Paz

JORGE BOTELLA

Sumario:

Concepto y realidad.

Paz objetiva.

Paz subjetiva.

Paz social.

Violencia.

Justicia.

La represión moral.

El negocio de la guerra.

La revolución del orden.
 
 

Concepto y realidad.

La paz se ha venido a definir, en la mayoría de los diccionarios, como la ausencia de guerra, mostrando subterfugiamente como si en la estructura profunda del pensamiento, cuna del lenguaje, primara la pasión por la violencia sobre la virtud del sosiego.

En el relato de la historia, tan proclive a enaltecer los acontecimientos según la ponderación del poder de unos pueblos sobre otros, parece que la causa que mueva a la sociedad sea el dominio por la violencia, y la paz sólo la recompensa al esfuerzo vertido en ello. Quizá el modelo plasmado por los historiadores para la sociedad humana no difiera de la percepción del reino animal, donde la fuerza impone la ley del dominio entre especies y, en cada una de ellas, la jerarquía de beneficio. Según este modelo, el hilo conductor de la historia lo dirige la confrontación, o sea, la guerra entre y dentro de las comunidades; la excepción, el consuelo de la paz. La secuencia de los grandes imperios a lo largo de los siglos son consecuencia del ansia de poder y dominio, donde la subyugación de los pueblos sometidos repercute superiores beneficios al costo de la máquina de guerra con que dominarlos. El imperio de Roma a principios de nuestra era, el imperio Musulmán que dominó en el medievo, el reino de las Españas al inicio de la Edad Moderna, así como el más próximo imperio de Occidente en la Edad Contemporánea no muestran como causa de su fin la transmisión de civilización, cultura y comercio, como a veces se aduce justificando esas conquistas, porque para todos esos proyectos su artificio no ha sido sino la supremacía bélica sobre los pueblos sometidos. Es equívoco admirar la estructura de esos imperios como modelos sociológicos sin percibir que los mismos se gestaron con la sangre vertida de tanta población inocente; la hegemonía de su violencia no es comparable con la pacífica actitud de otros muchos pueblos que expandieron su cultura y su riqueza mediante legítimas transacciones comerciales y culturales.

La historia bélica de la humanidad no puede ensombrecer la paz como fermento del progreso de tantas comunidades. Lo que se reconoce por civilización no tiene parangón con la guerra, y aunque con frecuencia el poderío militar y la riqueza civil coincidan, el desarrollo de la cultura tiene más conexión con la paz que con la guerra, por más que de los imperios quede mayor constancia ya que su grandeza facilitó la difusión de su forma de vida. La mayor parte de la población del mundo a lo largo de la historia no ha participado directamente en una guerra, ni siquiera como víctima, y de su  comportamiento cabe deducir la reivindicación de la paz como el medio capaz de certificar su prosperidad. Pero no obstante esa ponderación, la consideración de la paz en la cultura se ha configurado más como una utopía que como una realidad social, pues incluso quienes han vivido ausentes de conflictos bélicos han sido protagonistas y testigos de las confrontaciones familiares, de las peleas vecinales, del temor a los bandidos, de la presión psicológica y de tantos y tantos motivos que llevan al enfrentamiento entre las personas, cuyo resquemor en el ánimo genera la consideración de la paz como una utopía inalcanzable.

Tanto la guerra como la paz no constituyen determinaciones de la genuina constitución del ser humano, como si fueran una u otra hado del destino, sino que ambas son la consecuencia del planteamiento de las relaciones humanas, según que se sigan directrices de dominio o de servicio, sea en la vida social privada o en la pública, porque todas las consecuencias de las relaciones recaen sobre la conciencia, según el grado de afectación, como derivaciones de responsabilidad del efecto causado. Se puede juzgar que las relaciones de domino satisfacen tanto al sujeto agente como desagradan al sujeto paciente, pero la realidad inadvertida es que responsablemente sobre la conciencia el pesar es mayor cuanto más se es artífice de la causa del efecto negativo. Las relaciones de libre intercambio de servicios se caracterizan porque todas las partes participan de igual modo como sujetos agente y paciente, siendo todas ellas causa del efecto común, y por tanto igualmente corresponsables del beneficio o perjuicio mutuamente alcanzado. Las relaciones de dominio favorecen el conflicto; las relaciones de intercambio de servicios, la paz; lograr el sosiego del ánimo que la paz genera se encontrará muy condicionado a la manera de aceptar las circunstancias que inducen u obligan a obrar desde la perspectiva de dominio.

Uno de los máximos atentados contra la paz proviene precisamente de su utilización como medio para alcanzar fines que se oponen a la misma esencia de la paz. De modo semejante, toda justificación en favor de la paz en la que se aplican medios que enaltecen la violencia, la injusticia, la iniquidad... ya están perturbando en el medio el fin aducido. Es frecuente que en las confrontaciones bélicas todas las partes recurran a la paz como fin justificativo de su intervención, pues sería un enorme error táctico vanagloriarse de la violencia como instrumento, aunque realmente es el recurso que se está utilizando más allá del simple fin de amedrentar al enemigo. No obstante, casi siempre todo enfrentamiento bélico se sigue de una injusticia, tácita o larvada, que se pretende remediar con otra injusticia de signo contrario que la neutralice; pero la solución a toda injusticia social pasa por la justicia, la que difícilmente encuentra cabida en el recurso al terror de la guerra. La guerra fría, fundamentada en atemorizar al enemigo, es un recurso de gran utilidad, tanto para justificar la desmedida inversión en armamento, como para lograr el apoyo social a la frívola argumentación de la necesidad de un imperialismo militar que imponga la defensa de retorcidos intereses nacionales.

Con frecuencia se ha reconocido la paz personal como prerrogativa de la inocencia, lo que infiere que la deuda de paz se sigue de la culpabilidad; en la medida que se pierde la inocencia se extravía la paz connatural propia del estado original del ser humano. No en vano se admira como un derecho la paz de los niños o la de los pueblos indígenas. Esa culpabilidad que se opone a la inocencia es registrada principalmente por la propia conciencia, que es el reducto moral más identificado con la verdad, de modo que la paz se evade del alma paralelamente a la felicidad cuando se pierde la referencia del deber cumplido en el reducto más intimo de la personalidad. Se puede vivir sin paz en un ámbito de tranquilidad externa y se puede poseer esa paz interior incluso en un ambiente hostil, aunque no cabe duda que cuando se participa de una violencia externa que quiebra la positiva emotividad se hace casi imposible vivir en paz.
 

Paz objetiva.

Se entiende por paz objetiva la carencia de influjos externos que puedan perjudicar la paz individual. Se suele denominar paz social, pero el concepto es más amplio ya que esa no incluye efectos perturbadores ajenos a las relaciones sociales, como, por ejemplo, las vicisitudes relacionadas con la actividad de la naturaleza: huracanes, incendios, terremotos, pandemias, etc.

En lo que se refiere a la influencia objetiva sobre la persona de la paz social, podría concebirse que repercute como en círculos de proximidad, pues cuando más próximas son las relaciones personales más influjo poseen sobre el bienestar individual, tanto para generar confianza como intranquilidad, de modo que las relaciones familiares, profesionales, vecinales, nacionales... suelen tener más trascendencia sobre el estado de vivir en paz que las referencias de las desgracias o violencias acaecidas en territorios más lejanos, influyendo decisivamente el limite a lo diverso que establezca cada personalidad.

En lo referente a las incidencias de la vida familiar, es indudable que repercuten sobre la paz de cada sujeto las contrariedades causadas por los demás, sean voluntarias o fortuitas, puesto que la vida en común facilita alegrías y comodidades, pero también exige dedicación y esfuerzo, cuyo balance en cada momento favorece o merma el grado de realización personal. En las relaciones familiares hay que distinguir aquellas voluntariamente queridas de las que son avenidas sin la intervención personal; así, se eligen mutuamente los esposos y estos a los hijos, pero mientras el matrimonio se acuerda con suficiente conocimiento mutuo, de los hijos se procura su existencia, pero con escaso dominio sobre el carácter y la personalidad de los mismos; mayor distanciamiento emocional puede existir entre los hermanos, cuya empatía la favorecen los padres mediante la educación, pero que de por sí, a pesar de la común carga genética, tiende a producirse choques entre la personalidad de los mismos, sobre todo cuando compiten por la hegemonía emocional. La realidad es que la familia se constituye en un haz de relaciones que entrañan deberes y derechos; cuando predomina la trascendencia de los deberes, es más accesible compaginar la paz interior, a pesar del trabajo que los mismos imponen; si son los derechos los que de continuo se reivindican, ya ello es un índice de quiebra de la paz, pues sin duda exterioriza una anormalidad en las previas relaciones internas. Por la intimidad en que se desarrollan  las relaciones en la vida familiar, pueden considerarse como las más influyentes sobre la paz individual de cada uno de sus miembros, pues la inestabilidad de uno de ellos genera inquietud sobre los demás. Un buen síntoma de que las relaciones familiares contribuyen a la paz de sus miembros se encuentra en la satisfacción sentida por lo hogareño que se es.

Las relaciones profesionales son ocasión de lo mejor y lo peor respecto a la paz interior para las personas. El trabajo presenta la particularidad de que hace patente la creatividad del ser humano al tiempo que manifiesta el esfuerzo preciso para conseguir los diarios logros profesionales. Desde que la humanidad se orientó hacia una vida en comunidades más amplias que la familia, propiciando la división del trabajo por aptitudes, se constituyeron dependencias mutuas en la conjunción e intercambio de la producción laboral: la interrelación profesional y el comercio; ambas influyen decisivamente sobre el bienestar humano, pero al tiempo son objeto de condicionamientos de justicia cuya realidad afecta a la paz interior del productor, y colateralmente al de su familia. Realmente la motivación de la inquietud que perturba la paz de los profesionales con frecuencia no proviene en sí del trabajo, sino de la ambición en el reparto de los beneficios que la producción genera. De todo trabajo y comercio se siguen beneficios, pero también la difícil objetividad de repercutirlos proporcionalmente entre quienes intervienen para producirlos, en especcial cuando se logran por una agrupación más amplia que la propia familia. Además de las perturbaciones emocionales procedentes de la injusta remuneración del trabajo, también influye sobre la paz personal el trato continuado entre quienes comparten codo a codo la jornada laboral: positivamente cuando se crean nobles amistades y negativamente cuando chocan los caracteres opuestos.

La vecindad es la consecuencia de la agrupación comunitaria de la humanidad. Ese segundo círculo de colateralidad social se constituye como gestor de paz cuando la confianza creada entre los vecinos facilita la ayuda mutua, concibiéndose relaciones de aseguramiento recíproco frente a la adversidad. Aunque en cualquier complejo vecinal se da beligerancia entre quienes poseen maneras de ser muy distintas, la perturbación de la paz personal la padece especialmente el grupo sobre quienes recae intolerancia étnica, religiosa, homófoga, etc., o sea, cuando una persona o familia no es aceptada en la comunidad a la que las circunstancias la han dirigido a vivir; aunque es cierto que muchas veces el rechazo no proviene sino de la intranquilidad o el quebranto de la paz ambiental que producen formas de ser ajenas a la integración. Es evidente que el influjo sobre la paz personal de los problemas vecinales es inferior a los de la familia propia, pero la convivencia próxima hace que a veces la amistad generada por la vecindad se haya llegado a constituir como una prolongación de la familia, de modo que los problemas afectan tanto como la sensibilidad de las personas hace suyas las circunstancias ajenas. Las relaciones vecinales no constituyen una obligación más allá del respeto mutuo, de modo que pueden considerarse esas relaciones como voluntarias; desde esa perspectiva toda persona posee la facultad de reducir su trato con aquellos vecinos que le incomodan, lo que no impide la subjetiva aprensión negativa que su proximidad genera.

El influjo sobre la paz personal de la economía y la política nacional depende de la identificación ideológica con el régimen que gobierna el país. Cuanto más una persona se identifica con el sistema político que rige la nación, mayor confianza tendrá en que sus derechos están protegidos, lo que genera sosiego y tranquilidad a la perspectiva de vida; por el contrario, si la ideología política de un ciudadano está en permanente contradicción con el poder que lo gobierna, es muy posible que viva en un estado de ansiedad incompatible con la paz. Existen realidades políticas que en sí mismas repercuten sobre la estabilidad emocional de los ciudadanos, como son: la responsabilidad sobre la elección del poder público, la eficiencia de una justicia independiente, la cohesión social, la seguridad pública, las garantías de libre expresión... y tantas otras que las instituciones de derechos humanos reivindican para la ciudadanía. Lo cierto es que en las distintas culturas la sensibilidad de los individuos respecto a su responsabilidad política no es la misma; en los Estados democráticos, puesto que a los depositarios del poder los eligen los ciudadanos, se genera mayor inconformismo que en otros sistemas más autoritarios, donde la población misma asume una estratificación social que de hecho legitima que el poder se perpetúe por una clase, sea de orden económico, endogámico, ideológico, aristocrático o religioso. La auténtica razón de esta divergencia se encuentra en el hecho cultural que identifique a las personas en la causa de los efectos políticos sobre la sociedad, ya que si se tiene interiorizada la participación en un legítimo sistema democrático, la culpa de los desajustes sociales no cabe sino adjudicárselos a quien con su participación y voto no es capaz de enderezar la justicia en su propio país, lo que genera tal frustración que favorece la quiebra de la paz; sin embargo, cuando se vive en un sistema estructurado a la forma del Antiguo Régimen, o sea, de empoderados y súbditos, la responsabilidad de los súbditos es nula como causa de los efectos negativos de la política, pues la victimización asumida de su condición los convierte en una determinación más del destino imposible de alterar sino con revoluciones de final incierto. Las guerras civiles y las revueltas, que constituyen la negación absoluta de la paz para la ciudadanía, se dan en aquellos países en los que crece la fragmentación social a causa de la división en clases, o por la función de las fuerzas militares o religiosas cuando estas aspiran a tener más poder del que les corresponde por su servicio del pueblo. La contienda civil supone la mayor restricción de la libertad --aunque todas las revoluciones y los pronunciamientos se realizan en favor de ella-- ya que los fratricidas enfrentamientos bélicos persiguen la aniquilación moral de media sociedad por la otra mitad, de modo que afecta a la paz de la población entera. Pocas veces la guerra convence, aunque se venza; por el contrario, la contención y el entendimiento son evidentes pruebas de cómo la justicia y la paz constituyen el ámbito social que genera la prosperidad de los pueblos.

Los conflictos internacionales afectan tanto a la economía y supervivencia de los pueblos como a su integridad física. El origen de todo enfrentamiento radica en la concepción de dominio de cada Estado sobre un territorio y sus riquezas naturales; en la  medida que el intercambio de su producción le reporta beneficios, así pactará relaciones comerciales con otros Estados; la competencia entre los Estados por dirigir las condiciones del mercado con frecuencia no corresponde sólo a criterios mercantiles, sino busca la sumisión ideológica mediante el reconocimiento de una supremacía. El esquema de los conflictos internacionales reproducen la estructuración social de los países, que no es otra que el reflejo de la idiosincracia de poder de unas personas sobre otras. La reiteración de históricos traumas sociales, consecuencia de las luchas de poder en la humanidad, marca la conflictividad internacional actual, como lo hará en el futuro si los seres humanos no recapacitan y priorizan la vigencia de la paz efectiva, mediante instituciones que promuevan de modo eficaz la cohesión social necesaria para que cada Estado ofrezca un trato a los demás Estados como de estos quisiera ser servido si permutaran sus estatus económicos; cuando esto no es así, sino al contrario, la paz del mundo se haya amenazada por la directa violencia destructiva del armamento, como de las miserias avenidas sobre tantos millones de personas que, aun conservando sus vidas, deben desplazarse dejando atrás sus bienes para buscar refugio en otros países, sin contar la infinidad de daños colaterales sobre la producción, al medio ambiente, el deterioro del patrimonio histórica, etc.

En las disputas que impiden la paz objetiva en el orden familiar y vecinal interviene en gran manera el dejarse llevar por al temperamento egocéntrico de las personas; esas determinaciones del carácter que no ha conseguido corregir la educación de la personalidad constituyen la gran oposición a la amistad, en la que las personas procuran tanto beneficio para el otro como para sí. No cabe duda que la responsabilidad por la manera de ser que quiebra la paz ajena es ineludible, salvo el caso de afección psicológica, pues la razón humana debe mover a la conciencia a rectificar las propias actitudes cuando detecta que forma parte de la causa que genera un efecto pernicioso sobre la paz ajena.

En los conflictos bélicos nacionales e internacionales, podría parecer que la responsabilidad es sólo de los políticos, pero no se debe olvidar que, en la actualidad, si estos han sido revestidos de poderes ha sido por la complicidad del pueblo, quienes indirectamente son también responsables de la acción de gobierno. Curiosamente, tanto en las relaciones de cooperación y amistad que se forjan entre países vecinos, como en las confrontaciones bélicas, predomina la incidencia de dominio sobre los territorios limítrofes. La paz objetiva entre las naciones depende mucho de que sus relaciones respondan a auténticos criterios de amistad, los cuales busquen tanto el progreso propio como el de la nación vecina, pues, cuando predomina falsamente la concordia, el fin de las relaciones responde a la pasión de dominio, que supedita el bienestar ajeno al interés propio; de hecho todas las contiendas adolecen de esta carestía de sensibilidad por el otro, que comienza, con anterioridad a los enfrentamientos armados, cuando la diplomacia y el comercio azuzan las contradicciones ideológicas estratégicas para forzar las hostilidades bélicas. El progresivo incremento de la agresividad entre contrarios muestra cómo sus intenciones son necesariamente planificadas, por lo que ningún poder político, e indirectamente el pueblo, puede aducir, en defensa de su inocencia, la impotencia para actuar contra la causa bélica y a favor de la paz.
 

Paz subjetiva.

No todas las inquietudes que perturban el ánimo proceden de motivaciones externas a la propia persona; existen causas psicológicas que tienen su origen en la disconformidad de un individuo consigo mismo y ello le hace perder la paz. Estas preocupaciones podrían parecer sencillas de erradicar, pero no es así, pues la afectación acompaña permanentemente al sujeto que la padece.

Conviene distinguir entre cuando los traumas proceden de patologías psíquicas, cuyo remedio, como cualquier enfermedad, debe buscarse en la medicina, de cuando el origen está en la psicología personal en la que, aunque también cabe recurrir a la ayuda de profesionales especialistas, la recuperación de la paz no vendrá sino cuando las emociones perjudiciales sean superadas por una gestión positiva de la propia manera de ser.

Los traumas de la mente con frecuencia proceden de que la conciencia no acepta el carácter natural del propio individuo, o sea, que se quisiera ser distinto, bien sea por una causa procedente del físico, o de las aptitudes, o de las convicciones, o del temperamento... cuyas referencias de idoneidad proceden de la observación de las cualidades ajenas, cuyas potencias se desearían para sí; el error primigenio de ello radica en que cada cual quisiera poseer todas las perfecciones que admira en los demás, o sea, tener lo mejor percibido en cualquier otro, lo que redundaría en alcanzar una perfección utópica, pues la diversidad de personas se fundamenta en el reparto aleatorio de valores, tanto físicos como intelectuales.

Desde pequeños los seres humanos detectan estar dotados de características especiales que les hacen semejantes y diferentes de los demás: la semejanza tiene su raíz en la asimilación a las demás personas del entorno social; la diferencia, en la percepción de un carácter que induce a obrar de acuerdo a gustos y preferencias propias, cuya integración social redunda en emociones positivas o negativas respecto al grado de aceptación en el grupo.

La conciencia cierta de como se quiere ser representa un ideal de personalidad que con frecuencia entra en contradicciones con el carácter. Los valores que se desean para la  propia personalidad muchas veces los miega el carácter expresado en el modo de ser, adentrándose el sujeto en una disquisición entre el deseo de una manera de ser y las limitación que establece su propio carácter, perturbando la paz más que cualquier otro influjo externo. Si una alteración de la paz proviene de afuera afecta a la responsabilidad en función de la voluntaria adhesión a la causa, que muchas veces es nula o pequeña; mientras que respecto a las disidencias entre la personalidad y el carácter, la responsabilidad que pueda perturbar la paz interior es plena y única, pues tanto la causa y el efecto se concentran de modo reflexivo en la mente de cada individuo.

La ayuda profesional que cabe en la gestión de la paz subjetiva se dirige normalmente a la mentalización de convivir con las determinaciones del propio carácter y aceptar los límites que al desarrollo de la personalidad imponen tanto las circunstancias materiales de cada entorno accesible, como las limitaciones culturales capaces de asimilar por cada intelecto. El equilibrio entre el carácter y la personalidad repercute en la aceptación social, pues si bien las condiciones de cada carácter puedan predisponer más o menos al reconocimiento de la personalidad, cuando esta impone el desarrollo de sus valores desarma los prejuicios previamente concebidos, superando la inquietud que pudiera haber repercutido sobra la paz interior.

La conciencia, como norma próxima de moralidad, afecta mucho a la paz y tranquilidad interior que cada persona pueda o no alcanzar. Cumplir el deber, o sea, saberse realizado en aquello que constituye la responsabilidad personal, facilita la felicidad en lo que depende de las actitudes de uno mismo; gozo callado que contribuye a la paz subjetiva, la que puede coexistir con causas externas objetivas que inquieten. La moral personal funciona como un marcador de la conciencia respecto a la conveniencia o no de obrar de una manera concreta; en gran parte se nutre de la experiencia de la razón respecto al objeto alcanzado al obrar, aunque también la informa la experiencia colectiva respecto a determinados valores culturalmente admitidos como normas correctas de conducta. La moral dirige a la conciencia y la conciencia corrige a la moral en aquello que cada individuo, grupo o generación considera que la moral adquirida y la ética del obrar entran en relativa contradicción. Del bien obrar la razón nunca perjudica a la conciencia, pero puede alterar la paz cuando no entra en sintonía con las exigencias de la moral, sobre todo si lo que se sigue es una moral más apegada a las tradiciones que a la experiencia de la razón individual. De modo similar a la duda que entraña los límites a lo diverso en la paz objetiva, la conciencia con frecuencia se debate entre el hábito de ajustarse a la norma moral o dejarse guiar por el instinto de la ética, discusión mental que afecta a la paz subjetiva cada vez que surge dicotomía en una aplicación.

El conflicto que perturba la paz objetiva se desarma mediante el diálogo y la diplomacia; para superar los influjos mentales que dificultan la paz subjetiva se requiere, además de la ayuda de profesionales, el auxilio de la meditación como medio de alcanzar un mejor conocimiento de los fundamentos de la propia personalidad, que facilite un análisis de las emociones respecto a cuáles favorecen, y cuáles no, la realización de los objetivos que retribuyen en la conciencia el ideal de ser. La meditación ha constituido un recurso milenario para el conocimiento de sí mismo, ahondando en la forma de ser, con independencia del ruido ambiental y la percepción desorbitada que embota la mente con ilusiones mediatas que exigen la fidelidad al consumismo. La incapacidad para la adecuada gestión de las emociones induce un progresivo deterioro de la personalidad a favor de las apetencias del carácter, que, cuando desnaturaliza el sentido de la realización, procura neutralizar los déficit emocionales mediante el recurso de estimulantes y drogas que confieren la apariencia de sosiego y paz mediante la súbita y temporal inconsciencia de la razón; inclinación impropia del individuo al no ser para disimular incompatibilidades con la paz interior.
 

Paz social.

La consideración de la paz como una utopía no deja de seguirse incluso del mismo comportamiento de la naturaleza, ya que la percepción de inundaciones, incendios, terremotos, glaciaciones, desertización, huracanes... no hacen sino mostrar cómo los cambios en el comportamiento del cosmos constituyen una dinámica que afecta a la realidad particular de los seres vivos, aunque lo cierto es que esas variaciones originadas por la transformación de la materia poseen tanto efectos negativos como positivos, pues lo es que los elementos se unan para formar las distintas formas de ser, como que estas formas de ser evolucionen sistemáticamente de modo que, existiendo lo mismo en su conjunto, las partes se relacionen de modo variable. Teóricamente, el que el global de la materia ni se cree ni se destruya, debería ofrecer paz; que cada elemento esté limitado en el tiempo, genera inquietud.

Todos los seres vivos tienen un periodo de vida en el que realizarse, cuyo conocimiento sensible de sí, en la medida que lo posea, le repercute satisfacción de ser, aunque ello sea a consta de los trabajos necesarios para alcanzar sus fines esenciales: crecer y reproducirse; desde esta perspectiva podría predicarse de todo sujeto sensibles que alcanza su paz en la medida que disfruta de su existencia y hace posible el mantenimiento de la especie, y pierde esa paz mientras existan causas externas que dificulten esa realización. El ser humano, que posee una sensibilidad semejante a la de otras especies animales, además posee un flexión doble en el conocimiento que le permite saberse a un tiempo sujeto y objeto de su existencia, que se concreta en una creatividad que le permite ser parte activa en la evolución de su sistema de vida.

La vida social no es exclusiva del ser humano, pues en la medida que los seres vivos precisan aparearse para su reproducción, ello representa un indicio de vida social; ejemplos de vida social sistematizada en especies animales son evidentes en hormigas, abejas, simios, etc. Lo que sí parece que es exclusivo de la humanidad es que la sistematización de su forma de vida haya sido proyectiva, dado que su intuición creativa se ha concretado en modificar paulatinamente la naturaleza a su alcance para favorecer su modo de ser, lo que escasamente se observa en el resto de especies vivas.

Adecuar la actividad humana para que sea un beneficio común precisa de la creación de un sistema de relaciones mutuas que repercuta las responsabilidades y beneficios sociales de modo justo y eficaz. A fin de conseguir esa coordinación, en la que las relaciones humanas fueran favorables para la sociedad, se estableció el concepto de ley, que fija obligaciones y derechos similares para los ciudadanos de una comunidad; precisamente el concepto de paz social se vincula al acuerdo consensuado entre la ciudadanía respecto a la legislación por la que guiarse en sus relaciones mutuas.

Parece difícil que en la sociedad unas mismas normas satisfagan a la totalidad, por lo que el concepto de paz social sólo se logra en cada comunidad de modo relativo, pero supone un activo determinante para la convivencia y el progreso; ya que ninguna ley de por sí es perfecta, un sistema que favorezca la paz social debe dejar abiertos cauces para la reivindicación de su continuo perfeccionamiento.

Establecer un sistema legislativo exige paralelamente concebir un sistema jurídico que vigile el cumplimiento de las leyes por los ciudadanos, dotado de poder efectivo para hacer rectificar a quien vulnere o haga un uso fraudulento de la ley. Ese poder es el que la ética histórica ha enaltecido o vilipendiado según que su efectiva acción se haya dirigido al beneficio de toda la comunidad o al de una parte seleccionada de la misma, estableciendo estructuras de dominio estratificadoras de los deberes y derechos ciudadanos, como permanecen hasta nuestros días. La paz social es precisamente la aceptación por la mayoría de la población de ese sistema social que les proporciona seguridad, justicia y prosperidad. A cada eslabón de la estructura social le debe llegar la aplicación de como le afecta, en cuanto deberes y derechos, el ordenamiento legal, desde la célula de la vida en el hogar, hasta la jerarquía de poder del Estado, pasando por el municipio, las regiones, las relaciones laborales, el comercio, la defensa, la educación y cultura, el ocio, etc.; a todas y cada una de esas formas de relación entre ciudadanos afecta el sistema en lo que se refiere a los derechos y deberes públicos, lo que no obsta para que persista un gran ámbito de iniciativa en la voluntad individual para que la eficacia del sistema genere la paz social pretendida.

Evitar conflictos sociales debe estar en el ideario de todo sistema estructurado de poder, lo que se puede lograr con una gran dosis de autoritarismo centralizado, de la que se sigue una paz vigilada; o por medio de la participación directa de la población en una estructura de responsabilidad subsidiaria, en la que la paz está directamente relacionada con la implicación objetiva de la ciudadanía. Cuando existe autoritarismo, los deberes se sobreponen sobre los derechos; cuando existe gestión política democrática, los derechos priman sobre los deberes; pero observado desde una perspectiva de consolidación de la paz, la sociedad precisa tanto del cumplimiento efectivo de los deberes como de la preservación de los derechos, diferenciando, entre los distintos sistemas de poder, el que en los sistemas autoritarios la correlación de derechos y deberes no es responsabilidad del pueblo, mientras que en los sistemas democráticos sí, lo que, como se ha comprobado, no es garantía de paz sino si existe entre la ciudadanía respeto mutuo y sujeción al principio ético universal: tratar al otro como cada uno desearía ser tratado.

La cohesión social y la superación de toda estratificación ciudadana por clases o castas tradicionales es esencial para conseguir un substrato social propicio a la concordia y la paz. La perspectiva de la igualdad se pierde cuando los sistemas monárquicos, aristocráticos, oligárquicos o partitocráticos generan una realidad político-económica como la actual, en la que el 10% de las personas más ricas se reparten más del 75 % de la riqueza mundial, mientras que el conjunto del 50% de la población con menos recursos sobrevive con el 8,5% de la renta mundial y apenas posee en patrimonio el 2% de la riqueza. (Ref: World Inequality Lab, 2022). Estos datos evidencian la desigualdad creciente en la sociedad contemporánea y la irresponsabilidad política global que, por proteger privilegios, permanentemente pone en riesgo la generación de la paz social.

Uno de los principios esenciales para el acceso a superar la divergencia social radica en la efectiva protección del derecho a la igualdad de oportunidades en el acceso a:

  1. La enseñanza.
  2. La cultura.
  3. El trabajo.
  4. La sanidad.
  5. La familia.
  6. La financiación de la vivienda.
  7. La protección social ante la adversidad.
  8. El desempeño de cargos públicos.
Disfrutar de esa perspectiva de vida desde que se alcanza el uso de la razón supone una garantía de paz social muy importante, pues se crece en un ámbito de solidaridad en el que la sociedad representa el medio ideal de progreso para alcanzar una vida digna.

Pero no todo en la sociedad lo dispone el sistema político, sino que la solidaridad se enfrenta a su más despiadado enemigo: el egoísmo personal. Desde los principios de la humanidad la razón del ser humano ha estado subordinada al afán de dominio, y aunque se pactara la cooperación mutua para mayor progreso y beneficio común, la tendencia individual hacia la especulación y la corrupción creció paralela al bienestar conjuntamente adquirido, lo que propició los enfrentamientos entre grupos y la paranoia del dominio y la sumisión. Creada la división entre hombres libres y esclavos, entre dominadores y súbditos, entre cultos y ignorantes, por etnias, por género, por ideología... ha perdurado hasta hoy la pretensión ciudadana de valerse de la sociedad para acceder al progreso, para sentirse protegido, para medrar en los negocios, como si los beneficios adquiridos resultaran únicamente del propio esfuerzo, sin valorar que, sea mucha o poca la riqueza de que se disfruta, la mayor parte de ella se deduce de vivir en sociedad. Es esa mentalidad solidaria o egocentrista la que define el compromiso individual y colectivo de las naciones, cuyo reflejo luce en ideologías que generan la paz social o la permanente inquietud de contienda.

Uno de los ámbitos más conflictivos de la sociedad se corresponde con la actividad laboral, pues del trabajo invertido en ella surge la remuneración con la que cada ciudadano consigue el grado de bienestar debido o la carencia del mismo, índice prioritario de la cohesión social alcanzada por la comunidad. En toda sociedad existen grupos que aglutinan las diferenciadas formas de intervención en la producción, desde los inversores de capital, los directivos, los ejecutivos, los empleados, los autónomos, los profesionales independientes, los funcionarios y cuantas formas para repercutir sobre la sociedad el beneficio del trabajo se constituyan a lo largo de los siglos; de la aportación laboral de cada uno de los ciudadanos se siguen derechos y deberes, para cuya reivindicación, desde hace siglos, se han creado gremios o asociaciones para hacer valer los derechos de las partes contratantes, tanto en la empresa como en el comercio, de modo que sobre las asociaciones reconocidas como agentes sociales recae la responsabilidad de pactar condiciones favorables para toda la sociedad, tanto respecto a la productividad, los horarios, la seguridad laboral, el reparto justo de los beneficios obtenidos, la protección social y cualquier otro factor relativo a la producción. Como de la conflictividad entre esos agentes no se deriva sino perjuicios para toda la comunidad, es por que adquiere una trascendencia primordial para la paz social que un permanente diálogo sea quien dirija las relaciones laborales, de modo que sean los acuerdos alcanzados directamente entre los agentes sociales los que inspiren las leyes, y no que los gobiernos impongan su criterio a favor de una parte, de lo que no se sigue sino una fractura social, aunque sea cierto que el Estado no puede dejar de ejercer su responsabilidad con la justicia.
 

Violencia.

La violencia entre humanos se materializa en el uso de la fuerza o la trampa para reducir derechos ajenos e imponer la propia voluntad. Aunque de los tiempos prehistóricos no se posean datos para avalar la agresión entre personas, los vestigios de la representación de armas dejan constancia del recurso a la violencia, al menos para la caza, que, por más que supliera una necesidad de alimentación, ello no obsta para demostrar cómo ya el ser humano utilizaba su inteligencia para fabricar instrumentos que potenciaran sus limitaciones para imponer su poder. Quizá la referencia más lógica para suponer que entre las personas haya existido violencia desde el inicio de su existencia sea el comportamiento actual de tantas especies animales, que recurren a la violencia para imponer dominio territorial, alimentarse o copular.

El hecho de estar dotado de inteligencia no atempera la pasión hacia la violencia, sino que utiliza la razón para idear medios a través de los cuales potenciar su capacidad, de modo que ya el enfrentamiento no lo domine quien posee más fuerza física, sino quien a través de la destreza logre incrementar su poder destructor, bien a través del armamento, de la agrupación de fuerzas o de la astucia para sorprender desprevenido al contrario. Lo que también ofrece la inteligencia de la persona humana es la justificación de la razón respecto a la utilización de la violencia, mediante el recurso al concepto de defensa, que ampliamente aplicado puede justificar todo tipo de violencia, bastando para ello considerar que cualquier otro puede ser un agresor potencial.

La violencia se da en todos los ámbitos de las relaciones humanas, desde la familia, donde tradicionalmente se ha impuesto el machismo por la superior potencia física del varón respecto a la mujer, hasta los grandes conflictos internacionales, pasando por los enfrentamientos tribales, las guerras fronterizas, los embargos comerciales, etc. De hecho lo excepcional de la historia son los periodos plenos de paz, si bien hay que entender que las guerras han gozado de mucha mayor difusión documental, ya que para los vencedores la propaganda bélica ha supuesto la certificación de su capacidad de domino, aunque el lograrlo haya sido a costa de innumerables pérdidas en vidas humanas y se  haya sembrada la semilla del odio.

Muchas ideologías fundamentan en la violencia su razón de ser, en cuanto es el método por el cual se alcanza el domino sobre el prójimo, haciendo de la instrucción bélica y paramilitar una cultura de poder amparada en la disposición para la defensa, aunque de hecho no exista un enemigo cierto, sino el artificialmente creado en quien no comparte la misma ideología. Ello no proliferaría entre la humanidad si no fuera porque en el carácter de los individuos está codificada la violencia con la que la mayoría de los mamíferos se imponen para el dominio entre y fuera de la especie. Es la conciencia humana la que, reconociéndose sujeto del destino de la humanidad, debe actuar controlando el carácter individual para que las relaciones entre las personas se adecuen por el ejercicio de los deberes a la preservación de los derechos, tanto los ajenos como los propios. Es evidente que cada individuo puede reivindicar seguir los dictámenes de su carácter, como una forma más genuina de realización personal, pero ello será lícito en cuanto el ámbito en el que se aplica sea particular, o sea, no perjudique a ningún otro; es lo propio del tema de la novela Robinson Crusoe, donde el protagonista en su soledad es único responsable de la consecuencias de cada uno de sus actos; ello debería corregir a las ideologías liberales, en cuanto estas olvidan que viviendo en sociedad la afectación de los actos propios sobre los demás exigen la contención de la ambición, sobre todo en lo que la razón debería advertir a la conciencia de que casi todo el potencial personal es consecuencia de haber recibido una cultura social, no sólo de la genética expresada en el carácter; por ello la novela mencionada acentúa las diferencias éticas y morales entre Robinson y los salvajes. Configurar una personalidad solidaria, que respete al resto de la comunidad como se desea ser respetado, es la gran cortapisas de la violencia que pone en peligro la convivencia y la paz, bastaría para ello considerar lo mucho que se recibe de la vida en común y que ello facilita la asunción de la mayoría de las responsabilidades personales.

Toda violencia genera un rasgo de pasión por la guerra como medio de imponer los propios intereses sobre los de los demás; por lo que la cultura de la no-violencia no es vana, sino imprescindible en la educación, donde se formaliza la vigencia del respeto sobre el capricho, de la pluralidad sobre el individualismo, de la solidaridad sobre el egoísmo. La violencia despierta a la violencia, porque parece que la confrontación entre poder y poder la legitima, y esta apreciación comprende desde las relaciones más particulares a las que conciernen al mundo global de las relaciones internacionales, sobre las cuales sigue vigente que quien está en la causa es responsable de los efectos derivados, por lo que de las injusticias universales no se salva la humanidad completa, en especial los grandes imperios, los grandes oligarcas, los referentes sociales... pues a todos afecta su responsabilidad tanto como intervienen en la generación de las causas que inducen a la violencia.

El pacifismo ha sido denostado históricamente por la sociedad como ideología de cobardes, aunque para la mayor parte de la población haya supuesto el ideal adecuado en el que desarrollar una vida productiva y remuneradora. El imaginario de las posibilidades de enriquecimiento que generaban los botines de guerra ofuscaba la mente, no sólo ante los peligros inherentes a la guerra, sino también por la inmoralidad del dominio sobre otras gentes a través de la violencia. El engrandecimiento de la patria ha justificado las conquistas del resto del mundo por las potencias que tenían capacidad para imponer su maquinaria bélica. Obsérvese, por ejemplo, como, de forma casi sarcástica, se denigró la contestación a la guerra por parte de los movimientos de jóvenes pacifistas tras la conclusión de las guerras mundiales del pasado siglo. No es que en épocas anteriores la ignorancia del pueblo le hiciera víctima de las levas de los soberanos para extender sus dominios, sino que en nuestros días sigue existiendo un déficit de difusión del pacifismo en la enseñanza reglada, que genere pueblos soberanos que aborrezcan la violencia como método de resolución de conflictos. El fracaso de las instituciones internacionales concebidas para la preservación de la paz corre parejo a su incapacidad para lograr la cohesión universal de la sociedad mediante la aplicación de una filosofía que auténticamente auspicie una distribución tal de la riqueza que complazca al mundo entero.
 

Justicia

Considerar la relación de la paz con la justicia parece una cosa obvia, ya que si las vinculaciones entre personas se realizaran según los modelos de relaciones de justicia, no cabría lugar a la violencia, pues, si existe el acuerdo en un relación que incluya la consideración mutua de la conveniencia aunque se alternaran la posición de las partes en el concierto, no cabría la queja ni a la denuncia. Que en las relaciones humanas se supere la pretensión de dominio sobre el otro, puede parecer utópico, pero desde la percepción de la justicia es el único modo cierto de garantizar la paz. Quien hace de la injusticia la causa monitora del provecho sobre el derecho ajeno, podrá gozar de beneficios materiales, pero su conciencia perderá la paz, pues el débito con los demás, con la sociedad, en la transgresión de los deberes de justicia es como la sombra moral que acompaña la existencia de los individuos. La suma de las infinitas mínimas injusticias son las que enturbian la convivencia social, generando modelos de convivencia muy alejados de los que corresponderían a la razón humana, de lo cual puede concluirse que la sociedad actual mayoritariamente instruye para el dominio y no para la permuta de servicios.

Ser justos es la esencial consecuencia del principio universal que reconoce como deber el tratar a los demás seres humanos como a cada uno le gustaría ser tratado. Todos los compendios de derechos y deberes humanos contienen referencias como: Toda persona tiene... Nadie estará sometido a... (citas como ref: Declaración Universal de derechos Humanos, Pacto internacional de Derechos Civiles y Políticos; Convenio para la Protección de los Derechos humanos y de las LIbertades Fundamentales) lo  que excluye toda justificación ante la justicia de consideraciones xenófobas, pues todas las personas poseen igual dignidad, compartan o no: la etnia, la nacionalidad, el sexo, la situación social, la edad, la religión, etc. Nada distingue a las personas entre sí sino la individuación inherente a su singularidad, a su personalidad y a su libertad. La sociedad global es una sociedad de individuos obligados a conjugar al tiempo lo uno y lo diverso, lo que hace necesaria la consideración de la justicia respecto a la igual protección de los derechos y deberes de todos, al tiempo que se respeta la libertad de las individualidades diversas. Es fácil considerar la equidad debida con las personas próximas en condición social, en recursos económicos, en cultura... pero cuesta considerar la imparcialidad respecto a los derechos y deberes cuando la relación establecida concierne a personas diferenciadas por aspecto, educación o inferior estrato social, pues en estos casos el egocentrismo mental impide el juego intelectual de qué se derivaría de intercambiar la posición en las partes en la relación.

La condición social en cada tiempo y lugar de la historia configura en gran parte el pensamiento y la voluntad de las personas, según el legado de la educación recibida; no obstante, la conciencia ética mueve a considerar si esa formación aceptada facilita o no el respeto universal a todo individuo, en especial en lo referente al derecho a gozar de una igualdad de oportunidades para el desarrollo humano. Por una parte la mente debe escrutar si los valores tradicionales están en concordancia ética con los actuales, pues si los antepasados fueron responsables de una equidad ficticia, ello no justifica que las nuevas generaciones deban secundarlos en el error; por otra, siempre cabe considerar la justicia que cada uno hubiera reivindicado si en vez de nacer en unas determinadas circunstancias lo hubiera hecho en una sociedad con menos recursos, porque en esta consideración más global de la justicia sigue siendo pertinente la doctrina de: Trata al otro como te gustaría ser tratado si estuvieras en sus circunstancias.

No corresponde a la justicia es sí lograr la igualdad entre las personas, sino facilitar la cohesión social que permita limar las diferencias en el ejercicio de los derechos, al menos, en la paridad del cumplimiento de los deberes. La ley y la justicia deben favorecer el acceso a los derechos humanos sin descuidar que el compromiso con el cumplimiento de los deberes marca una distinción real de mérito que diferencia a unas personas de otras. Por ejemplo: del interés por el estudio y el trabajo se deduce la generación de riqueza que debe recompensar el esfuerzo invertido; de la inversión del capital --adquirido por medios lícitos-- en medios de producción y no gastarlo en satisfacciones perecederas, se siguen condiciones de vida que deben recompensar a quien mira por el bien común y no derrocha los beneficios obtenidos; la constancia en el cumplimiento de los deberes éticos retribuye una consideración social que no alcanza quien frivoliza su existencia tras objetivos mezquinos. Las verdaderas desigualdades que la justicia debe atajar no son las deducidas de la legitimidad, sino aquellas que atentan como causa del efecto de desamparo ciudadano ante la carencia de similares oportunidades para desplegar su personalidad.

Hace miles de años, en el libro de los Salmos de la Biblia, se escribió: Se han dado el abrazo la justicia y la paz (Sagrada Biblia, Nacar-Colunga, 57 edición, pag: 774). La paz facilita la práctica de la justicia y de la práctica de la justicia se deduce la paz; pues la paz entre los seres humanos, por más que se considere como la tendencia natural de su racionalidad, realmente no se logra sino parcialmente y tras un importante esfuerzo por alcanzarla como objetivo, mediante el hábito de obrar en las relaciones interpersonales con la justicia que equipara las emociones propias con las ajenas en el análisis del valor deducido de la relación social. De la quiebra de la justicia se sigue el déficit de la paz; incluso podría afirmarse que toda injusticia posee en su estructura profunda un componente de violencia, de aversión, de imposición de dominio sobre el otro que incomoda la vigor de la paz.

Dentro de la política de todo Estado ha de haber la debida organización para administrar la justicia en los conflictos entre ciudadanos y entre estos con las administraciones públicas. Realmente esta institución no hace que las relaciones sean justas o injustas, lo que pertenece a la equidad en la conciencia de las personas, sino que sentencia sobre los deberes y derechos incumplidos respecto a los que la ley dicta para organizar la convivencia. Ya en el siglo XVIII, al comienzo de la Era Contemporánea, el jurista Montesquieu en su célebre tratado El Espíritu de las Leyes advirtió la necesidad de que la justicia se administrara por jueces independientes del poder legislativo y ejecutivo, como garantía esencial del respeto a la libertad ciudadana. En el libro citado se puede leer: No hay libertad si la potestad de juzgar no está separada de la potestad legislativa y de la ejecutiva; y también: Todo estaría perdido, cuando el mismo hombre, o el mismo cuerpo, ya sea de los nobles o del pueblo, ejerza esos tres poderes: el de hacer leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas, y el de juzgar los crímenes o las diferencias entre particulares. La nueva política que diferencia los regímenes modernos del autoritarismo del Antiguo Régimen exige garantías de libertad ciudadana que sólo pueden ser medianamente creíbles cuando la administración de justicia no está al servicio de los poderosos, sean estos los representantes públicos de los ciudadanos, los oligarcas económicos, los monopolios, las corporaciones  fácticas o las potencias internacionales. Piénsese que la administración de la justicia tiene como objeto la restitución del derecho conculcado a cualquier ciudadano, lo que sería imposible de conseguir si el juez, que debe dictar sentencia sobre esa realidad, debe su cargo a quien ha perjudicado al ciudadano. La difícil tarea de la independencia de la justicia es unas de las dificultades irresuelta de la democracia, pues si la promoción de los jueces se realiza mediante gestión del ejecutivo o del legislativo no queda preservada la separación de poderes; pero si se deja en manos de la corporación de los juristas, los caciques de entre ellos serán  los que detenten el poder judicial, en vez del pueblo. Tómese en consideración que cuanto más estratificado está un país en clases, más se evidencia cómo el estamento judicial está situado en los más altos, y por ello los estratos menos favorecidas calificarán a la justicia de clasista, lo que sólo puede evitarse si la igualdad de oportunidades para acceder al ejercicio de la judicatura se extiende a toda la población por igual. En el ejercicio de su función el juez no sólo puede basarse en la rígida aplicación de los códigos de justicia, sino que también debe aplicar la epiqueya de la ley, por la que antes de condenar puede evaluar si para las condiciones particulares del acusado el legislador habría dictado esos preceptos legales, o cuando valore que una transgresión penal ha sido inducida por un estado de necesidad. El servicio del poder judicial a la paz de una comunidad es proporcional a la percepción que el pueblo posee de que la justicia no es arbitraria, ni partidista, ni clasista, ni endogámica, ni está sometida a ningún grupo de presión; del mismo modo que sirve a la paz cuando se percibe como ágil, pronta, eficiente, transparente.
 

La represión moral.

La inquietud en la conciencia es causa de pérdida de la paz en la medida que siembra desconcierto sobre el objeto a conseguir. El ser humano es ante todo un ser responsable en virtud del conocimiento intelectual que posee sobre los efectos causados por sus actos. Si sólo fuera materia, su proceder resultarían de la atracción sensorial de los objetos externos gratos a alguna apetencia o necesidad orgánica; así satisfaría necesidades alimentarias, de ocio, de reproducción, de hegemonía, de modo semejante a las demás especies animales. La realidad psicológica derivada de conocer que conoce repercute en su conciencia la responsabilidad de la reflexión intelectual, o sea, de su capacidad para conocer indiciariamente el fin a alcanzar al obrar, tanto respecto a si reporta para sí beneficio, como si de de ello se sigue un perjuicio para otro. Esta consideración de la reflexión respecto a la afectación del entorno a sí, que genera la moralidad de la conciencia, es debida a su adscripción social, pues si viviera en alistamiento, sin conocimiento reflexivo de la existencia ajena, no tendría posibilidad de pensar sobre la repercusión moral de acto alguno salvo sobre su propia estima.

A veces aparecen disquisiciones sobre los límites morales que diferencian las distintas especies de seres vivos. Respecto al carácter se pueden establecer paridades entre los humanos y algunas especies de mamíferos, especialmente los primates; pero en la constitución de la personalidad es donde la raza humana se especifica, porque la configuración de la personalidad es reflejo de la creatividad, la cual es propia de la intuición aplicada a la experiencia. De la contemplación de cómo cada persona, desde su ámbito de libertad racional, construye un modo y manera de ser en el que concierta sus emociones con la realización proyectiva de su espíritu se deduce la moral que induce la paz subjetiva en la conciencia. No obstante, esa paz íntima se inquieta cuando ve perturbada las condiciones que facilitan su realización.

La represión moral es una forma de violencia que no se dirige a la sensibilidad corporal, sino a la paz de la conciencia. Perturbar la psicología del alma humana busca desarmar el centro neurálgico que gestiona las emociones, la creatividad, las intuiciones, la inventiva, la confianza, etc. De alguna manera es atentar a la sociabilidad natural de la persona mediante la confusión en su expresión, su reflexión y su deducción, creando un desorden mental capaz de anular la personalidad, para que se obre sólo con la certidumbre básica de las determinaciones del carácter. Se trata, en resumen, de reducir la sustancia espiritual individualizante para que aflore la dimensión material generalizante.

La represión moral es tan antigua como la esclavitud, donde la vida en paz de los esclavos era tan ficticia como lo determinaba su falta de libertad. Superado el Antiguo Régimen, evidenciar la esclavitud es uno de los mayores delitos contra los derechos humanos en que pueda caer un Estado, por ello se evitan las coerciones físicas, pero siguen practicándose la represión moral sobre las conciencias desde el ámbito familiar, al comunitario y al internacional. El machismo, las sectas, las oligarquías, el caciquismo... no serían posibles sin la represión moral que anonada al pueblo a través de la subyugación en los más elementales modelos de relación, pues cuando se acepta el principio de necesidad para convenir como parte perjudicada de una relación injusta es está empeñando el derecho a vivir en paz.

¿Quién no conoce hogares en los que la paz ha estado siempre ausente por el dominio psicológico de uno sobre los otros? ¿Quién no ha experimentado alguna vez en su vida la intranquilidad fruto de la mentira, la difamación, la calumnia o la atemorización? ¿Acaso por tolerada deja de ser nociva para la paz personal la represión moral de la propaganda ideológica, la publicidad engañosa o la denigración pública de la excepcionalidad a lo políticamente correcto? Precisamente la paz reconocida por el pueblo es uno de los índices más fiables de la prosperidad eficiente del sistema social establecido.

La represión moral es tanto más grave cuanto mayor es la diferencia de poder entre quien la ejerce y quien la padece, por lo que es necesaria la protección del Estado, en especial sobre los más débiles, quienes están más expuestos a ella. En el ámbito familiar es posible cuando el cabeza de familia impone su propio proyecto de vida para los hijos, sin tomar en consideración que los hijos han de desarrollar su propia personalidad como mujeres y hombres libres. En la comunidad la represión moral proviene de imponer a las nuevas generaciones la ideología de sus progenitores, pues quien está en el poder siempre considera que su gestión es más beneficiosa para el pueblo que las novedades propiciadas por la emergente oposición; se confunde la lealtad a la patria con la servidumbre a las tradiciones, la libertad religiosa con la sujeción a los ritos establecidos, se aborrece la igualdad de género, se fomenta el pánico ante la amenaza terrorista, se peyora la cohesión social... pero todo sin evidenciar una violencia física, sino mediante la coacción a la difusión de la cultura, al asociacionismo, al ejercicio de la libertad. Podría parecer que este comportamiento tan restringente es sólo propio de sistemas autoritarios, pero incluso en los países de más tradición demócrata se ejerce desde los poderes fácticos una restricción de la libertad que redunda en el debilitamiento de la paz.
 

El negocio de la guerra.

Para quienes consideran que el fin del trabajo es el negocio, no el intercambio de servicios entre las distintas personas, el único fin que encuentran a toda la actividad creativa es ganar dinero y con el dinero adquirir poder para incrementar la riqueza. Aunque la conquista del bienestar es lícita, el atesoramiento de la riqueza no lo es cuando se ignora las necesidades esenciales del resto de la humanidad, en especial si los bienes generados proceden de relaciones de explotación laboral o de actividades cuyo fin es contrario al respeto de la vida ajena.

La reivindicación a la libertad, que la filosofía liberal ha divulgado como dogma esencial de realización para todo ser humano, admite como el fin esencial de la producción y el comercio la obtención del beneficio particular, que, dependiendo del consumo, sigue una lógica de cálculo por la que, amortizados todos los gastos invertidos en la creación y producción del producto, el precio de venta alcance el perfil superior con el que se obtenga el máximo beneficio. En ello la figura del consumidor es absolutamente pasiva, pues se reduce a percibir el limitado conjunto de productos accesibles a su poder adquisitivo. Para paliar la injusticia intrínseca capaz del comercio, el Estado ha de intervenir como mediador entre al productor y el consumidor, facilitando que los derechos de la pluralidad de los ciudadanos sean los que arbitren y ajusten la leyes del mercado; pero esa intromisión del Estado no es bien vista por todos: para unos porque limita la iniciativa que les hace ricos, para otros porque no les saca de pobres. El concepto de ricos y pobres está muy manipulado, según el interés con el que se emplea, ya que el mismo representa una capacidad social y no económica; valga una definición de ello fundamentada en la sociología, no en el materialismo: Es rico el que puede ofrecerse de continuo lo que la clase media sólo alcanza a disfrutar de modo extraordinario; es pobre el que sólo puede disponer de modo extraordinario lo que la clase media consume habitualmente.

Aunque la teoría liberal es muy restrictiva respecto a la intervención del Estado en la producción y el mercado, no lo entiende así cuando el negocio entre manos es el del armamento, ya que, como corresponde al Estado la función de la defensa, el gobierno de turno de la nación es quien administra esa parte sustanciosa del presupuesto nacional para la definición de las inversiones en proyectos, fabricación, compra y venta de un material tan sensible para la seguridad, que hace que todas esas operaciones estén tan amparadas en una tal discreción comercial que facilita la generalización de la corrupción. Muy posiblemente esa opacidad en el comercio de las armas lo convierte en el más rentable y anhelado de los fabricantes, los intermediarios y los funcionarios beneficiados de adjudicar y contratar al margen de normas de competencia.

La carrera armamentística por ser la potencia dominante del orbe, que supone reinventarse de continuo sobre la evolución del armamento, es la garantía de la rentabilidad de una industria que precisa de la guerra para certificar la eficacia de su maquinaria de destruir y matar, pues el combate es el medio ideal tanto para optimizar la eficacia destructiva de las armas, como su mayor publicidad en el comercio bélico. Todos los Estados justifican su inversión en defensa como medio de garantizarse la paz, pero cuanto más armamento en el mundo existe con mayor poder de aniquilación, más fácil es que las disputas políticas entre naciones acaben en conflictos armados de imprevisible cálculo de destrucción, pues en la medida que se dispone de armas de destrucción masiva, los ejércitos se consideran obligados a utilizarlas, pues carecería de sentido los enormes costes para la ciudadanía invertidos en su diseño, producción y conservación si prevaleciera el prejuicio para su utilización. Considerar que la competición entre las grandes potencias por la hegemonía en el poder de destrucción sobre el enemigo es una garantía de supervivencia y paz para sus respectivas naciones, en el difícil equilibrio de la guerra fría, es como aguardar a que se cumpla el presagio de que las armas las carga el diablo para que se materialice una destrucción masiva en la humanidad. Es cierto que todos los gobiernos apuestan a que de las consecuencias de esa confortación masiva van a salir fortalecidos en su objetivo de dominio universal, pero lo que no se puede negar, incluso en los menores conflictos, es que la responsabilidad por la destrucción del derecho de las víctimas a vivir en paz recae no sólo en los políticos y los militares, sino también en los ciudadanos civiles que respaldan las políticas bélicas.

Todo el que participa en una causa es responsable de los efectos positivos y negativos que genera la misma, en la parte proporcional en que se interviene como sujeto activo. Así, de la guerra y subversión terrorista no sólo son responsables los políticos y dirigentes que las declaran, los militares que las dirigen y los soldados y mercenarios que las ejecutan, sino que de todas las consecuencias de las mismas participan quienes hacen posibles, directa o indirectamente, el diseño, fabricación y comercio de armas, quienes las favorecen con el espionaje, quienes las financian a distancia, las potencias cómplices que facilitan armamento, quienes hacen propaganda a favor de las contiendas, quienes niegan el derecho a la objeción de conciencia, etc. Todo aquel que conscientemente influye con su aportación intelectual o material en hacer posible los efectos destructivos de las armas es responsable de ello, por más que se aduzca que su aportación únicamente tiene por objeto la defensa, pues es casi imposible asegurar que ello se lleve a cabo así.

Otro daño colateral a la paz de la carrera armamentística es el producido por el comercio del material bélico que las principales potencias desechan al sustituirlo por otro más moderno, pues una gran parte de él sigue práctico para su fin destructor en el descontrolado mercado universal del armamento. Los países menos desarrollados han de acudir, para armar a sus ejércitos, a la compra de material de segunda o tercera mano, del que a veces una parte importante del mismo es desviado al mercado negro de armamento y munición del que se nutren los movimientos rebeldes, los grupos terroristas y las mafias. Los hombres de la guerra, quienes medran económicamente con las mismas, no tienen por que radicar en los países en conflicto, sino que mayormente realizan sus operaciones mercantiles desde otras naciones donde plácidamente comercian sin riesgo para sus vidas, de modo discreto y aparentemente exentos de responsabilidad de las consecuencias derivadas de su actividad comercial.
 

La revolución del orden.

En un nuevo tiempo social, en el que se intenta sistematizar la política desde la opinión ciudadana, debería evidenciarse cómo el pueblo opta por la paz. Muy posiblemente, ni toda la población posee una preparación pertinente para opinar con fundamento, ni existe una mayoría capaz de aventurarse a secundar los cambios necesarios para posibilitar un mundo en paz; sin embargo, tanto la agresividad bélica como el deterioro del planeta están proyectando inconvenientes tales como para que la intranquilidad haya arraigado entre las emociones más negativas de gran parte de la población: en los jóvenes porque observan con inquietud el futuro de sus vidas; en los mayores por admitir no dejar el mejor de los mundos a sus descendientes. Se detesta la violencia, pero no se elimina de las pasiones personales; se añora la paz, pero no se trabaja con empeño por hacerla realidad. Esa prevalencia de las contradicciones es lo que demanda una revolución del enfoque de las relaciones humanas, pero una revolución novedosa cuyo activismo no se dirija a la destrucción del otro, como cuando se procede con violencia, sino regenerando una cooperación mutua, sin poner límite a lo diverso, que reconfigure el orden social.

En lo que respecta a la paz subjetiva, la que se pierde por las contradicciones entre como se es y como gustaría ser, los estereotipos y modelos que crea la sociedad tienen tanta más influencia sobre la propia estima en cuanto los medios de comunicación difunden un imaginario social identitario muy alejado de la realidad; toda vez que, sin realzar los valores psicológicos de la personalidad, difunden formas de comportamiento y apariencia con objeto de estandarizar como necesario un consumo que ni es apto para todas las figuras, ni adecuado a la capacidad adquisitiva de gran parte de la población, salvo que den prioridad a los gastos superfluos sobre los adecuados que favorecerían pautas de comportamiento más legítimas. En el pasado siglo, el filósofo Ortega y Gasset auguraba la rebelión de las masas, revalidada con la globalización de las nuevas tendencias de comunicación social que facilitan la alineación del pensamiento en torno a criterios uniformes, que, tras el espejismo de difundir la libertad, lo que realmente generan es una alienación de los comportamientos humanos. La vorágine por el consumo del predicado bienestar prioriza el tener, sobre el ser, lo que no evita que la conciencia personal reflexione de continuo lo infeliz que se puede ser a pesar de haber alcanzado un grado de bienestar adecuado. La masa expresa la colateralidad en el pueblo, pero no la empatía que debería establecerse de los unos para con los otros; de modo que, si el trato con los demás elude el respeto mutuo, se imposibilita la sujeción a la máxima social de tratar al otro como de él se quisiera ser tratado, que garantiza en gran parte la paz subjetiva, no porque del otro se carezca de apoyo ajeno, sino porque sin la inquietud por el bien del prójimo se resiente la responsabilidad de ser.

Vivir bajo la amenaza de miles de ojivas nucleares operativas, aunque las potencias argumenten que las poseen con fin de disuadirse mutuamente de utilizarlas, no deja de perturbar la paz objetiva de cuantas personas pueden ser víctimas directas o indirectas de su poder destructivo. Tras el horror de certificar el poder masivo de destrucción de ese armamento, las potencias reclaman para los demás países la restricción de su diseño y fabricación, como garantía de seguridad mundial, pero no consideran la enorme injusticia que ello en sí mismo encierra, pues no basta con detener el incremento del riesgo nuclear si en verdad se quiere atender a la seguridad del planeta, sino que todo ese armamento debería ser eliminado. Ello no sólo mejoraría la perspectiva de tranquilidad universal, sino que ahorraría las necesarias inversiones para sostenerlo operativo; a más que el mero hecho de alcanzar acuerdos de desarme facilita el itinerario para una paz duradera. Pero como los hombres de la guerra no cejarán en su empeño de acrecentar la capacidad destructiva de las armas, corresponde a la sociedad civil obligar a sus respectivos Estados al desarme, al recurso a la vía del entendimiento para resolver los conflictos y a sostener criterios de justicia en la relaciones internacionales, justicia que se expresa en evitar la opresión que no admitirían para sus ciudadanos si fueran los habitantes de ese otro país; cuya forma de aplicarlo comienza en extender los derechos reconocidos en la leyes de la propia nación en cualquier relación internacional que se establezca.

Del análisis de los sistemas políticos existentes en la actualidad, cabe de común considerar como un progreso para el orden social el que el ejercicio de los deberes se prioricen sobre la demanda de los derechos. Es cierto que entre derechos y deberes existe siempre una correlación --tanto en las leyes, como muchas veces se evidencia de cada concertación-- por lo que la justicia se da si se cumplen unos y otros por cada parte comprometida; lo que ocurre es que el beneficio del deber cumplido recae de inmediato como un bien, mientras que el debate sobre lo concerniente al derecho con frecuencia hay que recurrir al sistema judicial para dirimir la interpretación del mismo, con la demora de tiempo que conlleva. Ser eficiente en el cumplimiento del deber beneficia las relaciones sociales tanto a gran escala como en las obligaciones de familia, y no sólo para los demás en quien recae el beneficio de su aplicación, sino también para el sujeto activo que lo realiza, pues del cumplimento del deber se sigue la felicidad y la paz.

La integración de la ciudadanía por el medio establecido en la responsabilidad nacional la hace estar en la causa de las decisiones políticas, según el grado de afectación que la integre en la configuración del poder, de modo que el orden social no le es ajeno, salvo en los sistemas autoritarios que siguen considerando al pueblo como súbdito. Esa responsabilidad es la que debe dirigir la mente y la voluntad de cada ciudadano de paz para trasladar a la política sus convicciones, a través de los cauces establecidos de participación. Cuando en un sistema se advierte una clara distinción entre el pensamiento popular y el poder efectivo, o falla el sistema de representación, o está alterado por la trampa estatal, o la ciudadanía ha caído en la postración del ejercicio de sus derechos. Si entre el poder del Estado y la sociedad civil no existe un paralelismo emocional en temas tan trascendentales como la libertad religiosa, las políticas de familia y natalidad, la distribución de los beneficios del trabajo, la libertad de expresión y manifestación, la igualdad de oportunidades, la independencia de la justicia, la integración internacional... precisa de una pacífica revolución del orden social y político, hasta que casen en sus fundamentos y aplicaciones. Algunos justifican que eso ya es efectivo en los sistemas democráticos, pero la realidad en muchas de las repúblicas que así se consideran es una confrontación entre partidos que genera división y enfrentamiento, que se refleja no sólo en la ambición de poder, sino que alcanza al trato habitual de unos ciudadanos con otros; lo que muestra cómo aún la democracia dista en su aplicación del objetivo de su definición si el poder no refleja aquiescencia con el espíritu de la sociedad.

Una de las mayores demandas a esa revolución del orden procede de la renovación generacional. Paulatinamente los jóvenes no comprenden tantas herencias nocivas que la sociedad conserva por inercia de sus antepasados. Especialmente la revolución tecnológica, que de alguna forma ha llegado hasta los últimos rincones del mundo, hace que las formas de relación entre personas haya variado mucho; considérese cómo, con la novedad de las redes sociales, se conversa menos de palabra y más por mensaje escrito; de igual manera la concepción de la política es menos pasional y más pragmática; incluso en la familia se han aproximado los roles de la mujer y el varón. Evidentemente ese nuevo orden de vida de las nuevas generaciones confronta en muchos aspectos con la convivencia de tres o cuatro generaciones al tiempo, pues cada cual de ellas considera que los hábitos de la suya son los más convenientes como patrón de convivencia social. Si el respeto y la tolerancia entre las personas es lo que debería vertebrar los cambios sociales, es evidente que cuanto más se ensanche el límite a los diverso en la conciencia personal mejor será la comprensión entre los ciudadanos y la disposición para arreglar las diferencias mediante el diálogo y la mediación. Las nuevas generaciones son conscientes de que la paz no es fácil, pero admiten hacerla posible si las diferencias sociales se reducen, si se fomenta la educación y la cultura, si la retribución por el trabajo realizado se aproxima más a la justa recompensa del esfuerzo invertido, si los derechos realmente son accesibles para todos los que cumplen sus deberes, si los sistemas de representación política excluyen la corrupción, si la justicia es independiente y objetiva, si la libertad no está condicionada por la represión física o psíquica, etc. No se debe olvidar que el valor primario de ayudarse mutuamente como en la necesidad se quisiera ser atendido forma parte de la esencia de la naturaleza intelectual humana, la que se hace realidad en función de la sensibilidad del intelecto para detectar qué puede esperar de ti el otro. ¿Quién no se ha planteado alguna vez: cuántos más recursos humanos habría para acometer todas las reformas que condujeran a la paz si se destinaran a ello una parte sustancial del coste invertido en armamento? De la responsabilidad de cada uno por dar respuesta depende el hacerlo posible.
 


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