vicio violencia virtud

JORGE BOTELLA

Sumario.

Introducción.

1ª Parte: Vicio.

    1.1. Noción de vicio.
    1.2. Moral objetiva.
    1.3. Moral subjetiva.
    1.4. Bien común y deshumanización.
    1.5. Contaminación social.
    1.6 Neutralización.

2ª Parte: Violencia.

    2.1. Noción de violencia.
    2.2. Relaciones de dominio.
    2.3  Violencia bélica.
    2.4. Violencia laboral.
    2.5. Violencia de género.
    2.6. Autoviolencia.

3ª Parte: Virtud.

    3.1. Noción de virtud.
    3.2. Responsabilidad.
    3.3. Moral personal.
    3.4. Aplicación ética.
 
 

Introducción

Vicio, violencia y virtud coinciden, desde sus respectivas etimologías latinas: vitîum, violentîa, virtus, en que los tres léxicos poseían y mantienen idénticos grafemas iniciales: "vi", y que los tres en su respectivo campo semántico hacen relación a la psicología de la persona humana, que podría identificarlos en su raíz como potencias de vida, léxico igualmente iniciado por los mismos grafemas: "vi".

Una apreciación simplista identificaría al reino vegetal con la virtud, al reino animal con la violencia y al género humano con el vicio. La virtud para el reino vegetal porque en su desarrollo vital de nacer, crecer, reproducirse y morir no perturba al reino animal y al género humano, sino que además con su metabolismo facilita oxigeno, sombra y alimentación a las otras formas de vida. La violencia se hace patente en el reino animal cuando las especies luchan entre ellas por el dominio del territorio, y dentro de cada una de ellas por la primacía para la satisfacción y la supervivencia. La adjudicación al género humano de su relación con el vicio apunta a cómo una de las pasiones que más le mueve a actuar es la ambición de poder.

Profundizando en el análisis de la personalidad humana, se puede concluir que prácticamente en su totalidad concilia actitudes de vicio, de violencia y de virtud. De hecho la razón es la que permite a las personas ponderar en conciencia la trascendencia que para su modo de ser aportan cada una de esas actitudes. En cada carácter existe la tendencia a obrar guiado por un determinado talante frente a otro; la educación instruye generando hábitos operativos; el mimetismo social inclina a potenciar determinadas formas de comportamiento en cada tiempo y lugar; pero, en última instancia, es la libertad individual la que modula la mente y mueve a la voluntad para determinar qué patrones de vida satisfacen más y cuáles menos según la conciencia incorpora la experiencia existencial.

Mientras la Psicología y la Psiquiatría estudian el reflejo del vicio, la violencia y la virtud sobre la intimidad personal, la Filosofía Social contempla la repercusión que esas actitudes mentales pergeñan para la convivencia en sociedad.
 
 

Vicio

1.1. Noción de vicio.

El campo semántico del lexema "vicio" es amplio, desde "la mala calidad, defecto o daño físico en las cosas" a "gusto especial o demasiado apetito de algo, que incita a usarlo frecuentemente y con exceso" (RAE); para este trabajo la acepción más adecuada de las indicadas en el diccionario es: "hábito de obrar mal" (RAE).

Un hábito, en una persona humana, representa una inclinación a obrar de modo preferente, incluso a veces casi espontáneo, como respuesta condicionada por una sucesión de experiencias previas.

El hábito no exime la responsabilidad de la razón ni la voluntariedad para obrar, porque no perturba a la mente respecto a la evaluación de la conciencia, sino que opera como si la respuesta supusiera un juicio suficientemente contrastado con anterioridad.

A veces el hábito se configura de manera muy personal, otras por imitación al modo de actuar de personas del entorno. De hecho existen hábitos sociales que se transfieren de generación en generación, a través de la educación o por sintonía de costumbres relevantes que determinan el modo de ser. Los hábitos sociales configuran en gran parte la idiosincracia de una colectividad, lo que no impide que cada persona se cuestione la trascendencia de los mismos sobre su idoneidad. Las modas, o sea, la generalización del gusto contemporáneo define en gran parte los hábitos usuales en cada época, pero también constituyen un revulsivo para el cambio y la personalización de unos hábitos por otros más novedosos.

A veces se confunden las aficiones con los hábitos y los vicios; dado que las aficiones se generan al practicar actividades que satisfacen los sentidos, sólo se podrían considerar negativas para la personalidad si de ellas se sigue un perjuicio para quien las practica o para su entorno social o material. Aunque satisfaga, la negatividad de una afición puede provenir a resultas de que la atracción que ejerza sobre las emociones de un individuo sea tal que se convierta en un hábito con una fuerza coercitiva que conduzca a abandonar otras responsabilidades: en esos casos se puede hablar de vicio, no porque la afición sea en sí sobre una actividad maligna, sino porque, por la limitación material del ser humano, impida atender compromisos de trascendencia mayor.

Por su condición de hábito, los vicios, un vez arraigados en la personalidad, son difíciles de corregir; de modo que todos los individuos están condicionados por ellos, constituyendo uno de los factores que más afecta a la conciencia en la conformidad de cada persona consigo misma, especialmente cuando se es consciente del rechazo que sobre ellos sostenga el entorno social.

Relacionar el vicio con el mal derivado del obrar, como lo define el diccionario, presenta el escollo de qué es el mal y qué es el bien. Existen escuelas filosóficas que niegan la existencia de una voluntad expresa de causar el mal desde el obrar de las personas humanas, pues es de naturaleza que todo individuo busque como objeto de sus actos alcanzar un bien; de modo que el mal que pueda recaerle personalmente no puede provenir sino del error en el juicio intelectual, y que el perjuicio que pueda repercutir sobre otros sujetos no sea sino una consecuencia colateral de la limitación de la materia para generar satisfacción universal.
 

1.2. Moral objetiva.

En la medida que el ser humano se asocia, surgen relaciones que según crecen precisan de normas de comportamiento para que predomine el respeto mutuo. Se establecen autoridades que dictan leyes que regulan el bien debido de unos ciudadanos con los demás; las creencias religiosas implican prescripciones para el culto común; la comunidad científica dicta los parámetros convenientes para la salubridad general; los padres educan a los hijos con preceptos de urbanidad; los profesores transmiten los contenidos de verdad del saber universal; etc. Todo ello constituye el sistema social en el que la humanidad se implica para colectivamente alcanzar mayor bienestar, lo cual supone un conjunto disciplinar de normativas que afectan a todos los elementos del sistema: cada persona concreta, a fin de facilitarle obrar con rectitud en su relación social.

Por mucho que la sociedad como sistema dicte códigos de conducta, la realidad es que nunca abarcarán la casuística de las infinitas circunstancias de trato entre unos y otros ciudadanos, por lo que la estimación del bien y el mal, para obrar rectamente en conciencia, precisaría de un criterio universal como norma próxima de conducta. Prácticamente la mayoría de las civilizaciones han intentado afrontar ese requerimiento, que la corriente humanística ha concretado en: Obra con los demás como desearías que, en esas mismas circunstancias, obren contigo. El recurso a la razón para guiar la conciencia particular hacia el bien no tiene excusa si el individuo adopta la costumbre de deliberar la objetividad de ese principio universal para el bien obrar.

¿Por qué entonces puede surgir el vicio en las relaciones interpersonales? La respuesta a esta cuestión hay que encontrarla en que, aunque la conciencia tienda a obrar con rectitud con los demás, sea la voluntad la que, dirigida por la ambición de dominio, imponga neutralizar a la razón diluyendo todo interés foráneo al propio, constituyéndose el hábito de la preponderancia del yo sobre cualquier otro provecho ajeno.
 

1.3. Moral subjetiva.

Aunque el ser humano es un ser social, tanto más lo es de su libre albedrío, por lo que no es de extrañar que su psicología esté determinada por el egocentrismo, la ambición de poseer y de dominar. Si bien su razón le muestra cómo ha sido su configuración social el cauce que le ha proporcionado el poder extraordinario que posee sobre la naturaleza --pues compárese cómo de lento y limitado es el progreso de los pueblos aislados-- su mente no deja de aspirar a una posición de dominio sobre sus iguales que relativiza las normas de la moral objetiva para adecuarlas a su satisfacción y beneficio.

Como la norma próxima de conducta es la que mueve a la voluntad a obrar de un modo determinado, si no se vive como enseña la moral objetiva la conciencia acaba conformándose a una moral subjetiva complaciente con la ambición, cuya preeminencia de la satisfacción personal se impone primero a la solidaridad y después a la justicia.

El hábito de seguir a la moral subjetiva es tan propio de la humanidad, que la misma sociedad ha acabado otorgando a la subjetividad norma de objetividad por la implantación de determinadas actitudes sociales, aunque a la Filosofía Social le rechinen las condiciones de verdad que se perturban. Considérese como la adicción a los drogas, la prostitución, la opresión laboral, la corrupción especulativa, la pornografía y banalidad sexual, así como otros tantos hábitos son justificados desde la defensa del ejercicio de la libertad personal. Se antepone la moral subjetiva del consumo de placer a los valores de la moral objetiva del ejercicio del bien y el cumplimiento del deber.
 

1.4. Bien común y deshumanización.

El concepto de bien común está fuertemente ligado al humanismo, pero él, en sí mismo, deriva de la noción antiquísima de la amistad, pues ese respeto mutuo entre personas refleja la valoración del otro con tanta intensidad como de sí mismo. Esa amistad que procura mutuamente entre los más próximos toda suerte de dichas materiales y espirituales es el fundamento del bien común.

El límite a lo diverso que se impone cada persona, cada colectivo, cada nación, es la concreción de hasta quienes cabe considerar amigos y de quienes cada uno se debe salvaguardar respecto a los perjuicios que de otros puedan sobrevenir. Esa consideración autárquica cíclicamente se alterna con criterios de apertura social al multilateralismo y al comercio exterior, algo que fomenta la amistad entre los pueblos, su mutua comprensión y la cooperación a alcanzar colectivamente la paz y la prosperidad universal.

En la medida que se estrecha el límite a los diverso, se intensifica la sensación de que la comunicación con lo externo a ese límite entraña peligro para la propia identidad, cuyo recelo conduce a la asunción de que lo externo quede relegado del rango de la amistad y con ello excluido del ámbito del bien común. Desde esos prejuicios, tanto en una comunidad vecinal como nacional, se justifica la segregación, el racismo, la aversión, el odio contra quien se considere un factor de desestabilización del interés personal.

La obsesión participada por un mayoría de la colectividad social del distanciamiento de todo lo que pudiera alterar su bienestar no puede justificar en la actualidad el desconocimiento de que la humanidad traspasa la institución de fronteras, y la percepción de las diferencias entre unas y otras formas de vida es un estímulo para que obrar con los demás como desearías que, en esas mismas circunstancias, obren contigo incluya en la conciencia personal la responsabilidad de ser solidario con las necesidades humanitarias que puedan demandar incluso pueblos lejanos.
 

 1.5. Contaminación social.

La tendencia a unificar la actuación dentro de un grupo social genera que una gran mayoría de ciudadanos obre siguiendo la pauta común. De este modo muy posiblemente los hábitos, tanto de obrar bien como de obrar el mal, se contagian según la prevalencia que la moral subjetiva tenga sobre la moral objetiva. Es muy posible que las leyes sean sensatas, pero no tanto que las costumbres no hayan relativizado la trampa como estrategia de infringirlas en aras de la ambición particular. Que cada ciudadano quebrante al cumplimiento de algún precepto legal, de vez en cuando, no perturba el orden social de modo notorio, sea por ello sancionado o no, pero si ese modo de obrar se convierte en un hábito es cuando se puede comenzar a considerar un vicio social, pues aunque no trascendiera más que al ámbito personal la consecuencia moral negativa, por la defectividad de bien que pudiera su adicción restar a su entorno puede alcanzar la consideración de vicio; como, por ejemplo, la adicción al tabaco o al alcoholismo, a comer desmesuradamente, a desmedido afán de protagonismo, a la excesiva preocupación por la salud, etc. La mayor trascedencia negativa del vicio social se produce cuando los efectos de ese hábito repercuten sobre una merma de derechos ajenos, frecuentemente mediante conceptos tan manidos como pueden ser la estafa, la explotación laboral, el consumo de drogas, el estraperlo, el cohecho, el dispendio de la energía, el fraude electoral, la frívola sensualidad, etc.
 

1.6 Neutralización.

Neutralizar la existencia del vicio en la sociedad es imposible, porque, al afectar de modo tan directo a la libertad, atentaría a la misma esencia del ser humano, por lo que solo cabe intentar que los vicios impliquen lo mínimo posible al equilibrio de la vida social.

Es frecuente que se denuncien como vicios los hábitos ajenos, pues la tolerancia de cada persona para consigo mismo le conduce a relativizar los vicios personales, restando trascendencia a la afectación indirecta que recae sobre los demás. Lo que realmente cada persona puede aspirar es a reducir la influencia de los vicios sobre su personalidad, para lo cual es esencial que su conciencia reconozca el mal que le hacen esos hábitos, que es el punto de partida de cualquier sanación.

Es evidente que existen tratamientos psicológicos que ayudan científicamente a superar la dependencia del alcohol, de las drogas, del juego... ya que su gran relevancia ha movido a los servicios sociales de todos los países a influenciar sobre el ánimo de los afectados para luchar contra su adicción, pero ningún progreso es posible sin la aquiescencia de la voluntad de la persona afectada.

Cuando los vicios proceden de la práctica habitual de actos delictivos que perturban derechos ajenos, su gravedad trasciende del simple mal comportamiento personal, en especial cuando entraña una posición de dominio que genera impunidad, lo que induce a la reiteración del acto delictivo. Al contrario de los vicios personales, aquellos que perturban derechos de otros deben ser perseguidos por la justicia sin otro límite que el respeto a la presunción de inocencia, considerando que cuánto más se demora la acción de la justicia más coopera a que se incremente en el delincuente la sensación de impunidad que facilita el hábito perverso.

Un peculiar vicio es el de quienes se obsesionan con perseguir la "maldad" ajena desde prejuicios ideológicos próximos al puritanismo. Esa intolerancia sobre quienes transgreden preceptos concebidos sobre la identidad del pensamiento único es un vicio de relevancia social, ya que coarta la libertad de opinión, de expresión y de acción de quienes siguen los dictados de su conciencia. Ese vicio se hace especialmente patente cuando una ideología usurpa el poder absoluto de un Estado, incluso mediante unas elecciones democráticas, convirtiendo a los ciudadanos en súbditos de voluntades ajenas.
 
 

Violencia

2.1. Noción de violencia.

Para la Filosofía Social la violencia es la utilización de la potencia física o psicológica para dominar sobre otro.

El ser humano, como el resto de los seres animados, posee potencias para superar las adversidades contra su supervivencia y bienestar. La fuerza, la astucia, la creatividad, la razón, la empatía.. son facultades con las que cada persona gobierna su intervención en la vida social.

No sólo se atribuye la violencia a actos humanos, ya que sobre la sociedad también inciden factores de la naturaleza, así como del reino animal, de cuya violencia se derivan grandes estragos para la humanidad. Considérese los perjuicios históricos sobre el mundo civilizado de terremotos, ciclones, inundaciones, lava y gases volcánicos, impacto de meteoritos, etc., que repentinamente arrasan cuanto la creación humana ha edificado sobre los territorios impactados. Existe la sensación de que la inteligencia humana ha domesticado la violencia animal, sirviéndose de ella para su servicio; no obstante, basta con observar cómo determinadas especies transmiten infecciones y cómo las plagas arrasan las cosechas para advertir que aún el reino animal puede ser causa de peligros para la humanidad. No obstante esa realidad, la mayor opresión por violencia en la sociedad procede de la acción de unas personas sobre otras, de unos pueblos sobre otros, de la sinrazón de la ambición del dominio universal.

La más acuciante crisis del humanismo se ha sostenido en la historia desde la perversión del concepto de poder que ignora el principio elemental de no obrar con cualquier otro lo que no querrías que obrasen contigo. Muy posiblemente todas las personas ejercen de verdugo y de víctima, pues en determinadas relaciones imponen mediante la violencia su voluntad, al tiempo que en otras relaciones han de soportar la violencia ajena sobre sí. Frecuentemente se justifica que la imposición de la ley del más fuerte es una escala de orden natural que ayuda a la selección de la especie, pero ello no invoca sino a la reducción de la persona humana a su constitución material, no a su capacitación racional e intelectual.

¿El hecho se ser víctima alienta a imponerse como verdugo? Lo que de ello se advierta en una sociedad manifiesta el índice alcanzado de deshumanización de la misma, ya que la toma en consideración de la paciente injusticia debería alertar a la conciencia a no ser agente de un similar modo de obrar.

En sí, las capacidades físicas y psicológicas no necesariamente incitan a la violencia: ser más fuerte no tiene por qué emplearse para dominar sobre otros, ni ser más inteligente para perpetuarse en la trampa, ni al ser más hermoso humillar al menos favorecido, etc. Realmente el agente inmoral de la violencia es el espíritu de agresión, un conjunto de motivaciones egocéntricas consecuencia de la envidia, la soberbia, el odio, la avaricia, la deslealtad, el rencor... que mueven a la psique a la destrucción física o moral, de modo contenido o radical, de a quien se considera perjudicial para los propios intereses, recurriendo para ello a la lesión, a la difamación, a la calumnia, a la coacción... o sea, a cualquier modo posible de anular la capacidad de influencia del contrario. Existe una cierta excitación de la agresividad debida al carácter de cada persona como instrumento de defensa personal, que requiere tratamiento psiquiátrico cuando la razón no es capaz de dominarla, ya que la agresividad que quiebra derechos ajenos inevitablemente se enfrenta al rigor de la justicia.
 

2.2. Relaciones de dominio.

La participación de la persona humana en la sociedad se realiza a través de relaciones, que formalizan la implicación de cada grupo de personas en aquellos acuerdos de colaboración para el mutuo progreso. Realmente la sociedad no es sino el sistema que materializa esas relaciones, que en cuanto crecen requiere de fórmulas de entendimiento, como son las costumbres y las leyes. Así existen relaciones familiares, vecinales, municipales, estatales, laborales, de ocio, de solidaridad, de cultura, etc., todas ellas libremente instituidas por las personas. Como se nace en sociedad, todos los seres humanos reciben el legado social de sus antecesores, de modo que el sistema establecido inculca realmente en las nuevas generaciones los progresos y los defectos transmitidos, lo que no excluye que cada individuo sea responsable de la aplicación moral que hace del marco en el que convive.

Que la sociedad se encuentre históricamente determinada por los conflictos sociales supone el reconocimiento de la violencia habida entre las gentes como precedente de lo que son y puedan ser ser la relaciones actuales y futuras; no obstante, también los progresos de la creatividad humana son testimonio de cómo el entendimiento entre la población ha sido el exponente del desarrollo. Que el progreso material de la humanidad integre el perfeccionamiento de la maquinaria de guerra para satisfacer el poder de los imperios --en los tiempos pasados y presente-- no es sino la elevación de grado de las relaciones de dominio generalizadas en los conciertos particulares y públicos de la población.

La norma humanística de obrar con los demás como desearías que, en esas mismas circunstancias, obren contigo, aplicada a cada relación, supone que en cada acuerdo entre partes los intereses mutuos sean los que dirijan el concierto, y no que una de las partes, en cualquier tipo de trato, se lucre a costa del deterioro en el derecho de las demás. La reciprocidad en el sano interés se puede calibrar mediante la reflexión por cada parte contratante de si mantendría el condicionamiento si tornaran a la inversa las posiciones de los concertantes; si no se aceptaría esa alternativa en un convenio es de presumir que el mismo entraña un componente de dominio de una parte sobre la otra, que queda relegada a una posición servil. El humanismo se fundamenta en un intercambio de relaciones de servicio, en las que todas las partes resulten favorecidas sin imposición de violencia.

Desgraciadamente gran parte de las relaciones humanas contienen una dosis de violencia por la que un actor impone unas condiciones que la otra no acepta sino por estado de necesidad. Desde las relaciones familiares a las internacionales se puede observar como en ellas existen dominadores y dominados, porque aunque los sistemas sociales hayan progresado intensamente en la definición de los derechos humanos, su aplicación en la práctica sigue siendo deficitaria por una herencia estructural que consagra la imposición del fuerte sobre el débil, del rico sobre el pobre, del culto sobre el ignorante... a veces descarnadamente patente y otras muchas de modo sutil, cuando se consiente obrar disimulando la contradicción ética de la violenta que subyace en cualquier imposición de dominio.
 

2.3  Violencia bélica.

La guerra es una de las manifestaciones más explícitas de la violencia. Su notoriedad se refleja en que muchos tratados de historia contienen como hitos esenciales la enumeración de las batallas que transfirieron el poder de unos reinos a otros.

Si bien las consecuencias sociales de muchos conflictos bélicos apenas trascendieron a la población rural, porque poco les afectaba servir a unos u otros señores, sí que constituyeron la renovación ideológica de reyes, emperadores, cortesanos, dignatarios y demás estamentos de poder, quienes a su vez fueron siempre los inductores de las guerras, unas veces para la consolidación e incremento de sus territorios y otras como defensa ante sus adversarios.

La guerra, como manifestación pública de violencia posee un efecto destructivo de la moral, pues afecta a la estable paz deseada por la mayoría de los ciudadanos de ambos contendientes, que no se identifican con el irracional uso de la violencia para resolver los conflictos internacionales que sólo responden a intereses de la clase dominante.

Los efectos de los conflictos bélicos se calibran en pérdidas de vidas humanas, en destrucción de infraestructuras, en migración de refugiados... pero también subyace más recóndito que la violencia bélica induce al odio, a la rapiña, al ajuste de cuentas entre particulares, a los abusos sexuales, a la humillación identitaria, a la vulnerabilidad de niños y ancianos, al empobrecimiento nacional, a la afección de la educación y la cultura... suponiendo en general el debilitamiento de los derechos de los más débiles, pues en toda guerra, a los daños directos e indirectos, se añade la confusión ética de la propaganda que ensalza el exterminio como objetivo legítimo.

No existe más maligna aplicación de la violencia que la guerra y el terrorismo, pareciendo que todos los esfuerzos de la comunidad internacional sucumben cuando las potencias han de justificar el empleo de las elevadísimas inversiones en armamento, de cuya responsabilidad no se salvan los ciudadanos de los Estados que apoyan esa ideología.
 

2.4. Violencia laboral.

La violencia laboral al menos es tan antigua como la esclavitud, pues cada esclavo, muchas veces víctima del asolamiento de su comunidad por el enemigo, ha de servir con su esfuerzo en los trabajos más duros impuestos por sus "amos" a cambio de garantizar su supervivencia.

Extraer de la naturaleza los bienes necesarios para el bienestar supone un esfuerzo del que debe lucrarse quien realiza el trabajo. Realmente la colaboración dentro de la parentela y entre tribus para la división y la especialización en el trabajo es uno de los factores que favoreció una consolidación social, como se ha mantenido prácticamente hasta nuestros días en determinadas comunidades indígenas. No obstante, la revolución burguesa y la revolución industrial formalizó el trabajo por cuenta ajena, creándose la división entre patronos y empleados más o menos especializados. Actualmente, con la generalización de las sociedades mercantiles, incluso cabría diferenciar entre inversores, directivos, mandos intermedios y obreros, quienes colectivamente son los agentes responsables de la productividad de bienes y servicios públicos y privados.

La dificultad de delimitar qué parte del beneficio generado le corresponde a cada interviniente, dentro de una misma empresa, provoca que se entre en conflicto respecto al derecho de cada cual a gozar de la parte de beneficio que reivindica. El punto de partida de las retribuciones empresariales es cubrir las necesidades vitales que garanticen la productividad de cada operario, lo que con frecuencia se ha ajustado a las condiciones de oferta y demanda de trabajo, de modo que en periodo de carestía de mano de obra cualificada las condiciones de contratación favorecen al trabajador y cuando se incremente la situación de desempleo las retribuciones se ajustan a la baja.

Hasta el siglo IXX, la contratación de trabajadores era mayormente doméstica; con la llegada de la industrialización, las factorías comenzaron a ser gestionadas por sociedades, mayormente anónimas, las que impusieron las condiciones de trabajo con tal impunidad que generaron la reacción de los obreros asociándose en sindicatos para conseguir condiciones laborales dignas. La violencia de las compañías mercantiles se materializó en la represión del poder público a esas demandas sociales y la violencia de los sindicatos en las huelgas que, deteniendo la producción, no perjudicaban sólo a la patronal, sino también al conjunto de la población.

La violencia laboral no sólo incumbe al salario, pues determinadas formas de planificación del trabajo atentan contra la salud laboral, contra la seguridad ante los riesgos laborales o contra el derecho a la conciliación familiar. Es cierto que, en los países más desarrollados, la presión de los sindicatos y de las instituciones laborales internacionales en los últimos decenios ha favorecido medios de concertación para la estabilidad en los derechos laborales, de modo que entre los trabajadores y los empresarios no exista violencia sino cooperación mutua para garantizar la dignidad y el bienestar personal de todos los trabajadores.

Donde subsiste mucha actividad violenta es en la explotación de las grandes compañías multinacionales cuando operan en territorios donde, al no existir políticas de protección laboral, se permiten conductas contra los derechos laborales que no aceptarían aplicar en su propio país, siempre con la pretensión de incrementar sus beneficios a costa de la relajación de los derechos humanos.
 

2.5. Violencia de género.

La distinción en el género es una realidad fisiológica ostensible en el reino animal y entre las personas humanas. Dentro de las diferenciaciones apreciables, la que más relación tiene respecto a la violencia es la causada porque mayormente el género masculino, poseyendo superior tamaño y musculación, es más potente, mientras que al género femenino se le atribuye una mayor intuición defensiva. De estas distinciones es difícil identificar cuánto corresponde a la génesis original de la especie y cuánto a las mutaciones genéticas de las sucesivas evoluciones influidas por las funciones vitales.

Mientras se fundamente la violencia de género en la diferenciación de fuerza, no cabe admitir sino la dificultad para su superación. Si, por el contrario, se considera la complementariedad que ambos géneros aportan a la realización racional de la convivencia humana, es fácil comprender que la violencia debe ser superada por el entendimiento, por el respeto y por la solidaridad. No sólo para la convivencia familiar es esencial la paz entre los géneros, sino que esa mutua estima es esencial para el conjunto del desarrollo armónico de la sociedad. Se dan tres mentalidades respecto a la división de género entre los seres humanos: La primera, que categoriza la oposición entre machos y hembras, es la que más valora la violencia que induce el dominio y la sumisión; la segunda, que considera la diversidad entre hombres y mujeres, se caracteriza por el valor de la complementariedad, especialmente en el ámbito familiar, pero sosteniendo una diversa implicación en la sociedad de acuerdo al rol histórico de cada género; la tercera, supera la distinción entre géneros en base a priorizar la consideración de la identidad de toda persona, y por ello la igualdad en el derecho ante la sociedad.

El que una injusta tradición haya relegado el papel de la mujer en la sociedad es motivo suficiente para abrir un contencioso en busca de la igualdad en el derecho para todas ellas, fundamentada en su idéntica condición de personas respecto al varón, de modo que, aunque se puedan dictar normas para proteger a las víctimas de la violencia machista, estas serán necesarias sólo en cuanto en el tiempo tarde en imponerse socialmente la aceptación de esa reivindicación.

No debe olvidarse que la violencia de género que perturba la vida familiar repercute directamente sobre la educación de los hijos, resultando de ello que se debilita o pierde la seguridad adquirida desde la niñez en la confianza en los padres como refugio para la superación de todas las contrariedades. Esto se hace especialmente patente si cada uno de los progenitores denigra ante los hijos al otro, forma vicaria de violencia que no genera valor, sino ansiedad en los hijos por superar la zozobra familiar.
 

2.6. Autoviolencia.

Autoviolencia puede parecer un término absurdo, ya que sólo la enfermedad mental en algunas ocasiones induce a un cuerpo a generar violencia contra sí. Por eso conviene advertir que se aplica este término en este contexto como referencia al esfuerzo necesario a invertir para el cumplimiento del deber.

La naturaleza humana es al mismo tiempo complaciente e intrigante. Complaciente porque el objeto de la satisfacción sensual procura lograrlo con el mínimo de esfuerzo; intrigante en cuanto que su intelecto creativo no se satisface sino en esforzarse para poner bajo su dominio el máximo bienestar accesible. Su fisiología le demanda la contención, el recreo y el descanso; su mente, la constancia en el estudio, la investigación y el trabajo; la primera impera con el necesario requerimiento de dormir a diario durante toda la vida; la segunda se estimula con la satisfacción de los restantes beneficios de supervivencia y bienestar.

La conciencia del provecho adquirido mediante el trabajo es al mismo tiempo personal y social, en cuanto que su esfuerzo repercute sobre la familia y la comunidad, de modo que la violencia empeñada en el esfuerzo transformador de la naturaleza, además de ofrecer satisfacciones sensibles, logra infundir el estímulo de superación que genera la competitividad profesional.

El agrupamiento social facilitó a la persona humana la generación de la cultura y la competencia por el progreso de su aplicación; consecuencia de ello fue la concepción del deber, como conciencia de atender los compromisos de generación de valor personal, familiar y social.

Cumplir el deber exige violencia consigo mismo, incluso cuando gusta, ya que compromete la propia libertad, exige rendición de cuentas, ha de soportar conductas opuestas, asumir malentendidos, aceptar críticas, rectificar cuando sea pertinente, sufrir injusticias, etc. La violencia de cada persona en comedir el propio temperamento es lo que permite la convivencia sana, especialmente en la vida doméstica donde el respeto mutuo choca, en la amplia convivencia, con el carácter personal de cada madre, padre, hijo, hermano... sólo posible cuando predomina la escucha y la comprensión.

Una autoviolencia característica de la tercera edad es la que sostiene la contienda interior entre la psique inmaterial y la sensibilidad corporal, cuando la conciencia mantiene la identidad personal frente al deterioro fisiológico del organismo. Como el ánimo espiritual no envejece, como lo hace la materia, sus potencias permanecen con los años anhelando el dominio anteriormente consolidado, mientras que la capacidad sensitiva decrece con el envejecimiento de los órganos que regulan la percepción, la memoria, las respuestas condicionadas, la computación, la movilidad, la visión, la audición, etc. Cuando se envejece se mantiene viva la creatividad, pero decrece la capacidad de hacerla realidad, lo que supone un trauma vivencial para gran parte de las personas cuando alcanzan la senectud.
 
 

Virtud

3.1. Noción de virtud.

La generalidad del campo semántico del concepto de virtud lo contiene como la potencia de cada elemento para obrar según su modo de ser. Desde un aspecto ontológico, como el obrar sigue al ser, cada elemento obra necesariamente según su naturaleza; así el ser humano, por estar dotados de conciencia y libertad puede distinguir y elegir el efecto final de sus obras según la perfección de su conocimiento; ese contexto es el que justifica la acepción para virtud, entre otras del diccionario de la RAE, como: Disposición constante del alma para las acciones conforme a la ley moral.

Para la Filosofía Social, virtud y vicio sostienen una oposición tal que permitiría considerar la virtud de modo sintético en contradicción a vicio como "hábito de obrar bien". Incluir la particularidad del hábito concierne a la disposición constante del alma... --anteriormente definida-- como analizada resolución mental para dirigir la operatividad en el obrar conforme a la razón.

La virtud como potencia del ser se posee, recibida desde el nacimiento, simplemente por ser persona humana. Esa capacitación para obrar por ser persona está materialmente impresa en el ADN de cada célula, cuya genética define en gran parte el carácter y el temperamento de cada individuo. No obstante, el comportamiento de cada cual a los largo de su existencia va a estar influenciado por la educación, por la percepción de la realidad y por el entorno social, que van a ser decisivos para la valoración de los hábitos virtuosos que determinan la personalidad.

El fin natural del instinto y la razón dirigen al sujeto a obrar el "bien" y gozar de "lo bueno". El "bien" supone obrar para obtener una perfección material o espiritual, para uno mismo o para otro; "lo bueno" refiere a la complacencia sensible por obrar de esa manera. Cuando se desarrolla la vida dentro de una comunidad, las relaciones abordan el concepto de bien más allá del propio instinto, ya que se ha de considerar no sólo el bien propio sino también el valor para el próximo con quien se convive. Este comportamiento no es exclusivo del ser humano, sino detectable en la mayoría de los seres animados, pues en el comportamiento de muchos animales se aprecia cómo se prestan ayuda desinteresada, o sea, sin necesariamente recibir una recompensa específica a cambio de obrar en favor del otro, lo que no impide que como consecuencia de ese modo de obrar se siga un estado de satisfacción instintiva en el elemento que obra. De hecho una gran parte de los animales de compañía son útiles a la persona que los cuida por esas muestras de ayuda.
 

3.2. Responsabilidad.

El agente intelectual de la virtud es la responsabilidad. En el ser humano su intelecto va más allá en el aprecio del modo de obrar el bien desde el momento que desarrolla su conciencia moral. La educación recibida desde que se nace es favorable a percibir que su vida en sociedad le obliga a considerar el bien del prójimo además del propio; al comienzo, como garantía recíproca; más tarde, como experiencia vivencial; finalmente, como acciones conformes a la ley moral, de acuerdo a como la define la RAE.

La responsabilidad es una aplicación de la potencia creativa del ser humano, que le permite distinguir el efecto perfectivo de sus obras no sólo en cuanto él, sino en cuanto lo demás que lo rodea, sean seres vivos o sustancias inertes, pues incluso estas últimas poseen fines de naturaleza que mediatizan su utilización. La responsabilidad constituye una síntesis del bien, que comienza con la evaluación del conocimiento, sigue con la ponderación de la conciencia y concluye con la resolución de la voluntad. Si el ser humano no tuviera libertad de elección y determinación, no cabría asimilarle responsabilidad alguna de sus actos, pues estos serían respuestas necesarias de su constitución material; pero como la propia persona es quien percibe poder crear y obrar con libertad, sobre todos los actos que ejecute conscientemente posee responsabilidad de las consecuencias derivadas de su aplicación; quedando libre de responsabilidad de los efectos causados por la ejecución de actos reflejos incontrolables, de los efectos colaterales imposibles de prever, de la discapacidad mental de concebir la relación causa-efecto, de la ignorancia invencible del daño final derivado de su acción; o sea, la responsabilidad es proporcional al conocimiento posible, a la atención prestada en la evaluación de los efectos previsibles, a la voluntariedad invertida en la decisión de obrar.

Una especial responsabilidad recae en las concertaciones de compromisos con terceros, pues sobre todos ellos cabe la deliberación previa y, por tanto, la percepción de si lo que se somete a mutuo acuerdo se realiza desde una posición de plena libertad o desde una posición de dominio, por la obligada necesidad del otro a aceptar lo que, en su lugar, el primero no convendría. Si el acuerdo no contraría la justicia de negociar en igual de condiciones, la responsabilidad pesa sobre el cumplimiento de lo acordado mutuamente, pues lo contrario supondría el defecto de la perfectividad para el perjudicado.

La responsabilidad en el pacto entre elementos respecto al fin recae mayormente en quien posee mayor poder, material o cognitivo, por la capacidad de recursos con los que evaluar las condiciones de libertad para el trato, pues de la diversidad de medios para prever las consecuencias se deriva gran parte de los abusos, estafas y engaños que desvirtúan la justicia ciudadana.

Cuanto más se considera la responsabilidad, la misma se constituye en hábito que induce la virtud; pero también si lo común es trampear la responsabilidad para obrar en todo a favor del interés propio, lo que se sigue es adquirir un vicio: el egocentrismo, que desfigura las relaciones humanas, como intercambio mutuo de servicios, por la imposición del control y el sometimiento del prójimo.
 

3.3. Moral personal.

El concepto de moral puede ampliarse tanto como las personas consideren su actitud para obrar ante la diversidad de circunstancias de su vida. Lo común de la moral es ser directriz para actuar en la vida desde una propuesta del entendimiento sobre la naturaleza y el fin de cada intervención humana. Por ello la moral deriva en mucho de la educación adquirida, la que le haya facilitado a cada individuo criterios de selección entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre lo grato y lo ingrato... tanto para con uno mismo, como para con los demás. En gran parte la educación recibida es consecuencia de las tradiciones sociales que determinan la sociología de cada civilización, de cada cultura, de cada comunidad, de cada clase social... que impone reglas para regular el modo de ser de la población en cada tiempo y espacio de la humanidad.

Con independencia de la moral general heredada, cada persona tiene acceso, mediante su entendimiento, para determinar los parámetros con los que considerar el sentido común, o sea la evaluación de qué y cómo obrar responsablemente, cuya experiencia acrisola los principios de lo que puede denominarse la moral personal, o sea, de la conformidad o discrepancia de cada conciencia con los fines a alcanzar con el propio modo de obrar.

Respecto a su actuar cada persona, en función de su responsabilidad, establece categorías de lo más esencial a lo menos trascendente para su realización. Esa priorización de valores constituye un ordenamiento de la fuente de la moral personal, pues cada individuo exigirá más perfectividad en lo que considere que le retribuye mayor complacencia de su proceder. Esa categorización de la moral evoluciona en cada persona con las responsabilidades que debe asumir en cada etapa de su vida, pues sus deberes varían según su concienciación con la realidad y la repercusión de su obrar en los demás; con respecto a la realidad porque su conocimiento progresa con la experiencia vital, con el estudio y con la concertación de obligaciones que se contraen en la sociedad.

Esa categorización de la moral personal está muy vinculada a la honradez intelectual que permite discernir la cierto como cierto, lo probable como probable, lo dudoso como dudoso; ya que de la certidumbre se deriva criterio consistente; de lo probable, incierta verosimilitud; de lo dudoso, obligación de informarse mejor. Interiorizar reglas de comportamiento para sí mismo y para juzgar a los demás sólo pueden deducirse sobre contenidos de una conciencia cierta, e incluso esta siempre disponible a la reconsideración de su perfección.

Por la constitución del ser humano, es posible que la conciencia cierta se base en creencias, sobre todo en lo referente a sentimientos y espiritualidad, formadas desde la experiencia mental, válidas personalmente para cada individuo con la fuerza de su persuasión, pero indiferentes como criterios de veracidad para quienes no compartan igual ideología; algo distinto de cuando se definen criterios de verdad desde la evidencia científica.

Cuando las reglas de la moral personal se siguen en conciencia con asiduidad, se crea el hábito operativo que puede considerarse virtud.
 

3.4. Aplicación ética.

Aunque la definición de ética en el diccionario de la RAE hace referencia explícita a la moral, en Filosofía Social se intenta diferenciar el entorno de su campo semántico a su peculiar intervención en las relaciones sociales. Mientras la moral se identifica con la concienciación de la forma de ser personal, la ética se aplica en desentrañar como causa del obrar tanto el beneficio ajeno como el propio. Si la moral guía a obrar el bien y evitar el mal según la valoración de la conciencia, la ética instruye al conocimiento en la detección del bien posible a recaer en los demás consecuencia del obrar personal. Mientras sobre la moral inciden más las obras de comisión, la ética se fija en la defectividad por omisión.

Descubrir lo que cada persona puede hacer de positivo por los demás es parte de la pretensión humanista de hacer por los demás lo que te gustaría que, en esas condiciones, hicieran por ti. Dado que el ser humano vive en comunidad, su conexión con el prójimo es radical, fundamentalmente porque, por la división del trabajo, cada persona depende de los demás y los demás dependen de ella; esa mutua correspondencia se configura en el trabajo, en el comercio, en la familia, en la cultura e incluso en el ocio. Cuando las necesidades ajenas precisan de ayuda, surge la solidaridad, que va más allá del requerimiento de la justicia en las relaciones existentes, pues sólo infiere sobre la moral pública la reparación por causa de contaminación de dominio.

La ética laboral es una manifestación desapercibida de la solidaridad cuando el esfuerzo personal no sólo a atiende a cubrir las necesidades de la propia supervivencia, sino que antepone el deber de servicio a la parte afectada del resto de la sociedad. La ordenada división del trabajo garantiza la eficiencia de la producción laboral; la calidad del comercio de bienes y los servicios se refleja en el valor de transacción; la ética profundiza en la disposición personal de servicio como se desearía ser servido.

La ética familiar supone superar todas y cada una de las contradicciones que afectan a la convivencia familiar. Los actores principales de ese fin son los progenitores y los beneficiarios: los hijos. Ahora bien, atender a que cada partícipe de la familia se realice como persona depende no sólo del buen comportamiento de cada elemento, sino de la identificación de las necesidades del resto de los miembros para ser apoyados en su realización. Realmente la familia en una célula de inspiración ética para la definición de la personalidad.

La que podemos denominar ética humanística es la que se fundamenta en el respeto mutuo entre los distintos seres humanos. Procurar el bien a aquellos de quienes se recibe beneficios parece una correspondencia de mera justicia, aunque no se siga de una reclamación específica, identificable como un deber racional; no obstante también la mayoría de las especies animales sostienen instintos en esa dirección, al menos mientras persisten los favores externos. Pero la ética humanística va más allá de la mera correlación, pues su aplicación se proyecta, tanto como se amplía el límite intelectual, hacia la práctica del bien a toda la humanidad, a  toda persona por ser persona, especialmente cuando urge la atención de una necesidad de auxilio.

Ese efectivo servicio a los demás se convierte en virtud cuando el hábito del interés por el bien con el que beneficiar a cualquiera abre la mente para detectar en qué y cómo concentrar esa utilidad.
 


F I N