a determinadas manifestaciones de actitud de dominio, y la repercusión que pueda conllevar para la estabilidad de la amistad, pero esta, si es verdadera, precisamente percibe esa debilidad que se apresta a rectificar para que no trascienda sobre su futura realidad; pues la amistad se constituye como una relación voluntaria, establecida y mantenida en el ejercicio de su libertad por las partes interesadas, de modo que para su conservación debe existir la resolución de superar las contradicciones que contra esa voluntad puedan aparecer.

Como relación la amistad puede surgir de una apreciación espontánea, pero su entidad esencial se sigue de un trato positivo y continuado. Responde a la categoría de los sentimientos mutuamente correspondidos y consolidados a lo largo de un tiempo por la valoración de las cualidades que se observan mutuamente quienes la sostienen. La amistad nunca es fruto de las sensaciones que pudieran radicar en su causalidad inicial, sino de una aprensión constante de los valores que reporta para el desarrollo de la propia personalidad. Cada valor considerado en la conciencia responde realmente a un sentimiento positivo de la mente, y desde esa concepción puede considerarse que la amistad es un sentimiento que engloba la realización de un conjunto de otros más primarios, como son la afectividad, la lealtad, la confianza... consideradas tantas como cada sensibilidad interpreta la mayor o menor extensión o disposición a compartir con otras personas.

La madurez de la amistad depende más a un proceso de concienciación interior que del desarrollo sicológico de la persona que disfruta ese sentimiento. Por ello, aunque el desarrollo intelectual permita razonar sobre las cualidades de esa relación, ello no incide en que sin saber el por qué ni el para qué la amistad se establezca de modo estable entre personas que nunca se hayan cuestionado siquiera cómo surgió esa afinidad entre ellos. Esa consideración de la independencia de la amistad a la razón se manifiesta especialmente en los niños, quienes establecen lazos profundos de compañía a causa de la necesidad de compartir juegos, en cuya actividad cada menor detecta con quien está a gusto y con quien a disgusto. Esa atracción mutua a la temprana edad de la vida muestra cómo el nexo de relación depende mucho de las prioridades naturales en cada momento de la vida que pueden ser reforzadas mediante la amistad; siendo esos nexos distintos en la infancia, en la adolescencia, en la juventud; si se siguen del contacto educativo y laboral; si se refieren a la atracción sexual o el ideal familiar; o si el nexo se busca por el consuelo a la soledad en la vejez. En cada periodo de la vida la amistad puede revestir una condición de valor distinta, según las necesidades vitales de la persona, pero en todas ellas se reconoce un especial interés de cada parte por procurar el bien para el otro.

En la relación de amistad lo esencial no son los actos que unen a las personas, sino la experiencia personal de los sentimientos de cada uno de los actores hacia el amigo. Aunque se pudiera catalogar una serie de actitudes en el trato definidoras de la amistad, y otros tantos indicativos de la falsa amistad, ninguno de ellos puede aseverar que una amistad existe sino la conciencia de quienes actúan de esa manera, pues bien podríase obrar por puro formalismo, por decoro o por generosidad, pero no siguiendo al sentimiento de hacerlo por pura voluntad de realización personal en el beneficio acaecido para el otro, como si hubiera recaído a uno mismo. Así como la estima propia se manifiesta en querer para sí todo tipo de perfecciones, se puede afirmar que la amistad lo es en tanto un sujeto desea que el amigo sea objeto de las máximas perfecciones que le puedan acontecer. Esas perfecciones pueden ser tangibles o inmateriales, pero poseyendo de común el que colman algún aspecto de la expectativa existencial de esa persona; por ejemplo: acceder a los medios económicos que le faciliten una vida holgada, la salud que ayuda a enfrentar todos los retos, el éxito en la vida profesional, la tranquilidad de conciencia, la realización de los proyectos familiares, etc. En muchas circunstancias una parte puede contribuir activamente a facilitar el acceso a esas perfecciones, pero en otras muchas la obligada actitud pasiva se suple con el recto deseo de que esas expectativas se hagan realidad.

Para que la amistad posea fundamento es necesario el trato que facilite el mutuo conocimiento y la apertura de una a la otra parte para manifestar los pormenores de su personalidad: ambiciones, gustos, contradicciones, prejuicios, etc. Ello requiere confianza, sinceridad y naturalidad, sabiendo que lo que apuntala una amistad es lo que no defrauda de la forma de ser que configura el valor por el que se identifica esa relación como de amistad. Ello no obsta, para que el conocimiento mutuo distinga virtudes y defectos, maneras de ser loables y censurables, actitudes comunes y distantes. Lo trascendente para la amistad es la aceptación de la personalidad del otro como realmente es, y no como gustaría que fuera según los propios criterios de ser, porque en ese caso lo que se busca no es la comprensión mutua sino lograr dominar a la otra persona para que se avenga a los propios criterios de comportamiento.

Aunque cada persona posee amistad con otras muchas, y a veces se configuran grupos entre los cuales se presupone que todos comparten amistad, debe prevalecer el criterio de que la amistad es una relación bidireccional entre dos personas, lo que no impide que entre varios se den relaciones de amistad paralela. El compañerismo, la camaradería y la fraternidad son relaciones intensas que se asimilan a una amistad colectiva, sobre todo cuando se practican tantas actividades comunes que generan un conocimiento mutuo como el que pueda darse entre los miembros de una familia; no obstante, lo cierto es que, por la identidad singular de cada persona, no cabe hacer reducciones a que el intercambio de sentimientos que definen una amistad se sostenga en la aquiescencia común entre cada uno de esos individuos, pues siempre cabe distinguir peculiaridades en la relación de amistad en función de la confianza de cada persona con cada uno de sus amigos.

La confianza interior mutua que acompaña a una relación de amistad exige una fe en el otro que se fundamenta en la sinceridad que avala la identidad entre cómo se manifiesta y cómo es. A la imposibilidad de penetrar la conciencia ajena, la confianza sigue a la sinceridad que cada uno muestra de su forma y manera de ser. Hasta cuánto cada uno puede ser conocido, y por tanto valorado en verdad, depende del grado de apertura que trasciende de cada conciencia; ello es lo que protege la intimidad que todo ser humano tiene derecho a preservar para ser compartida de modo consciente según la trascendencia que se concede a cada relación. Cuando esa apertura el otro es tan generosa que no guarda resquemor de ser conocido tal como se es, se está en disposición de elevar al grado de amistad cualquier posible relación; en la medida que la reserva de comunicación sobre sí mismo se incrementa, más se dificulta la consolidación de cualquier relación como de amistad. Como realmente la sinceridad supone corresponder a la curiosidad del amigo con la verdad, durante todo el periodo de ámbito de una relación la amistad se está consolidando y dificultando tanto por la curiosidad insana como con la opacidad manifiesta, pues ambas actitudes contribuyen a relativizar el concepto de valor del uno para el otro que sostiene el fundamento de la amistad.
 

III.- Graduación de la amistad.

En la amistad, como en cualquier relación, pueden considerarse distintos grados determinados respecto a:

La frecuencia en el trato mide, según la dimensión temporal, cuánto dos personas amigas sostienen contacto relativo a su relación de amistad. Esa dimensión puede referir tanto a la duración habitual de los contactos, a la periodicidad de los mismos o a la temporalidad total de una relación. A su vez los contactos pueden ser presenciales o a distancia, mediante el uso de cualquiera de los medios de comunicación posibles para transmitirse emociones y mutuos apoyos prácticos; siendo los presenciales los más efectivos desde la perspectiva de la comunicación, en cuanto el medio incumbe en un sólo acto a la interactuación de todos los sentidos internos y externos, permitiendo una transmisión integral de los sentimientos; mientras que, en la comunicación a distancia, sólo actúan unos u otros sentidos, como el oído en la telefonía, la vista en el correo, etc., pero se carece de una completa impresión del estado de ánimo de la otra persona, limitada por lo que transmite objetivamente el mensaje y por lo que deja connotar a la intuición lo sobreentendido. No obstante, a veces, aún existiendo un trato directo asiduo, algunas personas recurren para determinadas comunicaciones a una misiva escrita, u otro medio similar, cuando consideran que mejoran con ese medio la expresión de sus sentimientos, especialmente personas introvertidas o cuando se quieren explicitar actitudes propias o contrarias concernientes a la relación de amistad que, por las razones que sean, no han aflorado en el trato presencial. Habitualmente es común que en el trato entre amigos se recurra al medio más accesible y afín, mostrándose como un síntoma de relajación de la amistad cuando se distancian las reuniones y las comunicaciones sin acaecer circunstancias que justifiquen esa actitud.

La intensidad afectiva que cada persona siente por otro individuo es algo que sólo puede valorar la conciencia propia. Hay que tener en consideración que en la amistad, aunque siempre es una relación mutua, la intensidad real corresponde más a los sentimientos y actitudes de los sujetos que la comparten que a los contenidos de servicio en los que se explicita la relación; por ello, las personas en amistad mantienen una posición activa respecto a la intensidad afectiva hacia la otra parte, y una posición pasiva respecto a cómo son considerados por sus amigos. Nadie puede por su voluntad mejorar la condición en que le tienen las demás persona, si no es ganándose una mayor intensidad de ese afecto mejorando la actitud que él invierte en la relación. Por ello la amistad, como relación de ida y vuelta, requiere un cierto equilibrio entre lo que cada uno da y recibe, pero no es necesaria una equivalencia afectiva, difícil siempre de conseguir por la distinta personalidad de quienes se consideran amigos, ya que cada uno, por su manera y forma de ser, objetiva el bien y las perfecciones, tanto para sí como para los demás, de forma peculiar. Considerar y querer a los demás como desean ser considerados y queridos es la meta a la que deben aspirar los afectos invertidos en una relación de amistad, aunque progresar en ello sea tarea ardua, pues siempre cuesta aceptar los defectos ajenos por más que primen los valores que se estiman, de modo que sólo por la consideración a la deferencia en la recíproca tolerancia se mantiene fuerte la amistad.

La confianza comprometida es uno de los fundamentos más sólidos de la amistad. Realmente la confianza no es un valor inductor de la amistad, pues esta suele establecerse como consecuencia del trato y conocimiento mutuo, de modo que se podría considerar que la confianza es más consecuencia de la amistad que viceversa; no obstante lo cierto es que la confianza creada entre dos personas es la mayor garantía de la solidez de su relación. La confianza es un hábito que sigue a la valoración del otro en función de sus virtudes, o sea, de una estable forma y manera de ser y obrar que satisfacen las expectativas puestas en la relación interpersonal. En qué manera el obrar del otro se ajusta a los requerimientos de la sensibilidad propia y en cómo identifica la primacía de los valores en el relato de su propia personalidad es lo que seduce a la confianza mutua, la que, como puede suponerse, crece o mengua con el trato que permite un mejor conocimiento. Esa confianza o fe en las buenas disposiciones del amigo guardan relación a la sinceridad que se observa en obras y  palabras, pues la apreciación de la mentira y el engaño sugieren la trampa de la instrumentalización de la amistad. A veces la reserva de obras y palabras en una relación son consecuencia de la preservación de la intimidad que los caracteres introvertidos tienden a observar; así se caracteriza a ciudadanos de determinadas regiones o como consecuencia de influjos culturales. Ser reservado no tiene por que inducir el prejuicio de un doble juego en la amistad, sino simplemente ello indica una forma de ser que puede satisfacer o no, igual que ocurre al considerar a una persona extrovertida y locuaz, pues tanto en uno como en otro carácter se puede evaluar el trasfondo de sinceridad que rige la conciencia de aquella persona; lo que no impide que un carácter abierto favorezca la facilidad de relacionarse en general, y por tanto posibilitar las relaciones de amistad.

Su proyección en el tiempo garantiza en cierto modo la estabilidad de la amistad, pues haber cuajado una amistad en el tiempo precedente supone probabilidad de permanencia. Para mucha gente, la persistencia de una relación de amistad, en especial si ha superado dificultades, facilita la continuidad al haberse podido salvar diferencias y malentendidos en razón de otros valores de más entidad. Como norma general la amistad suele constituirse sin perspectiva de limitación temporal, aunque en circunstancias se tenga asumido que pueden incidir avatares que faciliten o dificulten el trato, lo que repercutirá en la intensidad en que pueda mantenerse la relación. No obstante, cabe aducir que en casos esa relación de amistad se sostiene en base únicamente de la tolerancia de una de las partes, sin reversibilidad de la otra que disfruta sin empeño personal de los beneficios que puede conseguir por ser apreciado; cabe que el distinto compromiso en la relación se deba a la diferencia de personalidad de cada uno de los amigos, pues lo que para una conciencia la relación suponga de valor, para la otra parte se puede reducirse a simple rutina, pues no para todos los entendimientos humanos la amistad tiene una misma trascendencia. El sostenimiento de la amistad contra los inconvenientes hay que analizarlo también en relación a las responsabilidades que puedan haber surgido de esa solidaridad, lo que puede repercutir en la conveniencia de mantener una relación aunque los afectos mutuos se hayan perdido y el interés por ayudar al otro se haya relajado, siempre y cuando no haya surgido la intolerancia que repudia todo contacto. Las oscilaciones en la valoración de la amistad es lógico que varíen con los cambios sicológicos que afectan a la personalidad con el transcurso de la vida; así como que nuevas relaciones de amistad repercutan en las anteriores, más por la limitación material a atender demasiadas cosas que por el sentimiento real, pues este por su condición inmaterial está capacitado para mantener un aprecio de alta consideración a tanta personas como se puedan conocer; es más, con el paso del tiempo lo que aporta cada relación puede facilitar a asimilar las incomprensiones de otras.
 

IV.- La amistad particular.

Es evidente que no todos los amigos son iguales en cuanto amigos. Es lo que recoge el dicho: Entre todos tus amigos, uno es tu hermano, que  no expresa, como a veces algunos padres han querido entender, que tu hermano sea el primer amigo, sino que el mejor amigo es como un buen hermano, aunque la causa de la relación no provenga de la consanguinidad, sino de un intenso  afecto mutuo.

Que exista una amistad particular entre algunas personas dentro de un colectivo más amplio no se opone a la buena relación que se pueda mantener con el resto del conjunto, pues con frecuencia aquella surge del mismo y se mantiene en paralelo con las que se sostienen con las demás personas, lo que indica que no existe contrariedad entre una y las otras, sino una simple distinción de cualidad que hace a una relación más profunda. Si es así, lo que caracteriza a la reconocida como amistad particular es la magnitud de grado en su caracterización: Más intensidad afectiva, mayor trato, mejor afecto, confianza ciega, estabilidad.

Para que pueda ascender el grado de una relación de amistad es necesario un periodo de trato en el que el conocimiento personal pueda evaluar tanto la empatía de los sentimientos como los valores por los que atrae la personalidad de con quien se comparte la relación. Ese desarrollo es voluntario en lo que respecta a la decisión de mantener o incrementar el contacto, y es relativamente involuntario en cuánto los sentimientos se inclinan hacia ella de modo más o menos racional; existen relaciones personales que desde el inicio presagian la futura intensidad de las mismas, y otras que sin presentirlo van creciendo en consistencia a lo largo de un tiempo hasta consolidarse como una amistas particular.

Puede considerarse que la subjetividad interviene decisivamente en la coherencia entre la forma de ser propia y la que le corresponde a la particular amistad. La perspectiva personal es guía para la mente y la voluntad al interiorizar la formalización de toda relación, pero esa subjetividad puede considerarse informada por una doble intuición: La que valora el fin respecto al interés propio que pueda reportar y la que considera como fin el valor personal de realizarse como instrumento de perfeccionamiento para otro individuo. Muy posiblemente toda relación de amistad contiene parte de la perspectiva pragmática de lo que reporta para bien propio ese trato, y parte de la perspectiva idealista de la generación de bien ajeno, o incluso de bien común para los intervinientes en la misma y para a quienes pueda repercutir su efecto.

Por más que se quiera considerar que la amistad debería revestir una objetividad de correspondencia entre las personas que la mantienen, dado que el carácter y la personalidad de cada individuo puede moldearse pero no cambiar, ya en el hecho de aproximación hacia la cualificación del grado se asume la superación de las limitaciones propias y ajenas por los intereses y beneficios mutuos que ofrece como expectativa; lo que si no existiera dificultaría mucho una relación de amistad, ya que, materialmente hablando, cuando no se recibe tanto como se da se considera estar en un mal negocio.

El interés por la perfección del amigo que marca esta relación puede referir a perfecciones materiales, sicológicas y espirituales, que pueden variar, por ejemplo, desde alegrarse con su fortuna económica, con la realización de la paternidad, terminar unos estudios, jubilarse, sanar de una enfermedad o de disfrutar del bienestar de una vida sin sobresaltos. Se podría compendiar en que se desea la felicidad para el otro, si no fuera porque el concepto de felicidad a veces se estima como una utopía inalcanzable y por tanto una aspiración vacía, pero, considerando la felicidad como un estado del alma que se sigue de la satisfacción del deber cumplido, ese deseo conminará al otro a mejorar su manera de obrar, y lo que podría parecer una sobreactuación en una relación de amistad corriente, comprende los auténticos anhelos en una amistad particular, pues la meta del interés por el amigo se valora en tanto como la propia, y para sí mismo el ser humano sí prioriza la felicidad y el sentimiento de realización personal por encima de muchos otros aspectos del éxito o el bienestar. Todo lo que refiere a las emociones toma un matiz especial cuando afecta a los principales amigos, aunque cada sujeto realmente posea esos buenos sentimientos con extensión genérica para todos los seres humanos.

Una distinción --nada erudita-- que se puede realizar sobre la amistad, en función del fin, es la distinción entre los amigos de penas y los amigos de juergas. La amistad particular se identifica más con quienes están dispuestos a compartir como preocupación propia la dificultad y pena por la que pueda pasar el amigo; lo que no excluye que también, y serán los más, se compartan ratos de expansión, diversión, alegría... ya que a pesar de las dificultades los tiempos de realización personal suelen imponerse a las contrariedades que, con distinta intensidad, afectan a los sentimientos o a la personalidad de cada individuo. Comportarse como un amigo en las penas supone situarse próximo para acompañar y asociarse a las dificultades que puedan incidir en la vida del que en verdad se aprecia.

Cuanto más una relación de amistad se configura como un trato particular, más importancia toman los sentimientos y menos la materialidad del medio en que se desenvuelve. Realmente esa amistad se interioriza como una ampliación del propio yo, no para su satisfacción, sino como una proyección de atención y cuidado sobre el otro similar a cómo la persona atiende su propia estima. El itinerario que se sigue surge principalmente de las potencias sensibles que inducen a la sociabilidad, pero posteriormente se desarrolla una interiorización en la que los sentimientos van dejando paso a las potencias de la razón y la voluntad para comunicar al amigo las perfecciones que le hagan mejorar su disposición ante la vida. Se colma la sociabilidad con una fraternidad que enriquece mucho más el espíritu que los intereses materiales que puedan compartirse.

La reciprocidad que encarece la amistad particular potencia en cada uno de los partícipes los receptores intelectuales de formación e información en base a la confianza de quien se espera la ayuda desinteresada. La asunción de valores en cuanto conceptos de superación sanamente envidiados de la personalidad del amigo penetran con más consistencia que la crítica mutua que aflora en el debate de ideas, determinando la permeabilidad individual el grado de influencia que se adjudica al contraste de pareceres. La causa de la consistencia de amistades particulares entre personas muy heterogéneas hay que asignarla al respeto que el afecto impone sobre la disidencia; no obstante, la merma de reciprocidad en ese respeto mutuo es uno de los factores que incide en el debilitamiento de la amistad particular, muy especialmente cuando una parte comienza a reconocer que la otra ha abusado de modo perseverante de la tolerancia concedida.
 

V.- El grupo.

La adicción de relaciones formalizadas dentro de un grupo social favorece la generación de la amistades. Lo característico de un grupo lo constituye reconocerse como conjunto armónico dentro de una colectividad natural; así surgen grupos afines de la convivencia colegial, de la práctica de deportes, de aficiones culturales, en la vecindad, en la actividad laboral, dentro de los sindicatos, por la práctica religiosa, etc. La constitución del grupo suele provenir por la conjunción que facilita la reiterada asistencia a actividades por individuos, parejas, familias..., que aumentan con la incorporación de amigos de los integrantes del grupo interesados por la acción o convivencia que allí se produce.

Respecto a la amistad, el hecho de la coincidencia en el grupo no la exige; muchos de ellos, precisamente porque crecen, incorporan progresivamente un factor de heterogeneidad que modifica lo que en sus orígenes, por lo reducido del grupo, favorecía la intimidad de convivencia. En el conjunto de personas que forman un grupo siempre se detectan relaciones particulares de amistad, relaciones de simple conocimiento y relaciones, a veces disimuladas, de controversia o enemistad, con el inconveniente que estas últimas generalmente no pueden ser descartadas porque provienen de relaciones avaladas por otros partícipes del grupo. Con todo, la permanencia en el grupo se sostiene en el interés que reportan sus contactos y actividades, superando cada partícipe las diferencias que pueda tener con otros en razón del grado de satisfacción que le reporta el trato con quienes considera amigos.

En el grupo predominan los amigos de juergas, ya que los que se agregan lo hacen fundamentalmente por los fines corporativos que el grupo procura. La generalización con que se emplea en este contexto juergas refiere a diversión, entretenimiento, ocio... más que a vicio, aunque es cierto que el grupo admite toda la gama de fines lícitos e ilícitos, pues son colectivos libres y espontáneos de personas que reúnen los más variados caracteres e intereses que puedan darse en la sociedad. Esa afinidad hacia el ocio, que todas las personas sienten, es una de las causas más generalizadas de forja de amistad, pues el roce en la práctica de cualquier actividad social motiva una relación estable que, al menos, mantenga vivo un círculo mínimo de asistencia que haga posible la práctica del medio de juego, deporte o diversión; ello se da especialmente en actividades recreativas que exigen una concurrencia colectiva, como es el caso de los deportes de equipo, determinados juegos de mesa, organización de fiestas, talleres culturales, etc., que tanto más unen a aquellos concurrentes cuando participan en una coordinación o trabajo común para los montajes materiales que las hacen posible.

Una amistad de grupo singular se sigue del ejercicio colectivo de asistencia a gente necesitadas o a la difusión genérica de valores de solidaridad. Ya la semejante disposición personal a esas labores significa una proximidad intelectual que induce una buena relación, la que fácilmente se convierte en amistad duradera cuando se comparte durante tiempo actividades en común. En esos casos, al priorizar la función del grupo como el medio catalizador para conseguir realizarse personalmente en esa orientación, la amistad grupal que facilita el entendimiento adquiere un valor de efectividad trascendente que no reúne la anteriormente descrita concurrencia para el ocio, pues en esta última la actividad a realizar no supera el fin del entretenimiento, cuando la de solidaridad se presenta como una aplicación de la responsabilidad ética; del ocio se puede prescindir sin agravar a la conciencia, mientras que a un grupo de cooperación humanitaria se acude como un requerimiento moral de la propia sensibilidad.

La amistad en el grupo con frecuencia posee una perceptiva temporal: porque su actividad se desarrolle en periodos determinados del año, como la confluencia por vacaciones; porque el fin que une tenga una proyección de tiempo determinada, como la participación en un taller de aprendizaje; o porque la residencia que facilita la integración al grupo esté vinculada a un desplazamiento acotado en el tiempo. La separación del grupo cuando las circunstancias lo exigen no importa para que quede la vinculación en la memoria por tiempo indefinido de las relaciones de amistad formadas, pero, aparte de las amistades particulares que se puedan haber forjado, las demás permanecen como un hecho pretérito de una etapa de vida consumada.
 

VI.- La excelencia en la amistad.

La excelencia en la amistad se vincula con aquellos compromisos de convivencia que se proyectan para toda la vida o una parte importante de ella. Independientemente del resultado, para plantearse convivir establemente se debería requerir el convencimiento objetivo personal de que ese proyecto sostiene las garantías mínimas de un buen fin. Un proyecto de convivencia requiere haber superado todos los pasos del itinerario de las relaciones personales: el simple conocimiento, la amistad y la amistad particular para desembocar en una amistad particular especial en la que los sentimientos y voluntades de la pareja se coordinan para hacer de la convivencia un medio eficaz de mutuo apoyo a la respectiva personalidad.

Cuando se alcanza la configuración relacional de pareja en la sociedad moderna, implicada de mutuo consentimiento, sus partícipes llegan a ello guiados por las sensaciones causadas por la mutua atracción corporal, pues ellas solas bastan para satisfacer los sentimientos primarios de un referente de complementación emocional, constituyendo la fase inicial de una relación sentimental. El trato habitual que sigue a la incipiente relación de pareja sirve de indicador sobre si el efecto sensitivo de la mutua seducción física se refuerza cuando se perciben las condiciones del carácter que definen los rasgos esenciales de la forma de ser de cada persona, los que hacen confortable un trato continuo por el que progresivamente se comparten las realidades particulares uno con el otro; con lo que se alcanza un grado de amistad particular consolidado que abre la perspectiva de una posible convivencia estable.

Lo que permite a una relación de amistad particular alcanzar el grado de excelencia no es la mera perspectiva de estabilidad de la vida en común, sino la configuración respectiva de la personalidad para facilitar esa voluntad de las partes. El esfuerzo por modular el propio carácter a las determinaciones de compatibilidad con las actitudes de la pareja, el interés por conocer en profundidad los sentimientos de propia estima del otro, el refuerzo de las debilidades mutuas que se pueda ofrecer, la ayuda material a perfeccionar los hábitos operativos, el afán por que primen en la relación la lógica y el sentido común... imponen a la personalidad de cada uno de los miembros flexibilizar las conjeturas que el propio carácter genera para, antes de decidir, observar las valoraciones del compañero. Es ese hábito de tolerancia a radicar en la propia manera de ser el que habilita que una relación de amistad particular favorezca la vida en común. En la medida que los intereses y preocupaciones de ambos en la pareja son también asumidos como propios por los dos, la relación de amistad particular profundiza en sus raíces hasta la calificación de excelente, que para muchos es un objetivo encomiable y para otros tantos una utopía, pues hay quien sostiene que el trato y el tiempo invariablemente deterioran el idealismo de mutua correspondencia con que creció la amistad inicial. Es obvio que las dificultades de la convivencia sólo surgen cuando se convive, y que las mismas apuntan a un realismo que expresa las diferencias personales en la concepción de la vida que se mantienen aun en los casos de acrisolada armonía y amistad, lo que demuestra que esas condiciones no son regaladas, sino que además de la fortuna del entendimiento mutuo es preciso trabajar cada parte lo que de por sí aporta a la estabilidad del proyecto común.

Toda amistad supone un componente intrínseco de respeto del uno para el otro, cuyo más simple indicador es el reconocimiento de cierta concomitancia en la forma de entender la vida entre la diversidad real que existente entre las personas, las que por su libertad incluso varían de pensamiento con el paso del tiempo, de acuerdo a las diversidad de intuiciones que inciden en el conocimiento y razón. El respeto entre las personas no debe menospreciarse a causa de la confianza, pues su naturaleza radica en aceptar que el otro tiene igual derecho a opinar que uno mismo, y si existe la discrepancia es porque cada parte sigue a la lógica con que juzga su razón; ello no implica que se puedan debatir los pros y contras de cada cual, porque la amistad debe tender a convencer antes que a vencer. Una amistad excelsa debe basarse en una plena confianza del uno para el otro, producto de la sinceridad que advierte desde el inicio del trato los puntos de encuentro y las diferencias en la forma y manera de ser que originan las contradicciones a conllevar dentro de la vida en pareja.

Cuando una amistad fructifica en un proyecto de familia, aparecen implicaciones que pueden afectar trascendentalmente a la vida, porque se adquieren responsabilidades a administrar en común, especialmente en lo que atañe a la crianza y educación de los hijos, que por tener causa común en ambos consortes les conciernen por completo e igual en atender. Cuando el efecto de un acto no repercute sobre uno mismo, sino sobre la persona del hijo, se debe priorizar, sobre el interés personal, que sea efectuado como cuando llegue a mayor hubiere deseado haber sido tratado y educado; lo que, por coherencia entre lo que cada padre aporta a esa formación, exige un concierto de actitudes en la pareja que muy posiblemente no se alcanza si no se ha fraguado entre ambos previamente esa amistad excelsa que ama, respeta y tolera.

La excelencia en la amistad no es patrimonio exclusivo de la pareja con objetivos familiares, sino que también se genera cuando entre dos o más personas se confía a la amistad la consecución de un proyecto trascendente para la vida personal de quienes se juntan. Piénsense en los grupos de gente que buscan como modo de realización en la vida formas estables asimilables a la comuna, como pueden ser: tradicionales grupos tribales, comités asistenciales, comunidades religiosas, convictorios educativos... pero también colaboraciones íntimas como socios mercantiles, unidades científicas, grupos artísticos, secciones de combate... y similares en los que los componentes, por la corresponsabilidad del fin, se exigen tal compenetración que no es posible alcanzarla sin la puesta en común de una mutua confianza plena, al menos en lo que incumbe a los objetivos a alcanzar. Quizá la característica que rija esa amistad excelsa sea la perspectiva duradera de la vida en común, muchas veces concebida de por vida, que requiere condiciones de respeto, trasparencia y lealtad cuya práctica en el dominio de la propia personalidad sea muy superior a la exigida por los esposos en el matrimonio.

Que sea el fin el que mueve a la excelencia en la amistad no impide que la conducta y los valores de las personas que la sostienen influyan decisivamente sobre su realización. La homogeneidad de interés sobre el propósito de los amigos que lo comparten facilita que crezca con esa característica de excelencia, pues si existiera un gran desequilibrio entre el interés y la acción con la que uno sostiene esa amistad respecto a la concepción del otro, que no correspondiera con la atención debida al compromiso implícito de reciprocidad, lo normal es que incluso el hábito de servicio del más persuadido en el empeño por razón del fin flaquee progresivamente al observar el desamor de la otra persona, no tanto por lo que sobre él recayera de falta de correspondencia, sino por lo arduo de alcanzar el fin sin la mutua complicidad; aunque si, como es lo habitual, en cada una de las conciencias de los sujetos antes tan unidos permaneciera la responsabilidad del efectivo logro de los fines comprometidos en amistad, cada parte se esforzará a lograrlo en lo que la corresponda, comprometiendo lo mejor de sí, a pesar de la distancia emocional que pueda marcar las diferencias surgidas entre los mismos.
 

VII.- Amistad insana.

Aunque la amistad es siempre beneficiosa para la salud mental, cuando las relaciones que la sostiene no persiguen un fin lícito pueden generar el efecto contrario.

Las amistades que se crean para el interés particular de algunas de las personas que las promueven, o incluso para el mutuo provecho de todos los integrantes en un grupo, pero que trastocan el bien común son mucho más frecuentes de lo que pudiera parecer; basta con considerar las grandes amistades que proceden de vínculos en asociaciones secretas y sectas, de la corrupción de los partidos políticos, el deporte, el juego, las finanzas... e incluso la cultura. Prácticamente en casi todos los entornos sociales existen grupos de personas que se acoplan para alcanzar beneficios de modo indebido, entendiendo por tal todo el que perturba el bien común de la sociedad. Unas veces esos grupos transgreden las leyes; otras, se anticipan a actuar aprovechando las lagunas legales que protegen su impunidad; también los hay que retan abiertamente con su poder a la justicia; en cualquier caso, su estructura se caracteriza por relaciones interpersonales que, más o menos jerarquizadas, facilitan, independientemente de los objetivos que al integrarse pretendan sus partícipes, un contacto humano que, como cualquier otro semejante, favorece la creación de lazos de amistad.

La característica común de la amistad causada por quienes comparten un fin ilícito se encuentra en que los integrantes buscan un beneficio mutuo a lograr con la acción concertada; lo que no impide que paralelamente pueda generar afectos legítimos de prosperidad y bienestar. Precisamente esa confianza total que a veces exige la trama delictiva integra el contenido de franqueza que requiere toda amistad; y, cuanto más perdura la relación y los fines más impunemente se alcanzan, ello permite consolidar una amistad que, no obstante sus valores, se mantiene ensombrecida en muchos aspectos por la contradicción de su contenido respecto a vertientes más auténticas de la vida social que se practica.

La insalubridad de la amistad generada desde fines espurios genera, como toda amistad, las satisfacciones mentales propias de todo del afecto dado y recibido; no obstante, la dependencia de la relación al mal fin, y sus posibles negativas consecuencias producen frecuentemente inseguridad respecto al comportamiento a recibir por el amigo en caso de frustración de las perspectivas a lograr. Cuando se constata la evidencia de la tendencia a vivir de la trampa, aunque uno mismo lo practique, la confianza a depositar en las personas afines es siempre relativa, pues, al no existir la componente de un concienciación ética que regule la voluntad, todo el bien que se puede esperar dar y recibir se va a relativizar en dependencia del entorno que lo favorezca o no. Quien es sabedor de que él mismo rompería un compromiso de amistad si las circunstancias lo propician, o de que faltaría a la fidelidad al amigo si ello le produjera conveniente provecho, o que sostiene la amistad sobre engaños respecto a su auténtica personalidad... lo más lógico es que su mente conceptúe que a quienes le unen formas de ser similares tengan respecto a él maneras parecidas de consideración, resultando una relación que comparte tanta inseguridad como garantía, la que, por muy conveniente que sea, daña más que ayuda a la tranquilidad de conciencia.

Casi todas las culturas han prevenido sobre el endeudamiento de calidad para la personalidad que supone adherirse a grupos maliciosos, por más que de ello se pueda conseguir beneficio inmediato o prestigio y posición que lo avale, pues la afinidad creada con la pertenencia practicada induce a vicios difíciles de desarraigar, ya que, incluso desengañado de la utilidad moral de esas relaciones, rectificar la querencia de la mente supone una determinante voluntad, cuando no, además, el esfuerzo de restaurar la honra perdida conforme a la trascendencia social alcanzada por la mala conducta. De modo semejante a cómo las buenas amistades facilitan ser mejor, las nocivas inducen progresivamente a la relajación ética por la degradación del concepto de responsabilidad en la forma y manera de ser.
 

VIII.- Cuidar la amistad.

Con frecuencia la amistad surge sin una intención premeditada de la conciencia ni de la voluntad, sino como una consecuencia de los nexos a que tiende la sociabilidad humana. Una vez reconocida como tal por la conciencia, la amistad adquiere la consideración de valor, tanto por lo que mira hacia lo que da, como a lo que recibe, pues transmite realidad a una relación sentimental y útil de la que las personas que la disfrutan obtienen beneficios materiales y, sobre todo, anímicos.

Cuanto una persona posee de valor se esfuerza en conservarlo. Hay productos que su cuidado no precisa más que la custodia, la reparación de los desperfectos del uso y su limpieza; otros valores, como el conocimiento y la cultura, su dinámica exige incrementarlos para satisfacer la curiosidad y el ansia de saber; la solidaridad, por ejemplo, está vinculada a la actividad que le concede realidad; la fraternidad se mide por la ayuda que se presta a los hermanos; etc. La amistad, una vez constituida como relación interpersonal, como valor en sí no precisa necesariamente su incremento, pues la misma se ajusta a la capacidad sensible que cada persona posee. Se pueden tener más amigos, se pueden establecer amistades particulares, pero cada relación pivotará en los márgenes de los sentimientos personales para reconocer los intercambios afectivos posibles con el modo de ser de cualquier otro. Así, aunque la pasión afectiva supera a la voluntad en la selección de las amistades, una vez establecidas estas corresponde al intelecto y la voluntad cuidarlas para que no desvanezcan.

A la voluntad se le adjudica la configuración de los hábitos mediante la tenacidad y la constancia, y aunque la amistad sea mucho más que un hábito, su atención requiere la perspicacia del cuidado del trato en cuanto a su calidad y magnitud y la predisposición al servicio para satisfacer las necesidades del amigo. La voluntad decide la resolución para pasar de la intención al acto en todo lo que atañe a las acciones que favorecen la realización de la amistad. Igual que exige rigor el cuidado y el progreso personal de sí mismo, y en mucho se logra por la arraigada disposición a servirse eficazmente aunque cueste, cuando al amigo se le considera tanto como a sí, la diligencia para comunicarle perfecciones no exige menos esfuerzo; cuanto más se mentalice esa aptitud a la ayuda se hará más habitual la mutua recompensa por el intercambio de prestaciones y parabienes.

Como casi toda relación social, la amistad supone empeñar algo de libertad personal por el compromiso moral que se adquiere de correspondencia con el amigo. Cierto es que la relación se establece desde la libertad, a lo sumo condicionada por los sentimientos, pero es realmente en su continuidad en el tiempo donde se sostiene como un acto voluntario de realización personal, lo que no impide que con frecuencia incida contra la consideración de la propia manera de ser, al tener que consensuar decisiones comunes sobre el modo de actuar cuando se planifican actuaciones conjuntas con amigos. La buena amistad considera con gusto la preferencia ajena, como parte de la satisfacción a ofrecer al otro, pero no deja de percibirse una cesión de libertad, aunque se considere suficientemente justificada. No obstante, favorecer la amistad requiere que la relación mantenga un equilibrio entre la entrega mutua para que no se imponga habitualmente la opinión o el interés de una de las partes, ya que ello propiciaría la percepción por las restantes de estar sometidos a cierta condición de dominio, algo que traspasa la predisposición a ceder soberanía por amistad. Quien no cuida en la amistad en ser el que tanto cede, corre el riesgo de no calibrar los límites autoritarios que introduce en la relación con su comportamiento y, no apreciando la repercusión sobre los demás, puede perder las amistades, que paulatinamente se van alejando sin que tenga que haber surgido una pronunciada controversia.

El respeto a la forma de pensar de los amigos, sobre todo en materias de ideologías, religión, filosofía de vida, fobias, etc., es uno de los factores más determinantes para la consolidación de la amistad. Precisamente por la proximidad y profundidad que establece la amistad entre las conciencias de las personas, surgirá entre quienes más se tratan el contraste de opiniones y pareceres sobre la mayor parte de los temas de interés, tanto de la actualidad como del genérico pensamiento social, y muy especialmente de aquellas cuestiones que puedan afectarles directamente sobre su modo de vida. La contención y la mesura en el contraste de opiniones se objetiva en no imponer criterio más allá del ámbito de manifestar la propia posición, respetando la libertad de los demás a disentir, aunque se aporte razonada justificación sobre la misma, la que puede ser irrebatible desde las premisas que dirigen el propio pensamiento, pero no desde principios de diversa forma de pensar.

Las amistades más duraderas a veces son las que requieren más atención para su protección, porque a pesar de que el contacto continuado en los años ha permitido asumir un conocimiento mutuo suficientemente fundado, no por ello desaparecen de la percepción los defectos ajenos, especialmente los que atañen a la relación en sí, que cuando no manifiestan, al menos, un intento de superación se configuran como una referencia de la vulnerabilidad de la amistad. Ese esfuerzo de mejora de lo que en cada uno puede dañar la relación no es baladí, porque el empeño por perfeccionarse uno mismo es de lo más retributivo para el amigo, quizá más que el interés por prestarle una ayuda o perfección.
 

IX.- Maternidad, paternidad y amistad.

La recomendación cultural contemporánea a las madres y los padres para que se hagan amigos de sus hijas e hijos en favor de una fluida comunicación no puede ocultar que esas relaciones de paternidad entrañan responsabilidades distintas a las de mutua amistad; por ello, será buena esa confianza siempre y cuando no comporte una relajación de la autoridad que debe informar la eficaz función educativa de los padres.

Posiblemente esa recomendación de amistad entre padres e hijos podría expresarse mejor en que la calidad de sus relaciones no estén afectadas por tendencias de dominio, como en muchas culturas lo fue y lo es, sino que siempre estén formalizadas como relaciones de servicio. Por una parte, la histórica autoritaria posición de dominio de los padres respecto a los hijos en muchos casos es consecuencia de la interpretación de considerar a los hijos como objetos de patrimonio, en razón de su libre concepción y los desvelos inherentes a su crianza; y por otra, cierta presunción de los padres a perpetuarse en la vida de los hijos esgrimiendo el derecho a configurar la forma y manera de ser de ellos a la identidad parental. Superar las huellas de esas antiguas concepciones es lo que induce a tratar las relaciones paterno-filiares en el ámbito de la libertad propia de las relaciones entre seres independientes, aunque, como es evidente, la dependencia de los hijos a los padres es una realidad que se prolonga prácticamente hasta la mayoría de edad de aquellos.

Las relaciones de servicio de los padres para con los hijos fundamentalmente deben estar sustentadas en la responsabilidad de prepararles para la vida futura mediante una paulatina cesión de libertad en consonancia al desarrollo del buen uso de la razón. De más pequeños a más mayores los padres deben planificar cómo efectuar el traspaso tutelado de la responsabilidad sobre la actuación de los hijos: Mientras de chicos se trata de inculcarles, a través de la continua reiteración y corrección, formas ejemplares de comportamiento y acción; desde que esboza la adolescencia la responsabilidad pasa por informarles respecto a los procesos razonables para la toma de decisiones personales; en ese itinerario de paso de la protección activa a la protección pasiva, exigida por la toma de conciencia de la libertad en el menor, es cuando adquiere valor que la relación paterno-filial se asemeje en lo que conviene a una relación de confianza y amistad que permita, desde la franqueza, acompañar y fortalecer la comunicación entre padres e hijos, de modo que el medio pase del ordenar al convencer, aunque siempre restará un espacio de autoridad, hasta la mayoría de edad, donde esa amistad creada pondere la prioridad de la experiencia del padre y la madre en las decisiones que afectan al entramado familiar.

Esa confianza mutua de amigos entre padres e hijos parece que surge de modo natural, pues de hecho se da el trato continuado de años que la facilita, pero, como toda relación de amistad, no es la proximidad del trato la que define su intensidad, sino la voluntad personal del padre y la madre, respectivamente por un lado, y la de cada hijo, por otro, respecto a cada uno de sus progenitores; voluntad que se sigue de los propios sentimientos de satisfacción en la mutua relación y de que los respectivos comportamientos durante esos años de convivencia no hayan defraudado las expectativas de valor que con los años los hijos van adquiriendo, a cuyos criterios personales confían sus relaciones de amistad.

Aunque a veces sea complicado de admitir, la amistad entre cada padre o madre con cada uno de sus hijos es independiente y distinta de todas las demás. Ello puede generar tensiones de celo entre la pareja, entre los hermanos, y entre padres e hijos, pero aunque a veces se esgrime la necesidad de que en el seno de la familia no existan amistades particulares, la realidad es que sí se dan ese tipo de particularidades paterno-filiares que en algo se distinguen del trato normal de todos con todos en la familia. Para un padre o una madre la amistad con sus hijos reviste caracteres distintos a las demás que puedan contraer; del mismo modo las relaciones de amistad de un hijo con su padre o madre revisten peculiaridades que no tienen las que se mantienen con los colegas amigos. Un medio de evitar conflictos interfamiliares que puedan surgir es deslindar de las complicidades amistosas lo que corresponde al orden general del funcionamiento familiar.

Cualquiera que sea la relación de amistad que se forje entre miembros de una misma familia, su consolidación exige respeto a la libertad personal de cada miembro, tanto en lo que pueda atañer a la forma y manera de vivir los hijos, afectados de la renovación generacional, como de las costumbres arraigadas en los padres que los hijos no tienen derecho a exigir que evolucionen conforme a su forma de pensar. Mantener esa perspectiva mental de la diferencia generacional facilita mucho que no se quiebren los afectos por la consideración de que uno no es considerado como realmente es, sino como al otro le gustaría que fuese.

Cuando los hijos alcanzan la madurez, las relaciones de amistad con los padres evolucionan a las propias de la consideración debida a quien se ha ganado el respeto de los hijos. Como aparecen nuevos factores, tanto en la posición social de los padres como de los hijos, esas relaciones desembocan en el recíproco interés por la estabilidad física y mental, más que la sentimental, pues los hijos con el tiempo adquieren otras vinculaciones que inevitablemente comportan emociones más propias de compartir con quienes con los años se van situado más próximos que los padres. A veces, el hecho de mantener tras la mayoría de edad una relación de amistad particular con los padres supone un índice de inmadurez que perturba el desarrollo natural de las responsabilidades adquiridas con el decurso de la vida.
 

X.- Amistad profesional.

Como a la dedicación profesional se dedica una buena parte de la vida, es lógico que las relaciones entre unos y otros trabajadores generen lazos de amistad. El trato que facilita el conocimiento mutuo brota sin dificultad en la rutina del trabajo al compartir, en algunos casos, obligaciones en departamentos, talleres, almacenes, aulas, brigadas, etc., y en otros, por la relación comercial que une a proveedores, agentes, vendedores y clientes. Cuanto más constante e intensa es la relación que proporciona la actividad laboral, mayor posibilidad existe que del conocimiento mutuo fructifique una amistad.

Si bien una actitud para las amistades profundas es la disposición para abordar proyectos estables en común, el hecho de converger laboralmente en un programa, plan o tarea a desarrollar hace que, cuánto más se precise la coordinación entre trabajadores y más dependan los objetivos de producción del esfuerzo común, mayor será la implicación en mutua asistencia y comprensión para alcanzar las metas deseadas, componentes que junto con el trato son los que forjan las relaciones de amistad. Si la amistad consiste en tomar como propios los anhelos de los demás, las actividades que favorecen el apoyo mutuo para lograr el fin, como el trabajo cuando existe auténtico compañerismo, contienen en sí mismas la potencia de causar efectos similares a los que produce la amistad, lo que, aunque de modo inverso, justifica que la empatía de lograr el beneficio laboral común sea causa del efecto de la naciente amistad.

Cuando se llegan a establecer vínculos de auténtica amistad entre compañeros de trabajo, ello no estorba que cada uno procure su propia promoción profesional, aun en el caso que la competencia por la mejora afecte a los compañeros y amigos, porque, si de verdad existe esa calidad de trato entre ellos, se alegrarán de los éxitos de los demás siempre que no supongan una clara injusticia de favoritismo, pues en esos casos no es extraño que se resienta la mutua confianza, por más que el beneficiado se exculpe aduciendo ser arbitrariamente minusvalorado por envidia. Igual sucede respecto a la diferencia de criterio que los distintos sindicatos de un centro de trabajo pueden ofrecer a sus trabajadores; se pondría pensar que esa diversidad automáticamente divide a los profesionales agrupándolos respectivamente según afinidades de filiación, pero generalmente, salvo para los trabajadores con ideología excesivamente intolerante, es la amistad surgida con el trato la que facilita el respeto y la comprensión entre compañeros de los distintos enfoques posibles para la resolución de los conflictos laborales. En la medida que un trabajador considera la repercusión de una circunstancia sobre todo el colectivo, y no sólo según el propio interés, está implícitamente actuando según rasgos esenciales del valor de la amistad, aunque sea de una forma abstracta que no implica expresas formas de relación bipersonales de afecto o aprecio, sino solidaridad.

Una de las prevenciones a introducir en las relaciones de amistad en el trabajo es la de que no perturben la finalidad productiva de la actividad laboral. Como todo tipo de relaciones sociales, las relaciones laborales deben constituirse como relaciones de servicio, y ello afecta al universo del trabajo, sea desde una perspectiva de dirección, producción, empleado, trabajador autónomo... e incluso de trabajo no remunerado que se pueda realizar de forma paralela a la actividad profesional o tras la jubilación. Ese sentido de servicio se refiere principalmente al fin de utilidad social que debe inspirar el esfuerzo laboral empeñado. No reúne una buena condición de servicio el trabajo deficientemente ejecutado, ni el que es injusto en la retribución salarial o en el reconocimiento profesional de quien lo ejerce. Todas esas condiciones de servicio que debe reunir el trabajo no deben ser alteradas porque a causa de la amistad, de alguna manera, se introduzcan intereses de dominio. Cuando aparece complicidad en la selección o promoción de personal, en la transigencia en la merma de la calidad practicada, en la denigración xenófoba, en el abuso de autoridad, en la sisa de material, en la falta de puntualidad, etc. debida a la tolerancia creada por razones de amistad, se vulneran, más o menos directa o indirectamente, derechos personales de terceros y a toda la sociedad el respeto debido al bien común. Es cierto que la tolerancia moral en la reprobación del defecto no afecta a la responsabilidad adquirida por la amistad; aunque, si la esencia de ésta reconoce el compromiso de favorecer la perfección del amigo y cooperar a su ética personal, cuando se produce un exceso de disculpa y comprensión para el desacierto del amigo se está más próximo a causarle daño que favor.
 

XI.- Disolución de la amistad.

En concordancia a que la amistad es una relación establecida y mantenida por la libre voluntad de las personas, esos vínculos también pueden disolverse sin mayor responsabilidad que los posibles compromisos legítimos que se hubieran acordado entre las partes. Frecuentemente, tras que los lazos de amistad se rompan, es muy probable que perdure la memoria de lo positivo y lo negativo que produjo esa relación, pues el ser humano no puede deshacerse fácilmente de la afectación de la mente por los sentimientos.

La disolución de la amistad puede producirse:

Posiblemente, cada quiebra de una relación de amistad funde componentes de cada una de las razones indicadas anteriormente y otras más especificas de cada situación particular. Realmente ello no es más que la negación o perversión de las buenas disposiciones para practicar la amistad que se han desarrollado en los capítulos precedentes, pues, al fin y al cabo, son las mismas mentes las que deciden relacionarse y liberarse en razón de las variantes percepciones de los sentidos e intuiciones de la conciencia sobre el beneficio y provecho material y espiritual de esa relación; siendo factible incluso que se dé que una parte decide poner fin a todo nexo en aras de preservar exclusivamente un interés para la otra persona.

Aunque la relajación o la ruptura de una amistad implique la decadencia o los últimos pasos de una relación, no por ello supone que no deba responder a la conformación ética de la personalidad, la que siempre ha de seguir el criterio de hacer el bien y evitar el mal. Liquidar una amistad debe realizarse en la forma que cause menos trauma a las partes, y en ningún caso, aunque alguien se sienta traicionado, se debería querer el mal para el otro, porque ello nunca redunda en beneficio para nadie, sino sólo para colmar la sed de envidia o venganza que pueda aparecer en los sentimientos personales.

Considerar que la amistad no es un derecho, sino una consecuencia de la apertura a la comunicación en la vida, debería inducir a calibrar en qué parte uno mismo puede estar en la causa del fracaso de las sucesivas amistades que se hayan podido contraer y perder en la vida. Quien pretende constituirse en el centro de atención de su entorno social, puede ser que en un principio reúna muchas amistades, pero conservarlas depende de la empatía establecida con esas personas, de la tolerancia a las diferencias y de la sensibilidad para hacer suyas las inquietudes ajenas. El hecho de poseer una admirable personalidad no crea derecho a la amistad, aunque se pueda pensar que quien la posee da más de lo que recibe a los demás, y que ello supone un activo que los demás deberían querer obtener. Sentirse deseado facilita más la envidia que la amistad, y ello genera continuos desengaños en las relaciones de amistad, ya que en sí la envidia es una posición pasiva de dominio que incita a superarse hasta igualarse al ser envidiado como objeto de ambición y no de nobles sentimientos, por lo que la relación que se pueda formalizar adolecerá de la permanente contradicción entre la vanidad de quien se cree inaccesible y la del que lo juzga alcanzado.

No en vano se considera que el remedio al vacío que puede dejar una amistad entrañable se repara prontamente con otra nueva; la dificultad que ello implica es que la plena satisfacción por ello sólo se encuentra cuando la calidad de la nueva relación supera la anterior en todos sus aspectos, o al menos en tan gran proporción que ayuda a borrar de la mente la sensibilidad por lo vivido con anterioridad. Esta pretensión se hace más difícil cuanto más tiempo duró la vencida y cuanto menos posibilidades hay para encontrar otra que la sustituya. Si se considerara la realidad que cada uno comporta respecto a esta restricción, quizá se sería más tolerante y menos aventurado a cambiar.
 
 

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