Etapas del deber

JORGE BOTELLA

Sumario:

Introducción.

Primera etapa: Instrucción.

Segunda etapa: Reproducción. Tercera etapa: Utilidad social. Cuarta etapa: Contemplación.


Introducción.

El deber puede considerarse desde distintas referencias en el lenguaje: como cuando se alude al cumplimiento de una imposición de la ley positiva, del dictado de un compromiso moral o por la obligatoriedad de respetar preceptos sociales. Este ensayo, aun considerando cómo todas las implicaciones de cualquier determinación coercitiva influye sobre el deber personal, se dirige a la consideración del deber de conciencia, el que vincula en cada individuo el qué hacer con el objetivo de realización personal.

Ese deber de conciencia puede atañer a la persona según condiciones objetivas derivadas de su naturaleza material, como son empeñar el esfuerzo para lograr la manutención, el abrigo que garantice guarecerse para la supervivencia o la procreación para el sostenimiento de la especie; otras, más subjetivas, responden a la naturaleza espiritual del ser humano, como los deberes derivados de la interrelación cultural de la vida social o la relación trascendente con Dios.

La responsabilidad derivada de la percepción de los efectos causados por el libre obrar de cada persona proviene de su capacidad de conocer que conoce, o sea, que la reflexión mental sobre sus actos le permite evaluar éticamente los mismos en función del contenido de bien o mal repercutido sobre sí mismo, sobre otras personas o sobre la materia de la naturaleza en la que se desarrolla. Ese conocimiento acumulado por la experiencia de los efectos positivos o nocivos, tanto de las propias acciones como del análisis del actuar otros congéneres, influye en la formación del imaginario del deber, donde la intuición intelectual proyecta los soportes esenciales de una existencia gratificante.

El deber en sí no se constituye como agente del obrar, que siempre sigue el dictado de la voluntad, sino que se configura como una categorización intelectual en la estructura del sistema racional de los seres humanos. El deber, que nunca sigue al capricho, como lo hace con frecuencia la voluntad, se puede considerar como la selección de aquellos ideales pertinentes para construir un proyecto de vida, una guía, al tiempo espiritual y pragmática, para alcanzar los objetivos existenciales que ofrecen tanto la naturaleza material como la inteligencia creativa del ser humano. Desde esta perspectiva, la idealización del deber se configuraría como causa instrumental para alcanzar fines programáticos en la conciencia de las personas.

Algunos de los deberes de conciencia son comunes al universo de personas, de igual manera que en las especies animales se considera como instinto el comportamiento subsiguiente al conocimiento sensible derivado de la percepción de la realidad próxima del mundo exterior; piénsese cómo los mamíferos acuden a la ubre de la madre, como las aves aprenden a construir nidos o a cazar presas para su alimentación; no obstante los humanos caracterizan su deber asumiéndolo en función del paulatino desarrollo de las intuiciones específicas de su intelecto, lo que comúnmente se considera que hacen a partir de la edad en que se manifiesta de modo práctico el uso de la razón. Precisamente esa similitud en los deberes de conciencia troncales son los que permiten establecer etapas en la linealidad de la vida como referencias de qué objetivos la psicología humana prioriza como esenciales para cada etapa de la vida.

Una posibilidad de remarcar los deberes fundamentales del ser humano a lo largo de su vida puede concebirse desde la determinación de cuál de ellos es el predominante en cada etapa de edad. Para este trabajo se considera la siguiente especificación:

Es evidente que los periodos de vida acotados lo son sólo como un marcador referencial, pues es claro que, tanto diacrónica como sincrónicamente, las edades aplicables se ajustan a las variaciones que se dan a lo largo de la historia y en cada época de la misma a la diversidad de costumbres y maneras de ser de las distintas razas y colectivos sociales. Por ejemplo, la edad propicia para el matrimonio varía mucho de unas regiones a otra, lo que marca de modo objetivo el periodo de vida en el que el deber de la reproducción se impone. También la edad para la jubilación y el retiro depende mucho de la esperanza de vida y de las condiciones que el trabajo ha supuesto para la pervivencia de las capacidades vitales durante cada época de la historia. En cualquier caso, se trata de considerar cómo la naturaleza y la cultura impelen a la conciencia a generalizar una secuencia sucesiva de los prioritarios deberes en cada etapa.

Se puede argumentar contra esta tesis que la concurrencia de deberes en la conciencia humana es múltiple en cada periodo de vida, como que la etapa de la reproducción coincide con la de iniciación laboral, y por tanto si es una la que determina a la otra, o viceversa; por ello cabe remarcar que se ha privilegiado en esta división la trascendencia de responsabilidad que un deber comporta sobre los restantes en cuanto a la relevancia respecto a la realización humana que supone, si bien es cierto que caben otras formas de conferirlo. El desarrollo de este breve ensayo intentará justificar el porqué de la prioridad del deber contemplado en cada etapa y la razón del mismo.

Evidentemente la voluntad humana para el cumplimiento del deber está influenciada por las condiciones sociales que facilitan o dificultan la gestión personal de las intenciones de cada conciencia; por ello la responsabilidad de toda persona se proyecta también en su influencia sobre el colectivo social al que pertenece. En la medida que la estructura del sistema político hace viable el esfuerzo individual por responder con eficacia y libertad sobre las determinaciones del deber de conciencia facilitará la expectativa de realización personal, la que es trascendental para la generación de las intuiciones mentales que reconocen la competencia de los deberes de conciencia. No cabe duda que los sistemas dogmáticos, en los que prevalece cualquier significación del poder de dominio sobre el mutuo servicio, también impone deberes a la parte subyugada, y con más conminación, pero en ellos el deber exigido, psíquica o físicamente, induce a obrar con frecuencia de forma opuesta a cómo se realizaría en un régimen de libertad.
 

Primera etapa: Instrucción.

Abandonar el seno materno constituye una de las mayores aventuras para el ser humano, pues supone la apertura de la mente a la recepción de cuanto ocurre en el mundo exterior. Los sentidos comienzan a ejercer su función transmitiendo e imprimiendo en el cerebro las realidades percibidas mediante el sonido, los colores, las figuras, los olores, el tacto, el sabor. La memoria comienza a archivar contenidos y la mente a relacionar unas percepciones con otras en lo que es el germen de las ideas. A partir del nacimiento la principal ocupación de la persona se concreta en alimentarse, dormir y aprender; y si las dos primeras sostienen la fisiología de su cuerpo, la instrucción es necesaria para el desarrollo de las potencias cognitivas que irán configurando el acervo intelectual, la creatividad y la conciencia.

Percepción es el reflejo pasivo de las cualidades identificativas de la materia. Es innata y supone la transmisión desde cualquier objeto hasta el cerebro del sujeto de una señal externa que éste almacena como signo comunicativo de una realidad fuera de sí. La percepción es la más elemental forma de comunicación, la que va a constituir el medio fundamental de la vida social. Toda comunicación parte de un emisor, pasa por un medio transmisor y alcanza a un receptor; así conceptuada, la transmisión activa parte del universo circundante hacia la mente, pero desde la perspectiva del aprendizaje la percepción se hace pertinente en función de la respuesta computacional del receptor; considérese cómo de los múltiples datos que se ofrecen a la vista en cada acto de visión sólo trascienden para el receptor aquellos concretos que fijan su atención.

Durante la primera infancia --hasta la capacitación para elaborar juicios racionales-- las actitudes predominantes para aprender se desarrollan espontáneamente, destacando entre ellas la  imitación y la reiteración. La tendencia a imitar lo que hacen los demás, sean padres, hermanos, abuelos, maestros o compañeros de jardín de infancia, es generalizada entre los más pequeños, limitada, según la complejidad, por las aptitudes que va desarrollando con la edad. La reiteración es una tendencia natural para reconocer un dominio adquirido sobre algo; piénsese como los pequeños parecen incansables en entretenerse con un juego y cómo, por ejemplo, tienen tendencia a esconderse en un mismo sitio para que no les encuentren.

Otra característica que presenta el modo de aprender de los niños en su primera edad es la de recurrir al gusto como sentido de referencia para cada cosa que cae en sus manos. Esa tendencia a chupar es propia de las personas humanas frente a otras especies animales que poseen un más desarrollado sentido del olfato, a falta de este igual niñas que niños prueban por su sabor y también, recurriendo al tacto, por la dureza o plasticidad de cada elemento lo que de nuevo llega a su dominio. Tendencia que exige la atención de sus cuidadores en el control de su curiosidad para que no ingieran confundidos lo que pueda perturbar su salud.

Jugar no es sino entretenerse y adiestrarse con modos adecuados para el desarrollo de las actitudes a desplegar por los menores. Es quizá el primer deber que se asume, de modo inducido por quienes tienen la responsabilidad de educar para incitar el aprendizaje más allá de la simple inercia de la percepción. Los juegos pueden ser individuales o sociales, y se adecuan a un paulatino incremento del potencial identificativo, coordinativo y creativo de la mente infantil.

No en vano alguien a prescrito que "sin juegos no hay futuro", ya que sin ellos la posibilidad de desarrollar las capacidades mentales infantiles queda muy mermada.

Jugar constituye uno de los alicientes infantiles que más coopera a la socialización de los menores; aunque en su primera etapa, como no podría ser de otra manera, se impone la tendencia natural a la referencia propia, de modo que todos los partícipes de los juegos quieren ser los principales actores, los ganadores, los que imponen sus gustos, sus caprichos, su instinto. Precisamente en la superación del individualismo por la satisfacción de gozar de compañía en los juegos se configura la convivencia social, en la que poco a poco el interés mutuo se sobrepone al capricho individual.

 La intuición supone la expresión del espíritu humano sobre la personalidad. Por la complejidad que supone la interpretación del doble influjo material y anímico sobre los actos, se hace difícil identificar la articulación entre las respuestas orgánicas y psíquicas que constituyen la autonomía del obrar humano. Ningún acto escapa de la computación cerebral y todo acto libre supera la respuesta obligada por la determinación física. Valga quizá la teoría de la doble articulación del conocimiento del ser humano: la primera --común con las demás especies animales-- como ideas elaboradas por la acumulación de imputaciones sensoriales; la segunda, como influjo de la intuición inmaterial creativa para, descomponiendo y analizando las partes constitutivas de los conceptos adquiridos en la fase anterior, elaborar abstracciones y combinaciones a partir de esos elementos para alcanzar fines que superan la realidad percibida. Obsérvese cómo el conocimiento humano supera al del resto de los seres vivos en que estos progresan en el conocimiento desde la imitación de los efectos perceptibles por los sentidos, mientras que el conocimiento humano progresa, además de por la imitación, desde la concepción mental de proyectos de transformación de los elementos naturales para darles fines adecuados a su conveniencia.

La ciencia y la tecnología alcanzadas por el ser humano son las que connotan esa forma más perfecta de conocer que supone la necesidad de transmitir de generación en generación la sabiduría adquirida, no sólo como recopilación del saber acumulado, sino como forma de distinguir y aplicar la intuición para seguir generando creatividad. Por ello la conciencia infantil, a partir de una determinada edad, pasa de identificar y catalogar conceptos memorísticos a potenciar la disposición de los enlaces neuronales para intuir los porqués de las relaciones que percibe en la naturaleza, en su entorno social, sobre su propio ser y en la multitud de experiencias que le aporta la creatividad tecnológica.

El paso del conocer sensible al conocer intelectual coincide con el tiempo en que al menor se le reconoce el uso de la razón, aun con su poca experiencia de vida, pues esa variación no se puede identificar sino como consecuencia de la propia manifestación personal del progreso en un modo de conocer que le facilita, entre otra muchas cosas, hacerse consciente del significado del deber. Empezar a comprender que existe una razón para obrar, necesidad de obedecer, la recompensa social del aprender... y que ello supone esfuerzo, disciplina y urbanidad es uno de los contenidos esenciales de la educación primaria para transmitir que el deber no deslegitima la libertad, sino que responsabiliza a la persona en los efectos de sus actos, desde niño a anciano.

Aprender a leer y escribir, a utilizar las reglas de la aritmética elemental, a comprender las nociones de las ciencias naturales y sociales... no es difícil de asumir por los menores, porque intuyen fácilmente la utilidad que su uso proporciona a los mayores que les protegen y cuidan; de modo que, desde que poseen uso de razón, lo lógico es que paulatinamente asuman la obligación de cumplir con sus deberes, aunque encuentren en ello menor placer que al jugar.

Abstracción puede definirse como el efecto de utilizar el verbo abstraer o abstraerse. Como recurso objetivo de la ciencia, por abstraer se entiende: "Separar por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción" (RAE). Conviene aclarar que la abstracción no es consecuencia de la preparación científica, sino una cualidad innata del pensamiento humano que se desarrolla a la par de la intuición para posibilitar los propósitos de la inteligencia creativa; lo que determina que en esa eficacia científica además de la capacidad de abstracción influyan la cantidad y certidumbre de los conceptos adquiridos.

La progresiva acumulación de experiencias cognitivas, más la instrucción recibida, se revela en la intensidad del interés del niño por saber, que según crece, cuando apunta la pubertad y la adolescencia, pasa del insistente  "¿por qué?" a buscar por sí mismo la respuesta a los interrogantes que acucian su mente. Ese signo de autonomía en la prospección intelectual es indicio del desarrollo del espíritu de independencia, que será una de las características más determinantes de la etapa juvenil, claro exponente de la definición de la personalidad.

El interés por saber despierta en la conciencia el deber de instruirse, bien a través de la oferta de enseñanza reglada que le ofrece la sociedad, como de la capacidad de aprender por sí mismo, mediante cualquier medio que favorezca satisfacer la curiosidad. Un acicate para ello, durante toda la edad escolar, es la continua evaluación que cada alumno posee del nivel de sus conocimientos respecto a sus compañeros, que abarca tanto las aptitudes personales y la cultura asimilada como el desparpajo para actuar en las relaciones sociales. Aunque el deber para el estudiante, desde la percepción externa, se valore en función del progreso en la asimilación de la instrucción recibida, en la conciencia personal también incumbe al deber el esfuerzo para superar la dicotomía entre las determinaciones del carácter y el ideal de personalidad anhelado de alcanzar.

El deber en la etapa educativa se configura como una disposición lineal de futuro, desde el cero conocimientos a la suficiente preparación para la independencia vital. Ello también comporta una carga emocional sobre la responsabilidad gestada conforme la conciencia decide sobre más aspectos de la existencia: aquellos que en la infancia son gobernados por los padres, en la adolescencia tutelados por los mismos, en la primera juventud concertados, para más tarde quedar reducida la influencia paterna a la necesaria financiación de los gastos de los hijos hasta su incorporación a la vida laboral.

La preparación profesional abarca desde el aprendizaje de las primeras palabras hasta la capacitación para el ejercicio de un oficio o profesión; no obstante, suele considerarse la misma como la etapa de la educación que sigue a cuando se elige una futura dedicación laboral.

Elegir el propio destino laboral es un derecho de cada persona, correspondiendo al mismo el deber de prepararse adecuadamente para ejercer la función elegida con eficacia para el colectivo social al que se pertenece. El ser humano concibió la especialización profesional como forma de mejorar la productividad, de modo que cada cual no deba atender materialmente a todas sus necesidades, sino producir en cantidad aquello para lo que está más cualificado, e intercambiar a posteriori, en el mercado con los demás, lo necesario para su supervivencia y disfrute. De esa especialización surgieron recolectores, artesanos, médicos, militares, navegantes, etc., todos ellos profesionales con el deber de prepararse concienzudamente para servir a los demás como de los demás cada uno desea ser beneficiado.

El deber incumbe a la propia consideración de las capacidades para elegir una profesión, opción que exige el rigor compartido entre el idealismo y el realismo, pues de la decisión que se vaya tomando en los años de juventud va a depender el ejercicio laboral ordinario de muchos años de existencia. Es cierto que queda toda una vida por delante para cambiar el destino laboral inicial, aunque en función de la especifidad de estudios que exija la preferencia elegida así será de dificultoso el rectificar. El idealismo puede conducir a engaño; por ejemplo, al considerar que las cualidades para el ejercicio de un deporte son suficientes para alcanzar con éxito vivir de ello; son miles los niños y jóvenes que aspiran a consagrarse como deportistas y pocos los que consiguen triunfar. El realismo en el deber de elección de profesión supone no sólo reconocer las cualidades personales, sino también considerar las circunstancias que puedan influir para que el proyecto profesional pueda llegar a buen fin. Por más que el progreso en los derechos sociales de la sociedad contemporánea facilite la igualdad de oportunidades de promoción profesional, la realidad es que en muchos entornos sociales siguen siendo la economía familiar la que determina el abanico de posibilidades de los hijos para encauzar su futuro; considerar todas esas coyunturas ayudan a objetivar las facilidades o dificultades de cada proyecto profesional.

Un buen médico es el que cura a los enfermos; un buen ingeniero el que sus estructuras son seguras; un buen pastor el que conoce y se preocupa por el ganado... y así se podía seguir ejemplificando que cualquier ejercicio profesional precisa de ciencia y técnica para su realización, parte importante de la cual se adquiere en la fase de estudio y práctica que facilita la pericia para lograr la efectividad en el intercambio de prestación de servicios en la comunidad en que se vive. Es deber del periodo de elección profesional discernir la capacidad personal para acceder a la profesión deseada, pues más vale rectificar a tiempo que comprometerse con una responsabilidad inasequible.
 

Segunda etapa: Reproducción.

En la naturaleza existen dos modos de ser diferentes: la de los seres vivos, que se reproducen, y la de las materias inertes, que se transforman. Las personas humanas, como cualquier otro ser vivo, tienen la facultad de reproducirse, potencia imprescindible para mantener la especie.

Si bien la necesidad de reproducción se constituye como un deber para perpetuar la especie, para cada individuo es una obligación relativa, pues como la génesis de la procreación permite engendrar múltiples hijos de cada relación afectiva, el que unas parejas tengan más de dos hijos equilibra la ausencia de descendencia de otras. Esto, que puede parecer incoherente respecto al orden natural sin la toma en consideración de su realidad intelectual, es consecuente con que la reproducción siga al ejercicio de la libertad: en los seres humanos la reproducción se constituye como un deber racional, no material, guiado por su creativa intuición.

El reconocimiento para la mujer y el hombre que su función reproductiva no concluye con al alumbramiento del hijo, sino que les atañe la responsabilidad de su crianza y educación durante un largo periodo de tiempo, hace que su conciencia sea quien deba asumir la decisión de ser padres de modo responsable, o sea, con plena consciencia del deber que ello implica. Es muy posible que en tiempos precedentes, cuando la repoblación podía considerarse una necesidad perentoria para la supervivencia del clan, el grupo social indujera a la necesaria reproducción de cada persona fértil, con el fin de contrarrestar la alta mortalidad que sostenía la incógnita del futuro de la comunidad.

La paternidad responsable incluye por tanto el deber de la reproducción como un acto sostenido en el tiempo necesario hasta que la prole alcance la mayoría de edad. Ello es consecuencia de la distinción entre paternidad y progenitura, pues esta afecta a la estructura  biológica capaz de engendrar, y la paternidad a la responsabilidad intelectual de sostener, ayudar y educar a la descendencia. Compárese cómo la paternidad se llega a realizar de modo pleno con la adopción y en nada con quienes abandonan al hijo al nacer. Esa misma paternidad responsable se muestra en quienes contienen sus deseos de procreación por causas justificadas respecto a la integridad de la salud de la descendencia, como en el caso de la transmisión de enfermedades congénitas, o también cuando ponderan la limitación del número de hijos en función de las posibilidades reales de manutención de los mismos, sin olvidar a las parejas que se reconocen incapaces de asumir la responsabilidad de educar a un hijo.

La elección de la pareja supone el primer paso de un proyecto extendido en el tiempo. Se pone en duda si se elige a la pareja y luego se decide procrear, o si se decide procrear y desde esa determinación se elige a una pareja adecuada a tal fin; es evidente que unas personas se inclinan a un modo y otras de forma contraria, siendo más probable que se elija con antelación a la pareja si el noviazgo comienza siendo más jóvenes, en cuyo caso la decisión de procrear se pospone hasta que las circunstancias lo favorecen; caso distinto es que pasados los años se añore la paternidad, en cuyo caso influye mucho en la elección de la pareja la disposición mutua para ello.

Crear una familia es una responsabilidad que incumbe para muchos años, pues lo ideal, que no siempre se alcanza, es la estabilidad emocional en la relación de los padres para criar y educar a los hijos con máximo beneficio para ellos. Esto supone conocerse de novios no sólo en la expresión más directa del carácter, sino adentrarse en detectar si la personalidad de uno y otro son compatibles para casar las responsabilidades inherentes a la vida de familia. Los valores son más perennes en la determinación de los proyectos de vida que las maneras del carácter, pues este salta a la vista, mientras aquellos precisan con frecuencia una manifiesta sincerización mutua.

Si no existe entre la pareja, antes y después de la procreación, una amistad profunda, además de la lógica atracción sentimental, será difícil conseguir un ambiente de familia que no dificulte la educación de los hijos, y "lo que permite a una relación de amistad particular alcanzar el grado de excelencia no es la mera perspectiva de estabilidad de la vida en común, sino la configuración respectiva de la personalidad para facilitar esa voluntad de las partes. El esfuerzo por modular el propio carácter a las determinaciones de compatibilidad con las actitudes de la pareja, el interés por conocer en profundidad los sentimientos de propia estima del otro, el refuerzo de las debilidades mutuas que se pueda ofrecer, la ayuda material a perfeccionar los hábitos operativos, el afán por que primen en la relación la lógica y el sentido común... imponen a la personalidad de cada uno de los miembros flexibilizar las conjeturas que el propio carácter genera para, antes de decidir, observar las valoraciones del compañero. Es ese hábito de tolerancia a radicar en la propia manera de ser el que habilita que una relación de amistad particular favorezca la vida en común. En la medida que los intereses y preocupaciones de ambos en la pareja son también asumidos como propios por los dos, la relación de amistad particular profundiza en sus raíces hasta la calificación de excelente, que para muchos es un objetivo encomiable y para otros tantos una utopía, pues hay quien sostiene que el trato y el tiempo invariablemente deterioran el idealismo de mutua correspondencia con que creció la amistad inicial. Es obvio que las dificultades de la convivencia sólo surgen cuando se convive, y que las mismas apuntan a un realismo que expresa las diferencias personales en la concepción de la vida que se mantienen aun en los casos de acrisolada armonía y amistad, lo que demuestra que esas condiciones no son regaladas, sino que además de la fortuna del entendimiento mutuo es preciso trabajar cada parte lo que de por sí aporta a la estabilidad del proyecto común". (Tomado del ensayo: La esencia de la amistad, cap. VI).

Planificación: Familia y trabajo. La gran diferencia entre paternidad y la procreación es que la primera implica a la madre y al padre durante muchos años de vida, mientras que para procrear es suficiente el tiempo de una relación fugaz. Cabe la posibilidad de ser progenitor sin ninguna vinculación moral más allá de aquella concerniente a la justicia: considérese cómo la fecundación in vitro posibilita el anonimato del progenitor, la práctica de la prostitución genera embarazos desligados de toda responsabilidad del varón o la realidad de una gestación indeseada causa del distanciamiento de alguno de los progenitores.

Puede parecer que planificar es aplicar un tecnicismo ajeno a la ley de la naturaleza que arbitra las leyes de la fecundidad; no obstante, si la planificación busca lo mejor para la atención de los hijos prácticamente se convierte en una necesidad, pues la conciliación de la vida familiar ha de cubrir tanto las necesidades afectivas como materiales de los hijos, lo que supone financiar, mediante el trabajo de los padres, la vivienda, la alimentación, la educación, los gastos de salubridad, etc.; todos esos menesteres, y muy especialmente el tiempo de acompañamiento de los bebés y niños, son los que obligan a planificar la dedicación profesional, el ocio y la vida social para hacerlos compatibles con los deberes que se contraen con la maternidad y paternidad.

Una variable importante a tener en cuenta para planificar la responsabilidad parental es la voluntad de engendrar cuando se es aún joven, considerando que el periodo de educación de los hijos es largo. Es cierto que la costumbre impuesta en la sociedad donde se habita determina mucho la disposición para la paternidad, principalmente porque el ejercicio del deber exige considerar si los medios materiales para ofrecerle al hijo un hogar acogedor se encuentran previsiblemente garantizados. Hay criterios favorables a retrasar la procreación hasta la postrera juventud, pero, independientemente de que las probabilidades de fertilidad merman, las disposiciones fisiológicas para asumir el esfuerzo en la atención a los hijos no lo aconsejan, por más que se considere que cuanto más mayor es una persona mejor está psicológicamente preparada para realmente valorar la incidencia que la paternidad va a ejercer sobre la personalidad. Incluso hay quienes apoyan la tesis de que una paternidad en la edad madura rejuvenece, algo que con frecuencia se considera subjetivamente sin valorar la percepción que de los padres va a tener el hijo durante sus sucesivas etapas de crecimiento.

Por la experiencia acumulada durante su juventud, o por otras razones personales, hay quien recurre a los métodos científicos de fertilización asistida para formar una familia monoparental; siendo más frecuente esta tendencia entre las mujeres que en los varones, pues son muchas las que consideran el deber de la maternidad, pero no el de la sujeción al matrimonio. El gran problema que presenta esta pretensión es la privación del derecho de los hijos a la doble referencia de un padre y una madre, en especial en las etapas de adolescencia y juventud en relación a las familia completas de sus compañeros y amigos. También esa elección monoparental trasciende en una mayor carga para el único progenitor, pues la vida en pareja ofrece la ventaja de una doble seguridad en la mutua ayuda para superar las obligaciones.

La responsabilidad sobre la natalidad de una colectividad no afecta estrictamente a quienes les incumbe por la edad, sino que posibilitar que estos puedan cumplir con su deber es tarea del conjunto de la sociedad, mediante la creación y sostenimiento de las protecciones sociales que favorecen el cumplimiento de ese deber a los padres que así lo buscan. La conciliación de las obligaciones familiares con las profesionales, el acceso a los medios públicos de guardería y educación, la asistencia sanitaria, la accesibilidad para sufragar la renta de la vivienda, etc., corresponden a la política de país de la que todos los ciudadanos son responsables posibilitando que la planificación familiar no se posponga por la carestía económica, ni por falta de las seguridades a ofrecer a quienes desean ser padres.

Educar a los hijos supone el mayor reto de realización para los padres. La tendencia natural de los padres es educar a los hijos de acuerdo a sus idearios, pero pronto se dan cuenta que los hijos no una prolongación de ellos, sino que poseen carácter y personalidad propios, los que con frecuencia rompen el esquema previamente concebido para su educación. Los padres en cuanto educadores se convierten en causa de los efectos de la educación sobre la futura personalidad de los hijos, lo que podría traducirse en que la buena educación es aquella que los hijos de mayores consideran que es la que debieran haber recibido; el problema es que los padres, a pesar de su mejor voluntad, no tienen el don de adivinar qué de lo que hacen va en la buena dirección y qué no, salvo lo que deducen del buen entender, de escuchar a los profesionales de la educación y atender a las maneras que muestran sus hijos de ser. Al juzgar por los efectos de la educación aplicada, siempre cabe disentir entre lo correcto que el hijo considera de mayor de cómo le hubieran debido educar y la opinión discrepante de los padres sobre que la consideración de los hijos sea acertada, sobre todo en el juicio sobre los valores radicales de la existencia. No es extraño que los padres consideren que la opinión de los hijos sobre su educación no puede estar bien consolidada hasta que estos mismos hayan ejercido de padres.

Uno de los principales fines de la educación es la inserción del menor en la sociedad en que va a desarrollar su vida, la que conlleva siempre un cambio generacional, que será tanto menor en cuanto más próximos en edad estén los hijos de los padres. Esa inserción en la sociedad de los hijos la comparten los padres con los educadores profesionales, con los medios audiovisuales a los que los pequeños según crecen estarán más conectados y con el influjo inevitable de las amistades que hacen sus hijos entre compañeros de escuela y vecinos. Como máximos responsables de la tutela y educación de los hijos los padres tienden a controlar las relaciones de estos, lo que consiguen mientras son niños, pero progresivamente pierde su vigencia, desde la pubertad y la adolescencia, hasta que en plena juventud pasan los padres a estar a la expectativa para favorecer un diálogo de orientación ajustado a la querencia de cada hijo.

El tránsito generacional influye no sólo por la diferencia de edad entre los progenitores y los hijos, sino también en función de la progresiva evolución del entorno social en que se habita. Cuanto mayores son los progresos tecnológicos, económicos y sociológicos de una comunidad, así ello repercute en la diferenciación de la ideología entre generaciones; lo que afecta ineludiblemente a  creencias, valores y actitudes que los padres consideran fundamento de su deber de educar y los hijos restricción de derechos a ser ciudadanos de su tiempo y planificadores de su futuro.

Padrinos y madrinas son, en algunas culturas, una o dos personas elegidas por los padres para que les sustituyan en la responsabilidad sobre los hijos si ambos fallecieran o cayeran en un grado de incapacidad material o psicológica para ejercer los deberes de la paternidad. Aunque los hijos no sean una propiedad de los padres, parece de lógica que sean ellos mismos quienes asuman la previsión de la atención a sus hijos si ellos faltan. Esa designación puede realizarse, como una tradición, a la celebración del alumbramiento o, si no existe esa costumbre, cuando los padres son conscientes de cubrir esa posible contingencia. Los padrinos o madrinas deben dar su consentimiento, pues supone de hecho comprometerse a asumir los deberes de custodia y tutoría de los menores, por lo que debe existir un flujo de comunicación con los padres que suponga de hecho la permanente disposición para asumir esa responsabilidad, pues las circunstancias de vida, pueden hacer que la voluntad manifestada tiempo atrás pudiera ser incompatible con las posibilidades cambiantes a través de los años.

A veces el ejercicio del apadrinamiento no abarca sino una parte de la ayuda al sostenimiento del menor por la dificultad de sus progenitores para atender a determinadas necesidades. A partir de asumir la condición de padrino, no se actúa en virtud de la caridad o solidaridad, sino de la justicia correspondiente al cumplimiento de un deber libremente comprometido; por ello se distingue entre el apadrinamiento tutorial legalmente constituido y el apadrinamiento relativo a cubrir sólo parte de las carencias que no puedan ofrecerle al menor sus padres. Incluso existen instituciones que en la distancia ofrecen su intermediación para el apadrinamiento de un menor radicado en países en vías de desarrollo, para hacer realidad, en la medida de sus posibilidades, el derecho a la igualdad de oportunidades para alcanzar un futuro mejor, aunque en estos casos suele dominar el compromiso de solidaridad sobre el del deber, en cuanto que la prestación de asistencia no compromete existencialmente.
 

Tercera etapa: Utilidad social.

Transcurrida la etapa en que la educación de los hijos ha centrado el interés mutuo de la pareja, transcurrido el periodo de iniciación profesional, superada con la conclusión de la juventud la concepción idealista de la vida, la conciencia se concentra en la relevancia de la identidad personal.

La especial atención a la familia acentúa la conjugación en plural de la vida, donde el ideal de la tarea de servicio retiene la ambición del dominio, el nosotros sustituye al yo por la responsabilidad y el quehacer en común que se genera tanto en la familia como en la pionera dedicación profesional. Pasados los años se alcanza una pretendida madurez y la personalidad se concentra en la valoración del yo, como si el paso del tiempo exigiera el derecho a ser retribuido por el esfuerzo empleado en una juventud entregada al fin colectivo. La cumplida experiencia de la procreación y la consolidación laboral inducen a un progresivo egocentrismo en el que el entorno adquiere un rol relativo respecto al fin de la propia realización: surge entonces la dicotomía sobre si las relaciones establecidas siguen siendo prácticas o coartan la prosperidad de la  propia personalidad.

La crisis de los cuarenta se considera psicológicamente como una inflexión de la conciencia entre la aplicación a lo social y la consideración de la satisfacción material recibida; lo que se puede concretar en la priorización del derecho sobre el deber, en el que cada cual considera no haber sido justamente retribuido por la vida, necesitando cambios sobre su manera de actuar para recuperar las oportunidades perdidas. Estas inquietudes repercuten en una nebulosa del deber, de cuya experiencia unos salen fortalecidos en su interés por una mayor inserción en la vida social, mediante estudios, viajes, especialización profesional, cooperación internacional, afición a las artes... o sea, recuperando inquietudes no satisfechas por la exigente dedicación a los deberes familiares de las décadas precedentes; otros en cambio, desentendiéndose de responsabilidades, aspiran a una vivencia instintiva exenta de las vinculaciones del deber concerniente a los años previos, de modo que se liquida el matrimonio, se orienta la ocupación profesional por la rentabilidad y no por el servicio, se inician aventuras sentimentales, se relajan amistades y se procuran otras más inclinadas a la mutua complicidad de aspiraciones insatisfechas.

La crisis de los cuarenta se convierte para muchas personas en el tránsito más convulso de la vida; mientras para otras supone un periodo de crecimiento en la aplicación de las aspiraciones y valores pendientes de emprender por imposibilidad de anterior dedicación, aplazados, no obstante, en la conciencia como referencias de realización.

La ambición es una pasión humana que impulsa a satisfacerse con los medios que proporcionan seguridad frente al ninguneo social, entre los cuales destacan el poder que proporcionan las riquezas para la conciencia que antepone el tener sobre el ser. El tener ofrece reconocimiento externo, especialmente al equipararse con los demás; en cambio el ser ofrece identificación propia respecto a los límites de las capacidades invertidas en alcanzar los fines intuidos. Tanto en el tener como en el ser caben ambiciones nobles y perversas, casi siempre según que se dirijan hacia el interés mutuo de la sociedad o se centren en el egoísmo personal; reflejo de ello es la dualidad entre las relaciones de permuta de servicios y las relaciones de domino que rige en la sociedad. La pasión por tener más antepone en cada relación el ejercicio del derecho sobre el deber, y su legitima verificación se encuentra en si el mismo derecho y deber se acepta en caso de inversión de la ubicación de los intervinientes en la relación: nadie puede considerar un derecho en justicia si el deber que repercute sobre el otro él no lo aceptaría si estuviera en esa posición.

La repercusión de la ambición sobre el personalismo se hace más patente en la madurez porque la posición social adquiere para la mayoría de las personas una relevancia que no tenía en las etapas anteriores de la vida. Una forma implícita de esa ambición se desarrolla en la mente a través del deseo; otra más explícita es la ostentación; ambas se reflejan en el consumismo cuando este pasa de satisfacer la necesidad a complacerse en disfrutar de lo superfluo, a modo de competencia sobre el estatus social que se comparte, sin considerar que este es observado más desde la perspectiva del obrar que el de la apariencia.

La oposición ética a la ambición del consumo se muestra en la sobriedad del uso de los bienes materiales, que consiste en tener aquello que basta que para alcanzar un fin pertinente. Hay quien precisa muchos recursos para sostener su creatividad, regulando los mismos en función del beneficio social que de ellos se pueda derivar, de lo que son ejemplo las grandes inversiones en las estructuras dinámicas de un país, cuyo fin debe ser enriquecer tanto a quienes las hacen posible con su inversión y trabajo como al resto de la comunidad con su utilidad; pero, como el fin no justifica los medios, incluso en los casos de mayor trascendencia social la ética aconseja, a quienes están en la causa, la asunción de la responsabilidad de evitar el despilfarro de medios y la colateralidad de efectos perniciosos ajenos a los fines proyectados.

El reconocimiento profesional es una legítima ambición cuando el mismo se sustenta en el buen hacer y no en las apariencias. Uno de los signos de madurez en las mujeres y los hombres lo expresa su prestigio profesional, sea en la ocupación que sea, desde la dirección de un banco a la recogida de la basura; todas esas ocupaciones son igualmente necesarias para la sociedad y del interés que ponga cada trabajador se sigue que un país funcione o sea un Estado fallido.

Mientras el deber principal ha sido la instrucción y la reproducción durante las etapas anteriores, una vez superado esos periodos toma vigencia en el deber la consolidación social, no porque anteriormente esos deberes no hicieran referencia a ello, ya que la educación y la reproducción son parte fundamentalísima de la estructura social, sino porque ellos tienen tanta relevancia en el imaginario social que merecen ser destacados en sí mismos. Enfocar en la madurez el deber hacia la trascendencia social del obrar no es sino fruto de una mayor concienciación de estar en la causa de orden social, por tanto responsable de la utilidad que se presta al buen funcionamiento de la sociedad con el trabajo correctamente ejecutado, por lo que no es indiferente ambicionar servir a la sociedad desde el compromiso que supone asumir mayores responsabilidades.

Cuanto más dilatada es la comunidad en que se habita, más fácil es escabullirse de la responsabilidad y vivir de la trampa. El deber reconocido por la conciencia es para cada persona el principio más próximo de justicia respecto al entorno social en el que convive. Uno de los primeros descubrimientos de la colectividad humana fue los beneficios de la especialización y distribución de las tareas necesarias para el bien común; de ello se sigue todo el progreso del género humano, ya que si individualmente cada persona o familia tuviera que resolver todas sus necesidades según sus habilidades daría poco a vasto para su inventiva; en cambio, si cada cual se especializa en una profesión, el oficio continuado en ella facilita tanto la productividad como el conocimiento del medio necesario para su perfeccionamiento. No obstante la innegable repercusión de la distribución del trabajo en el progreso de la humanidad, se produjo también la posibilidad de la injusticia en esas relaciones: la explotación del hombre por el hombre, la esclavitud, el autoritarismo... generando un ámbito propicio para la prevalencia de las relaciones de dominio sobre las raíces primigenias de la especialización para su repercusión sobre el bien común.

Un buen criterio para la planificación del deber profesional es ejecutarlo como a cada uno le gustaría que le atendieran si fuera el receptor final de esa producción; por el contrario, la trampa en la que todo ciudadano puede caer es invertir el mínimo esfuerzo para conseguir el mayor beneficio personal a costa del esfuerzo de los demás: en ello se halla el germen de la corrupción del concepto de utilidad social.

La creatividad alcanza su culmen en esta etapa de madurez. Si bien la inspiración se hace presente desde el uso de la razón y se desarrolla durante la juventud con gran empuje del idealismo y la experiencia de la libertad, alcanza su efectiva realización de creatividad cuando la reflexión aporta a la experiencia y la vitalidad la concreción de la trascendencia social de los proyectos a desarrollar. La creatividad posee una doble finalidad: satisfacer al sujeto agente y beneficiar al sujeto paciente, siendo esta última la que se constituye como un deber de conciencia para el ciudadano, por el provecho que aporta a la sociedad; sin que ello suponga un menoscabo del sentimiento del deber cumplido por la complacencia íntima de haber alcanzado las metas pretendidas.

Toda creatividad posee un primer movimiento de intuición, el estudio de sus posibilidades de realización, la concreción en un proyecto, la aplicación de una ciencia o técnica y la verificación de hacer alcanzado el fin buscado, que con frecuencia dista de la perspectiva de aquella primera intuición. La ciencia, el arte y la tecnología rebosan creatividad aunque para su desarrollo se parta del precedente saber, lo que de alguna manera condiciona la originalidad, pues incluso en la estructura profunda de las artes más abstractas se detectan elementos subyacentes de una cultura anterior. Una aportación, por tanto, esencial a la creatividad procede de quienes conservan y transmiten el acervo de la erudición anterior, deber de conciencia al que muchas personas se dedican en la madurez, por profesión o afición, en beneficio de la conservación del legado intelectual.

La conjunción en la madurez del trabajo profesional con la creatividad artística reprimida en la etapa anterior de la vida, por falta de tiempo y libertad de acción, supone de hecho un reto importante sobre la responsabilidad, pues no sólo con el trabajo se cumple el deber de utilidad social, sino también poniendo al servicio de los demás las aptitudes personales para aportar el legado cultural con el que cada persona pueda enriquecer la comunidad, la diferencia entre ambos servicios es que la especialización laboral supone un compromiso más determinado, mientras que la aportación creativa en el campo de la cultura se va a mostrar como útil en función de la receptividad que sobre ello muestre el entorno. Aunque sea una gran aportación a la sociedad la creación de una obra literaria, su utilidad social se ciñe a la difusión que de ella pueda hacerse y de lo que transmita a los lectores, lo que no perjudica el reconocimiento propio de realización personal, aunque no alcance trascendencia social.

La concienciación del deber de utilidad social en la etapa de madurez presenta una clara vinculación con la responsabilidad asumida para la resolución de los problemas que atañen a la sociedad más allá del ámbito de influencia próxima. Esa vinculación nace de la información percibida y de la sensibilización personal y empatía con el pesar ajeno. Muy posiblemente la primera aproximación de la mente al deber sea la consideración de si en uno mismo está la causa que motiva el perjuicio ajeno considerado; solo después cabe la relativización del deber en función de si cabe intervenir en el alivio de la problemática ajena y en cuánto pueda afectar en conciencia a su compromiso genérico de solidaridad.

Es propio de toda mente sana desear el bien y repudiar el mal que pueda afectar a los demás, como lo desearía en los demás respecto a sí. Esa aplicación afecta desde las relaciones de familia y amistad a las posibles respecto a cualquier otra persona del universo, muy especialmente en un mundo global en el que las decisiones de cada cual pueden repercutir sobre otros muchos. Cosidérese cómo en democracia la responsabilidad del ejercicio de la soberanía popular es quien dirige el fin de las naciones, por lo que ninguna actitud de los ciudadanos carece de repercusión social, constituyéndose como un deber de utilidad social no sólo la participación, sino también la educación permanente en la aplicación de los criterios de la filosofía social respecto a su verificación efectiva en la colectividad en la que se participa.
 

Cuarta etapa: Contemplación.

Superar la edad de los siete decenios conlleva de hecho haber recorrido un largo trecho de existencia, lo que acumula un gran cúmulo de conocimiento y experiencia respecto a la propia personalidad y a lo deparado por las relaciones con el resto de personas a lo largo de la vida. También a partir del entorno de esa edad la percepción del envejecimiento en la propia biología es signo, más o menos acentuado, de la próxima decrepitud del cuerpo, con las limitaciones inherentes que repercuten sobre la dinámica personal.

En el ser humano se da la paradoja de que mientras su espíritu no se deteriora por la acción del tiempo, al ser inmaterial, sobre la mente sí repercute ese efecto en cuanto la percepción se debilita por el envejecimiento de los órganos sensoriales e igualmente, por el menoscabo del sistema computacional, la repercusión de la intuición se atenúa tanto como las neuronas avejentan. Mientras el alma continúa anhelando el ansia de vivencias como en las etapas precedentes, el cuerpo mengua el ejercicio de la personalidad desde el comienzo de la tercera edad; así, sin merma de la capacidad  imaginativa, la conciencia se percata de las apetencias imposibles de hacer realidad, generando en la restricción funcional de movilidad la prisión de gran parte del imaginario social. No es extraño que del deterioro cognitivo se siga un refuerzo del inconsciente que, como en el sueño, regresa al pasado, a la memoria pretérita en la que como sujeto se poseía plena libertad para alcanzar cuantos objetivos dilucidaba la mente.

Cuando se cumplen muchos años, los deberes en la conciencia de la persona se reducen, no solamente porque el radio de acción vital disminuya, sino porque paulatinamente se impone el deber de cuidarse a sí mismo para depender lo menos posible de los demás. Cuando se es más joven la dependencia suele aparecer por accidente o enfermedad, en la vejez se da por esencia, de modo que la mayoría de las personas de edad avanzada están supeditadas a tratamientos médicos, a fármacos, a dietas, a atenciones... cuya sujeción se configura como deber prioritario de esa etapa de vida.

La reducción de las obligaciones profesionales y familiares liberan para los mayores tiempo y espacio físico y mental para gestionarlos al propio antojo. Ello abre un campo de posibilidades tanto para interrrelacionarse con la naturaleza viajando, como para contemplar en la intimidad la memoria de la experiencia vivida. Aunque parezca una simpleza, la vejez induce a traer de continuo al presente lo pasado, como si constituyera la revisión del patrimonio del conjunto de lo obrado, de las oportunidades perdidas que pudieran haber sido y no fueron, de las relaciones que aventajaron la historia personal y las que se hubiera deseado no mantener... Tiempo oportuno para gustar incluso de las grandes dificultades y debilidades que ensombrecieron la confianza, la esperanza, de alcanzar salida adecuada al laberinto de las constricciones externas; porque la vejez es la prueba patente de la superación del infortunio y del recóndito legado inmaterial que constituye el principal y único activo que la memoria protege y acompaña hacia el más allá.

El retiro de la actividad laboral no sólo deja mucho tiempo disponible en manos de la voluntad de la persona jubilada, sino que alivia la carga derivada de la  responsabilidad profesional. Esa novedosa situación hay que saber gestionarla para que la ociosidad no se apodere de la persona. En las profesiones en que la jubilación se realiza de forma obligatoria a una determinada edad se puede observar que, aunque para la mayoría de las personas la tomen con satisfacción, haya quienes consideren que supone una limitación de sus derechos a trabajar y a cumplir libremente con sus deberes sociales. Quienes han ejercido una profesión liberal suelen ser más resistentes a abandonar el trabajo, porque para muchos, si gozan de suficiente salud, les supone un despegue de gran parte de sus afectos de realización; que esto sea así justifica que muchas personas asuman tras su retiro laboral el deber de continuar poniendo su experiencia en servicio de la colectividad mediante un compromiso de voluntariado, al que pueden vincularse deberes libremente asumidos.

Para quienes optan por desligarse de todo vínculo con su antigua profesión existe la posibilidad de dedicarse a actividades intelectuales o recreativas en círculos y talleres para jubilados; algunos se dedican a alimentar sus aficiones tradicionales, pero otros muchos aprovechan el tiempo libre para acceder a reductos de la cultura que antes, por carencia de tiempo, no pudieron satisfacer, encontrando tal remuneración sentimental o intelectual que hace de ello un deber de conciencia.

Otra forma de emplear el tiempo que ha dejado libre la jubilación es prestar apoyo a la familia, especialmente en la atención a los nietos y a los enfermos que pudieran requerir de cuidados especiales posibles de prestar. Ese servicio supone un deber cuando se acepta libremente, pues la atención de los mayores a los descendientes no es un exigencia por naturaleza, como lo es en la etapa de la reproducción, sino de resolución voluntaria en orden de los afectos vigentes. Lo que sí constituye un deber para los abuelos es que su prestación revista la condición de servicio y no la de dominio sobre los hijos, sobrinos, nietos o hermanos.

Una deber que sí debe ser considerado como tal tras la jubilación es la conciliación con la pareja, tanto en la rutina de los deberes domésticos, como en la dedicación al recreo en el tiempo libre.

El recreo merecido tras un largo periodo laboral supone una remuneración para que el espíritu pueda dedicarse a la contemplación de sí mismo. La ausencia de otros deberes permite a la mente expandirse en los derechos adquiridos, situándose en modo receptivo de cuanto pueda repercutir en su dicha, especialmente si ello conlleva la carga de serenidad que su cuerpo reclama.

Conforme pasan los años, tanto satisface mantener un ritmo vivo de acción, como relajarse según el orden que establece el temperamento tranquilo de quienes disfrutan con la pausada contemplación de la vida. Para muchos la posibilidad de recrearse en el ejercicio de sus aficiones o inquietudes, sin el agobio de alcanzar el fin apremiado por un compromiso temporal, les facilita una mayor comprensión de la nueva realidad existencial, donde el tiempo está el servicio de la persona y no la persona a la exigencia del reloj. El reconocimiento personal de la vitalidad que a cada cual le permite su estado físico no debe imposibilitar la conciencia del aprovechamiento del tiempo, pues se abarca más actividad en función de la ordenada vida que de los altibajos entre la euforia del activismo y el abatimiento tras su presto consumo; no obstante, no debe constituir un deber para la conciencia la planificación, sino simplemente utilizarla como un aliciente de utilidad para llegar a más tareas con menos estrés.

Viajar para conocer lugares nunca anteriormente visitados puede realizarse físicamente cuando los medios económicos y la salud lo permiten; visitar esos parajes también cabe a través de los libros o, como ahora es posible, por las imágenes de los reportajes que por medio de la televisión o internet muestran la excelencia de cada entorno o lugar. Mantenerse activo respecto a las novedades cambiantes de los sistemas informáticos favorece, a los mayores que lo desean, mantener relaciones a través de las redes sociales, ya sea con sus familias o indagando curiosidades allá donde las ofrecen.

Parte de ese recreo en la vejez se logra mediante la inserción en los centros de mayores, donde se consigue ensanchar la  vida social mediante juegos, tertulias, actividades manuales, taichí, baile, etc.

El destino final de la existencia se advierte tanto como un objeto de la percepción, al advertir que todas las personas fallecen, como en un juicio de razón consecuencia de la linealidad temporal de la vida. El ser vivo puede perecer en cualquier momento de su desarrollo, pero tiene un inicio y un fin límites del tránsito existencial; por eso, es de lógica que, aunque la conciencia aborde la limitación de la vida desde el uso de razón, sea en la etapa de la vejez, por el mismo mensaje que la merma de facultades ofrece, cuando se considere con más profundidad sobre la proximidad del inevitable deceso.

La evidencia de la muerte corporal es un acto cultural asumido por todas las culturas, pues de la corrupción del cuerpo sólo se sigue la necesidad de enterrarlo, incinerarlo, dejar que los carroñeros lo consuman o intentar embalsamarlo. La mayoría de las civilizaciones han elucubrado sobre el destino del espíritu humano; coincidiendo en la imposibilidad material de demostrar experimentalmente, como una verdad fehaciente, su subsistencia, también han especulado sobre su incorrupción, pues, ante la carencia de partículas materiales que lo sustenten, es de lógica considerar su incompatibilidad con la  descomposición. Así, cada cultura ha procedido a conjeturar un probable destino para el alma humana tras la muerte, en un estado existencial alternativo al cosmos conocido.

La capacidad imaginativa de la mente humana para concebir la intuición creatividad le ha permitido: conocer que conoce, transformar a su servicio la dinámica material, definir las lenguas para su intercomunicación... constituyendo el fundamento de la abstracción intelectual que le distingue de las demás especies vivas, a lo que ha conferido una forma de ser inmaterial semejante a la existencia real de percepciones inconscientes, como los sueños, y a la voluntariedad, incluso como alternativa entre lo razonable, que justifica el libre albedrío. Todo ello ha definido, desde su individual experiencia, un espacio propio en el cual la persona humana puede reconocerse independiente de la determinación material, y por ello, trascender existencialmente a la misma.

Concebirse el ser humano como una unidad entitativamente formada por una substancia material y otra espiritual le permitió por analogía admitir que puedan existir seres superiores a él, simples espíritus o  cuerpos sobrenaturales con poder de regir las fuerzas de la naturaleza, e incluso, atribuirles la creación y fin del cosmos. Consecuentemente con ello muchas personas mantienen creencias sobre una forma de existencia post-muerte, como certeza o duda intelectual, que les incita a considerar frecuentemente sobre su último destino, la preservación de la carga de conciencia, su adhesión al presente continuo de la eternidad, etc. Todas esas creencias o sugestiones se asocian normalmente a una cultura religiosa, aunque existen personas agnósticas que, aun no creyendo de forma dogmática, admiten la posibilidad de alguna forma de trascendencia más allá de la muerte.

La curiosidad de la mente humana incita en la vejez a considerar sobre el juicio de sus actos en vida y el destino posible para el alma, cada cual al modo que le dicta su conciencia, mediante el recurso a la meditación; la que, para la vida tranquila que induce el recorte de activismo corporal, no supone un deber, sino una profundización moral. Bastante ayuda a comprender el sentido de la muerte contemplar cómo sin ella sería imposible el nacimiento de los nietos, pues es de razón que ninguna especie puede crecer indefinidamente, pareciendo de justicia que en la humanidad se sucedan nuevas generaciones, aunque para ello sea preciso el óbito de las anteriores tras disfrutar de la vida hasta una edad respetable.

El legado de la propiedad personal, que la muerte obliga a ceder, constituye uno de los deberes a atender antes de fallecer. Sean pocas o muchas las cosas que se transmitan, revistan bastante o escaso valor, supongan objetos materiales o sentimentales... conviene que quede patente su reparto entre los herederos legítimos o a cualquier otra persona o institución deseada, siempre cumpliendo las leyes que protegen derechos adquiridos, mediante otorgamiento de testamento escrito o sistema equivalente en cada cultura.

La expresa voluntad mostrada en el testamento se manifiesta como el objeto querido por el otorgante respecto a la productividad de sus actos en vida. Existe un legado generado en el transcurso de la existencia, mediante el ejemplo, los cuidados ofrecidos a los demás, la solidaridad ejercida, la tolerancia... que representa el efecto que cada persona como causa ha difundido sobre los demás durante su periodo de vida; este legado constituye la memoria que deja cada persona, cuya interpretación subjetiva por quien la ha recibido ofrece la paradoja que una misma acción para unos es loable y para otros censurable.

El legado material que se ofrece como herencia es mucho más concreto, sobre todo para los efectos carentes de componentes afectivos, pues una vivienda, una obra de arte o unas joyas puede revestir valor sentimental, pero el dinero que se lega es igualmente de pragmático para todo aquel que lo recibe. Por ello el testador debe meditar que el reparto de sus bienes quede bien definido respecto a sus preferencias, si es posible trasladando su voluntad a los herederos en vida, justificando las razones que le mueven a obrar en un sentido determinado, pues una vez fallecido le será imposible explicar los porqués de esa decisión, salvo la motivación que pueda dejar recogida en el texto testamentario.

Pese a las disputas que puedan seguirse entre los herederos tras la ejecución de una herencia, por lo que cada cual pueda entender de la presión ejercida sobre el testador en sus últimos días, cuando la consciencia pueda estar disminuida, ello no supone responsabilidad del testador, ni deber omitido, pues la libertad para hacerlo o no, y en un sentido u otro, perdura mientras se posee uso de razón. No obstante, favorece la muestra de independencia del acto de legar el que se ejecute en tiempo que no deje dudas respecto a la plena responsabilidad del otorgante, lo que evita posibles susceptibilidades difíciles de borrar para quien se sienta perjudicado con el reparto de la herencia.
 


F I N